domingo, 20 de noviembre de 2022

CAPÍTULO 38 EL LECTOR DE SEMANA

 

CAPÍTULO 38

EL LECTOR DE SEMANA

En la mesa de los hermanos nunca debe faltar la lectura; pero no debe leer el que espontáneamente coja el libro, sino que ha de hacerlo uno determinado durante toda la semana, comenzando el domingo. 2 Este comenzará su servicio pidiendo a todos que oren por él después de la misa y de la comunión para que Dios aparte de él la altivez de espíritu. 3 Digan todos en el oratorio por tres veces este verso, pero comenzando por el mismo lector: «Señor, ábreme los labios, y mi boca proclamará tu alabanza». 4 Y así, recibida la bendición, comenzará su servicio. 5 Reinará allí un silencio absoluto, de modo que no se perciba rumor alguno ni otra voz que no sea la del lector. 6 Para ello sírvanse los monjes mutuamente las cosas que necesiten para comer y beber, de suerte que nadie precise pedir cosa alguna. 7 Y si algo se necesita, ha de pedirse con el leve sonido de un signo cualquiera y no de palabra. 8 Ni tenga allí nadie el atrevimiento de preguntar nada sobre la lectura misma o cualquier otra cosa, para no dar ocasión de hablar; 9 únicamente si el superior quiere, quizá, decir brevemente algunas palabras de edificación para los hermanos. 10 El hermano lector de semana puede tomar un poco de vino con agua antes de empezar a leer por razón de la santa comunión y para que no le resulte demasiado penoso permanecer en ayunas. 11 Y coma después con los semaneros de cocina y los servidores. 12 Nunca lean ni canten todos los hermanos por orden estricto, sino quienes puedan edificar a los oyentes.

San Benito quiere que en la mesa, además de la comida y bebida, no falte la lectura, como alimento espiritual. Del tipo de lectura no habla en este capítulo, pero nos habla en otros capítulos de la Regla, donde sugiere que sea edificante, que debemos escuchar con gusto las lecturas santas (cf. RB 4,55), que en horas determinadas se dediquen a la lectura divina (Cf  RB 48,1); en el verano desde la hora cuarta hasta la hora de sexta (Cf. RB 48,4), en el invierno hasta la hora segunda completa, y en Cuaresma hasta la hora tercera(Cf. RB 48,14) o que el domingo se dediquen más a la lectura (Cf. RB 48,22)

Daba tanta importancia a la lectura que la equipara con la oración de lágrimas, la compunción del corazón y la abstinencia. Y no admite que se menosprecie, de manera que, si se da a lectura o molesta a otros, debe ser castigado (Cf RB 48,18).

Aquí define al lector, y establece como deben comportarse el auditorio para una lectura de provecho. El lector debe servir a la comunidad a lo largo de toda la semana, como los demás servicios comunitarios y para que sea edificante, debe huir de la vanidad, y recibir la bendición y la plegaria, pues a menudo de su boca saldrán palabras santas, provenientes de la Escritura o de los Santos Padres, y debe ser consciente que es un instrumento, voz, de un mensaje para ayudar a otros. No debe elegirse al azar, lo que compromete a realizarlo lo mejor posible. Como tiene su dificultad, antes que beba un poco de vino con agua, para no hacerlo en ayunas.

Debe poner los cinco sentidos en su servicio; estar concentrado en lo que hace, como también deben estarlo los oyentes.

La lectura en el refectorio no es equivalente a un escuchar la radio o la televisión por parte de una familia reunida en su hogar. Aquí la lectura tiene una dimensión formativa, por lo que la escucha debe ser atenta. San Benito siempre nos quiere con el oído atento, en el Oficio Divino, en la Eucaristía, en la Colación, y también en el refectorio. Más que cuando leemos en privado, y más cuando se trata de la Palabra de Dios. En el refectorio no debe sentirse un ruido excesivo, lo cual es algo que deben tener presente los servidores, y evitar ruidos excesivos. Al decir que no debe sentirse ningún murmullo y ninguna voz excepto la de quien lee, san Benito se refiere a que haya un silencio absoluto, ninguna murmuración, un vicio al que san Benito se refiere en la Regla trece veces, y que define como un verdadero mal.

La tentación de murmurar sobre la lectura, si nos agrada o no, no nos abandona. Hace falta siempre un esfuerzo para centrarnos en la lectura, en su sentido, pues siempre es bueno escuchar el Magisterio de la Iglesia, o vidas que edifican, o reflexiones teológicas que nos pueden enriquecer. Nos puede agradar más un autor que otro, o un lector que otro, pero por encima de todo no debemos olvidar que la mayoría de lecturas forman parte del Magisterio o de la vida de la Iglesia, pasada o presente, lo cual siempre es un enriquecimiento cuando hacemos una  buena escucha.

Nos podría parecer que la lectura es prescindible, pero san Benito lo deja bien claro en la primera frase cuando dice: “en la mesa no debe faltar nunca la lectura”.

La lectura en el refectorio, escribe Aquinata Bockmann, es considerada en la tradición monástica como una cierta decadencia, porque en el antiguo Egipto los monjes comían en silencio, y fue en Capadocia donde se incorpora la lectura en el refectorio, para que se mantenga el silencio de los monjes, y se eviten las palabras ociosas e incluso las disputas.

No tiene, pues, un origen tan espiritual, como podemos suponer, pero de hecho la lectura se estableció para lograr un silencio efectivo. Ya san Agustín planteará la idea de las comidas como un momento de alimentación física y espiritual; alimento físico que entrar por la boca, y espiritual, por la oreja. Así dice el texto actual de la Regla de san Agustín:

“Desde que ponéis a la mesa hasta que os levantáis de ella, escuchad sin murmuraciones ni comentarios lo que se acostumbra a leer, de manera que no solo se reciba alimento en la boca, sino también en los oídos gracias a la Palabra de Dios.” (RA 4,2)

No olvidemos, nos dice Aquinata Bockmann, los signos que establecen un cierto paralelismo entre las comidas y la liturgia eucarística, el altar y la mesa. La Eucaristía y las comidas comportan determinados rituales, plegarias cantos o lecturas. La comunidad reunida en torno al altar tiene como consecuencia la comunidad reunida en torno a la mesa. La Palabra de Dios es proclamada en un lugar y en el otro; el pan y el vino están presentes en los dos momentos. En definitiva, las comidas se entienden como una obligación de la comunión vivida en comunidad, donde no debe faltar nunca el alimento de la Palabra de Dios.

sábado, 12 de noviembre de 2022

CAPÍTULO 31 CÓMO HA DE SER EL MAYORDOMO DEL MONASTERIO

 

CAPÍTULO 31

CÓMO HA DE SER EL MAYORDOMO DEL MONASTERIO

Para mayordomo del monasterio será designado de entre la comunidad uno que sea sensato, maduro de costumbres, sobrio y no glotón, ni altivo, ni perturbador, ni injurioso, ni torpe, ni derrochador, 2 sino temeroso de Dios, que sea como un padre para toda la comunidad. 3 Estará al cuidado de todo. 4No hará nada sin orden del abad. 5Cumpla lo que le mandan. 6No contriste a los hermanos. 7 Si algún hermano le pide, quizá, algo poco razonable, no le aflija menospreciándole, sino que se lo negará con humildad, dándole las razones de su denegación. 8Vigile sobre su propia alma, recordando siempre estas palabras del Apóstol: «El que presta bien sus servicios, se gana una posición distinguida». 9Cuide con todo su desvelo de los enfermos y de los niños, de los huéspedes y de los pobres, como quien sabe con toda certeza que en el día del juicio ha de dar cuenta de todos ellos. 10Considere todos los objetos y bienes del monasterio como si fueran los vasos sagrados del altar. 11Nada estime en poco. 12No se dé a la avaricia ni sea pródigo o malgaste el patrimonio del monasterio. Proceda en todo con discreción y conforme a las disposiciones del abad. 13 Sea, ante todo, humilde, y, cuando no tenga lo que le piden, dé, al menos, una buena palabra por respuesta, 14 porque escrito está: «Una buena palabra vale más que el mejor regalo». 15 Tomará bajo su responsabilidad todo aquello que el abad le confíe, pero no se permita entrometerse en lo que le haya prohibido. 16 Puntualmente y sin altivez, ha de proporcionar a los hermanos la ración establecida, para que no se escandalicen, acordándose de lo que dice la Palabra de Dios sobre el castigo de «los que escandalicen a uno de esos pequeños». 17 Si la comunidad es numerosa, se le asignarán otros monjes para que le ayuden, y así pueda desempeñar su oficio sin perder la paz del alma. 18Dése lo que se deba dar y pídase lo necesario en las horas determinadas para ello, 19 para que nadie se perturbe ni disguste en la casa de Dios.

Goloso, vanidoso, violento, injusto, ligereza, pródigo… no debería ser ningún monje, sino temerosos de Dios, sensatos, maduros, sobrios… Debería cumplir lo que se les encomienda, y no hacer nada sin encargo del abad, no contristar a los hermanos, ni menospreciar… teniendo siempre presente que hemos de dar cuenta de nuestra vida en el día del juicio final. San Benito no quiere que esperemos a que nos lo resuelvan todo, ni que atribuimos culpas a los hermanos de déficits de nuestra convivencia, eludiendo nuestra responsabilidad en la marcha de la comunidad, pues todos somos responsables, cada uno en su parcela concreta.

Si el hospedero ha de acoger a los huéspedes como a Cristo, si los cocineros deben preparar las comidas con amor, el bibliotecario tener cuidado de los libros como si fueran vasos sagrados… el mayordomo debe ejercer su tarea con discreción, y según las órdenes del abad. Lo que nos dice san Benito del mayordomo se puede aplicar a cada uno de los servicios del monasterio, es decir que cada uno debe ser responsable de la tarea que tiene encomendada, y sobre todo de vivir con fidelidad y autenticidad su vocación de monje, que es a lo que nos ha llamado el Señor, lo cual no es una actividad o tarea, sino una vocación de servicio al Señor y a los hermanos.

Las tentaciones existen y a veces puede ser cierto el refrán castellano: “la ocasión hace al ladrón”. Un mayordomo puede ser goloso o vicioso, disipador del patrimonio de la comunidad en beneficio propio… La frase de san Bernardo de que “al monje lo hace la vocación y al prelado el servicio” se puede aplicar perfectamente al mayordomo, como al prior u a otros, pues todos tenemos una responsabilidad u otra.

El mayordomo no debe olvidar que es monje, que ha venido para vivir como monje, y que la mayordomía, como cualquiera otra responsabilidad es temporal y caduca. Por ello debe estar atento a no caer en la avaricia, que “genera ídolos, es hija de la infidelidad, inventora de enfermedades, profeta de la vejez, generadora de esterilidad en la tierra, y del hambre” (Juan Clímaco, Escala Espiritual)

El mayordomo debe dar razón de las cosas con humildad, ni contristando ni menospreciando, y teniendo siempre una buena palabra, que es el mejor presente, y un presente, del que, con frecuencia, todos somos remisos en darlo.

Un mayordomo que se procurase para sí mismo caprichos personales, por pequeños que sean, y a la vez negara a los hermanos lo que pueden necesitar, sería un mal mayordomo. Un mayordomo que invoca el nombre del abad en vano, para quitarse de encima al hermano que le pide alguna cosa, sería un mal mayordomo. Un mayordomo que no tenga cuidado del patrimonio del monasterio, sería también un mal mayordomo. Un mayordomo que no procurase las cosas, o lo hiciera todo con altivez y retraso, sería un mal mayordomo. En definitiva, un mayordomo que escandalizase, no administrará bien, acabaría por perder la mayordomía, pues lo harían inevitables los sucesivos errores.

La tentación de pensar que son insustituibles, es algo factible. Es cierto que no somos muchos en la comunidad, y es necesario el esfuerzo de todos. Quizás sería mejor una rotación mayor en los decanatos, pero para algunos hay que tener ciertas aptitudes o conocimientos, pues de lo contrario, podría incidir en el funcionamiento de la comunidad. Pero es preciso estar alerta, pues esto no significa una impunidad en la nuestra responsabilidad, un elevarnos con orgullo y un aparcamiento de nuestra humildad que siempre debe guiar nuestra vida de monjes. Lo que siempre significa una responsabilidad, un compromiso delante de la comunidad, y sobre todo, delante del Señor, para quien todo está a la vista, y conoce nuestra inclinación más profunda en lo que hacemos u omitimos, y a quien no podemos engañar con justificaciones.

Escribe san Juan Clímaco: “Numerosos son los que me han engendrado; yo tengo más de un padre. Mis madres son la vanagloria, el amor a los dineros, la gula y muchas veces la lujuria. El nombre de mi padre es la ostentación. Mis hijos son el rencor, la enemistad, la tozudez, el desamor. Cuando mis adversarios, quienes ahora me tienen preso, son la mansedumbre y la dulzura. Y la que pone la trampa se llama humildad” (Escala Espiritual, 8º grado)

El mayordomo se debe dejar aprisionar por la mansedumbre y la dulzura; y ha de caer en el paraje de la humildad, pues, solamente así podrá ejercer su servicio con el temor de Dios. Y lo que vale para él, vale para el abad, para el prior, para los decanos y para cada hermano de comunidad.

domingo, 6 de noviembre de 2022

CAPÍTULO 24, CUÁL DEBE SER LA NORMA DE LA EXCOMUNIÓN

 

CAPÍTULO 24

CUÁL DEBE SER LA NORMA DE LA EXCOMUNIÓN

Según sea la gravedad de la falta, se ha de medir en proporción hasta dónde debe extenderse la excomunión o el castigo. 2 Pero quien tiene que apreciar la gravedad de las culpas será el abad, conforme a su criterio. 3Cuando un hermano es culpable de faltas leves, se le excluirá de su participación en la mesa común. 4Y el que así se vea privado de la comunidad durante la comida, seguirá las siguientes normas: en el oratorio no cantará ningún salmo ni antífona, ni recitará lectura alguna hasta que haya cumplido la penitencia. 5Comerá totalmente solo, después de que hayan comido los hermanos. 6De manera que, si, por ejemplo, los hermanos comen a la hora sexta, él comerá a la hora nona, y si los hermanos comen a la hora nona, él lo hará después de vísperas 7 hasta que consiga el perdón mediante una satisfacción adecuada.

 

Una sociedad sin leyes o bien sería una sociedad ideal, donde nadie atentaría contra los derechos individuales o colectivos de los otros, o bien sería una sociedad donde imperaría la ley del más fuerte.

Pensemos como nos presenta la Escritura este punto. Todo empieza con una sola norma: no comer del fruto de un determinado árbol. El hombre incumple la ley y la pena se entiende a toda la descendencia. Después Dios establece con Moisés un Decálogo, que luego el pueblo no cumplió fielmente. Esta vivencia deficitaria de la Ley divina marca toda la Historia de la Salvación. Jesucristo establece dos nomas basadas en el amor a Dios y a los hermanos. San Agustín recordando estas normas escribirá: “ama y haz lo que quieras”. Si cumplimos esta sugerencia haremos el bien y no el mal.

Para que una ley se cumpla es preciso penalizar su no cumplimiento. Esto no es un invento de la sociedad moderna. Sin penalización por el incumplimiento, la ley no serviría de nada.

Todo esto, san Benito que va a Roma a estudiar leyes, en un periodo de profunda crisis del Imperio, ya es consciente de ello a la hora de redactar la Regla, y le sale esta vena de jurista, a la vez que la dimensión comunitaria. Tiene también en cuenta otro principio del derecho, como es la proporcionalidad de la pena respecto al delito o a la falta cometida. Por esto nos habla de excluir de la mesa por faltas leves en ocasiones, o excluir del oratorio e incluso de la comunicación con los hermanos por las faltas graves.

Así deja claro que hay faltas graves y leves, y que no está dispuesto a dejarlas pasar. Pues es consciente que, a fuerza de cometer faltas leves, nos podemos acostumbrar a no darles importancia, y llegar a banalizar las graves. O sea, venir a caer en una conciencia laxa. Debeos tener presente ante quien somos responsables de nuestras faltas. ¿Delante de Dios y de la historia? Es bien cierto. Todos somos responsables delante de Dios, además Dios nos tiene siempre presentes, lo cual ya nos asegura que no podemos escapar del juicio de Dios.

El pueblo escogido, Israel, aprovecha que Moisés ha subido a la montaña, para fabricar un ídolo, lo cual no escapa a la mirada divina. Como dice la Escritura: “No hay nada que no llegue a revelarse, ni escondido que no llegue a saberse” (Mt 10,26) Y ser conscientes de que, con nuestras faltas, las que sean el principal perdedor somos nosotros mismos, cuando no las cumplimos.

Pero san Benito deja entrever otro de los principios del Derecho romano, origen del nuestro Derecho: una falta de un miembro o de un colectivo, de una comunidad perjudica al conjunto de la comunidad. Por ello es por lo que san Benito nos habla de excomunión, de una exclusión total o en parte de la comunidad.

El Papa Francisco subraya a los participantes en el Capítulo General de los Cistercienses: “tampoco para nosotros es fácil caminar en comunión y, sin embargo, no deja de sorprendernos y de alegrarnos este regalo que recibimos de ser Su comunidad, de modo que, tal como somos, no perfectos ni uniformes, sino convocados, implicados, llamados a estar o caminar detrás de Él, nuestros Maestro y Señor” (17 Octubre 2022)

“Excomunicar” es una expresión dura, aunque no se suele aplicar con frecuencia, pero sí que podemos decir que, en ocasiones, practicamos la excomunión. En este proceso podemos entrar poco a poco, paulatinamente, para acabar cayendo del todo. ^Por ejemplo: un primer paso, llegar tarde al Oficio Divino, después dejo de asistir a alguna de las horas de plegaria comunitaria, y así voy regularizando mi ausencia, hasta que llega a ser una excepción el día que asisto. Faltas leves, en un principio, que es tornan en falta grave. Grave, no solo porque va contra la Regla y porque afecta a toda la comunidad, sino porque me excomunico.

Como nos dice el Papa francisco a los miembros del Capítulo General estar en comunión es “un caminar juntos detrás del Señor, para estar con Él, escucharlo, observarlo”.

Observar a Jesús. Como un niño observa a sus padres, o a su mejor amigo. Observar al Señor, su manera de ser, su rostro ple de amor y de paz, en ocasiones indignado delante la hipocresía y la cerrazón.,. y este observa vivirlo juntos, no individualmente sino en comunidad. Cada uno con su ritmo, con su propia historia, única e irrepetible, pero todos juntos. Como los Doce que estaban siempre con Jesús e iban con Él. Ellos no se habían elegido, sino el mismo Jesús. No siempre era fácil estar de acuerdo, había diferencias, durezas de corazón, orgullo… También nosotros somos así. (17 Octubre 2022)

Ciertamente, para nosotros la dureza como el orgullo, la hipocresía, la cerrazón, son enemigos de la comunión, son en realidad excomumión. Procuremos en lugar de regar estas malas hierbas, cuidar la buena semilla de nuestra vocación. Miremos de evadirnos de la tentación de caer en las faltas leves, para evitar las más graves… Que el Señor nos ayude; pues solo en Él encontramos la eficacia y el amor total, absoluto-

domingo, 30 de octubre de 2022

CAPÍTULO 17, CUÁNTOS SALMOS SE HAN DE CANTAR A DICHAS HORAS

 

CAPÍTULO 17

CUÁNTOS SALMOS SE HAN DE CANTAR A DICHAS HORAS

Ya hemos determinado cómo se ha de ordenar la salmodia para los nocturnos y laudes. Vamos a ocuparnos ahora de las otras horas. 2A la hora de prima se dirán tres salmos separadamente, esto es, no con un solo gloria, 3 y el himno de la misma hora después del verso «Dios mío, ven en mi auxilio». 4Acabados los tres salmos, se recita una lectura, el verso, Kyrie eleison y las fórmulas conclusivas. 5A tercia, sexta y nona se celebrará el oficio de la misma manera/es decir, el verso, los himnos propios de cada tres salmos, la lectura y el verso, Kyrie eleison y las fórmulas finales. 6 Si la comunidad es numerosa, los salmos se cantarán con antífonas; pero, si es reducida, seguidos. 7Mas la synaxis vespertina constará de cuatro salmos con antífona. 8 Después se recita una lectura; luego, el responsorio, el himno ambrosiano, el verso, el cántico evangélico, las preces litánicas y se concluye con la oración dominical. 9 Las completas comprenderán la recitación de tres salmos. Estos salmos han de decirse seguidos, sin antífona. 10Después del himno correspondiente a esta hora, una lectura, el verso, Kyrie eleison y se acaba con la bendición.

San Benito nos habla del ordenamiento de la salmodia en las otras horas del Oficio Divino: Vísperas, Competas y las Horas Menores, que entonces incluía también Prima, suprimida con la reforma del Concilio Vaticano II.

San Benito llama la atención aquí a otros aspectos comunes del Oficio Divino, como el Kyrie Eleison, la despedida y la bendición final, a los que habitualmente, quizás, no les prestamos tanta atención.

El verso del inicio: Deus in adiutorium meum intende, y la respuesta: Deus ad adiuvandum me festina, es el primer verso del salmo 69. Y durante siglos ha sido la introducción de cada hora del breviario. A la vez que se recitan o cantan se hace la señal de la Cruz. De esta manera, nos ponemos en presencia del Señor. La tradición dice que san Benito introdujo esta costumbre en el oficio monástico, y que san Gregorio la extendió a todas las iglesias romanas, Juan Casiano (Colaciones X, 10) por su parte, dice que desde los primeros tiempos del cristianismo los monjes utilizaron esta introducción, y, muy probablemente, fuera del Oficio, como una especie de jaculatoria.

Al poner esta súplica al comienzo de cada hora, la Iglesia implora la ayuda de Dios, sobre todo para evitar las distracciones, siguiendo el consejo de san Benito según la  Regla: “Creemos que Dios está presente en todas partes y que “los ojos del Señor en todo lugar contemplan los buenos y los malos”, pero esto, lo creemos, sobre todo sin duda alguna cuando estamos en el Oficio  Divino” (RB 19,1-2)  Una invocación al Señor para que esté con nosotros y nos ayude especialmente durante la plegaria, y nos ayude a orar, a servir al Señor con temor y a salmodiar con gusto. (Cf. RB 19,3-4)

El objetivo de la plegaria continua es el de santificar la jornada, ponernos en todo momento en presencia del Señor, y nada mejor para concienciarnos que orar e invocar su ayuda.

Santificar el día con nuestra plegaria, nuestro trabajo, con la lectura de la Palabra de Dios, no es tarea fácil. A menudo nos relajamos y llegamos a pensar que es suficiente que estar en la presencia del Señor no es algo necesario de modo permanente, sino en determinados momentos. Es humano relajarse, estar en la presencia del Señor no quiere decir estar en una tensión permanente, como nos hace ver de modo explícito el salmo 27: “Tú me hablas dentro del corazón”, “buscad mi presencia”, buscarla en lo que deseo, Señor” ( Sal 27,8)

Y para sentirnos en su presencia, a lo largo de la Regla nos ofrece diversos consejos. Por ejemplo, en el capítulo 19 sobre la actitud en la salmodia, o en el 20 sobre la reverencia en la plegaria, que concluyen los 12 capítulos dedicados al Oficio Divino, y que vienen a ser como un resumen del resto de la  Regla en lo que respecta a la presencia del Señor.

Escribe André Louf (La vida espiritual) que la plegaria cristiana no nace de una necesidad del hombre de dirigirse a Dios, sino del hecho de que Dios se ha dirigido al hombre mediante su Palabra, y éste preside toda su plegaria. Dios toma la iniciativa y espera que el hombre esté atento y acoja su gracia.

Cristianos y hebreos disponen de una escuela y de un método de plegaria que procede del espíritu de Dios, de una Palabra que es un reflejo de la intervención de Dios en la historia, en la Iglesia y en cada uno de nosotros.

Orar con el salterio no significa leerlo o recitarlo, sino que pide penetrar en su sentido, hacerlo nuestro, lo cual lo conseguimos haciéndolo nuestro. Pues, ¿qué sentido tiene recitar o cantar salmos sin sentimiento?

A menudo no somos muy conscientes de la riqueza que supone nuestra plegaria con los salmos, que viene a ser la misma que hacía Jesús cuando se retiraba a orar, y pasaba las noches orando. Por ello, es una pérdida infravalorar el Oficio Divino, no poner todos nuestros sentidos en esta plegaria; o me disipo permaneciendo mudo pensando en otras cosas, con la mirada perdida en el infinito, cuando me está interpelando el mismo Dios a través de los salmos.

Los salmos son para interiorizarlos, lo cual supone un esfuerzo por nuestra parte[J1] , que supone la repuesta de Dios que nos interpelas a través de su Palabra. Solamente si el salmo llega hasta el corazón nace en nosotros la verdadera plegaria.

La plegaria no es para el monje una obligación, es una necesidad vital. De la plegaria nace la plegaria personal en el día a día; ambas van unidas. Esto nos pide y exige alcanzar este clima para poder vivir y decir en verdad: “Bendecimos al Señor, demos gracias a Dios”, porque es entonces verdaderamente cuando lo hemos bendecido y por ello le damos gracias por habernos acompañado y encontrarlo en cada salmo. Y de este santificaremos el día, de lo contrario esta santificación quedará sin ser una realidad.                                                                                                                             

 

 

 


 [J1]

domingo, 2 de octubre de 2022

CAPÍTULO 2, 23-29 COMO HA DE SER EL ABAD

 

CAPÍTULO 2, 23-29

COMO HA DE SER EL ABAD

El abad debe imitar en su pastoral el modelo del Apóstol cuando dice: «Reprende, exhorta, amonesta». 24 Es decir, que, adoptando diversas actitudes, según las circunstancias, amable unas veces y rígido otras, se mostrará exigente, como un maestro inexorable, y entrañable, con el afecto de un padre bondadoso. 25 En concreto: que a los indisciplinados y turbulentos debe corregirlos más duramente; en cambio, a los obedientes, sumisos y pacientes debe estimularles a que avancen más y más. Pero le amonestamos a que reprenda y castigue a los negligentes y a los despectivos. 26 Y no encubra los pecados de los delincuentes, sino que tan pronto como empiecen a brotar, arránquelos de raíz con toda su habilidad, acordándose de la condenación de Helí, sacerdote de Siló, 27A los más virtuosos y sensatos corríjales de palabra, amonestándoles una o dos veces; 28 pero a los audaces, insolentes, orgullosos y desobedientes reprímales en cuanto se manifieste el vicio, consciente de estas palabras de la Escritura: «Sólo con palabras no escarmienta el necio». 29Y también: «Da unos palos a tu hijo, y lo librarás de la muerte».

Reprender, interpelar, y exhortar. Es decir, reprender duramente o exhortar a progresar más y más, incluso, no son palabras banales. Sino más bien gruesas y parece que san Benito hace bueno el refrán castellano: ”Quién bien te quiere, te hará llorar”. Las palabras para san Benito son importantes, así la palabra “abad” sale 135 veces en la Regla, mientras que “Dios” sale 93 y Cristo solo 21, en un texto cristocéntrico. Por estos datos es evidente la relevancia que san Benito otorga al abad.

Pero, como enseña san Benito, el prelado lo hace la necesidad, mientras que al monje lo hace la vocación, por lo cual el abad no debe perder nunca de vista su propia vocación en medio de otras vocaciones, ni su propia fragilidad. No debe perder de vista que también él puede ser, ora inquieto, ora pacífico, o desobediente o sufrido, delicado u obstinado… pero no lo aleja de los hermanos, sino que le acerca al hacerlo consciente de su fragilidad, y sus debilidades tanto físicas como morales. La fragilidad no es un fallo, sino que lo será más bien desconocernos débiles y frágiles, pues esto nos impide avanzar hacia Cristo, al refugiarnos en nuestra autosatisfacción.

San Benito saca su enseñanza de la Escritura, de la historia de Elí. Era el sumo sacerdote conocedor de la ley de Dios, pero si en su vida fue fiel en ejecutar el servicio sacerdotal, parece que en el libro primero de Samuel nos lo presenta débil y excesivamente indulgente con sus hijos, pues no administraba la disciplina que estos necesitaban, lo cual disgustó al Señor. Todavía más:  cuando sus hijos se convierten en claros violadores de la ley de Dios, el disgusto fue mayor, así como el rechazo por parte de Dios. El libro de Samuel nos muestra como la no reprensión puede reportar males peores.

Muchos conceptos de la Regla, el llamado código penal, nos da la impresión de no ser de actualidad, pero lo que no ha pasado es lo que motiva a san Benito a plantearlos, pues hoy podemos llegar a ser indisciplinados, obstinados, orgullosos o desobedientes.

San Benito nos habla de llegar juntos a la vida eterna; de aquí la importancia de enderezar nuestro camino, para que nuestros errores, nuestras faltas no nos afecten tanto a nosotros como a la comunidad.

Ciertamente, hay faltas que afectan a toda la Iglesia, a su credibilidad, a la capacidad de ser referente moral. Pero también hay faltas menores en la vida de la comunidad que afectan a todos y que repercuten en nuestro objetivo principal de buscar a Dios en el espacio monástico, en una vida de plegaria, trabajo y contacto con la Palabra de Dios.

Comentando este capítulo Dom Delatte escribe que el poder del abad es divino, es decir incierto y a la vez cierto. Incierto en tanto que el concepto de poder deriva directamente de Dios, lo cual llevó a excesos, y es algo ya superado, pero es cierto que todos tenemos un poder divino. Dios nos ha llamado a la fe, a la vida comunitaria, a jugar un papel dentro de la Iglesia, lo cual lo solemos olvidar. No podemos hacer vacaciones de Dios. La fe es para vivirla a tiempo completo; es normal que haya momentos de obediencia y otros de desobediencia, de indisciplina… en que será necesario recibir un correctivo, y otros momentos en que seremos merecedores de una exhortación.

Puede parecer tarea imposible aceptar la corrección, recibirla o darla. Para poder recibirla necesitamos sentirnos débiles, pecadores, y ser capaces de corregirnos, no ya porque le parezca al abad sino porque nos lo pide nuestra voluntad de acercarnos a Dios.

Puede parecer una tarea imposible, pero no es así, pue el mismo san Benito nos da al inicio del capítulo segundo la clave de interpretación, el modelo del Apóstol san Pablo, es decir reflejar nuestra imagen en la comunidad apostólica, en los primeros años de la Iglesia, donde todo era de todos, y se daba a cada uno según sus necesidades, y se aprendía a vivir en comunidad. Pues aquella primera Iglesia no tuvo unos inicios fáciles; y su cabeza, Pedro, no era la perfección personificada, sino más bien temeroso y a veces desbordado por la realidad que vivía y que le sobrepasaba.

Escribía nuestro Abad General sobre la escena de Pedro en el lago de Tiberiades: “Pedro vio con certeza que Jesús creía en su amor, que creía en él desde la primera respuesta, desde el primer encuentro. Solo después de tres años vividos con Él, de haberlo visto padecer, de su muerte, de que lo había negado… solo ahora, descubre que Jesús necesitaba de su amor. Pedro ya no tendría solamente una misión que cumplir, amar a Jesucristo, responder a su sed de amor. Era como si Jesús le dijera: ”Puedes negarme mil veces, puedes negarme durante toda tu vida, pero no te olvides nunca de amarme, ni me prives de tu amor” (Simón, llamado Pedro, p. 122-123)

La clave de la relación de Jesús con Pedro o Pablo no es otra que la del amor. No debemos actuar por miedo a la reprensión, sino por amor a Cristo; y movidos por este amor luchar para vencer inquietudes, indisciplinas y desobediencias, y abrazarnos a la paciencia con la que participaremos en los sufrimientos de Cristo.

Como escribe el Sirácida: “Hijo mío, si te propones de servir al Señor, prepárate para la prueba. Levanta tu corazón, sé valiente y no te llenes de temor en los momentos difíciles.  Agárrate, levanta tu corazón, sé valiente y no te espantes en los momentos difíciles, pues al final serás ensalzado. Agárrate al Señor, sé valiente, que al final serás enaltecido. Acepta todo lo que te pueda venir y sé paciente, cuando te veas humillados, porque con el fuego se prueba el oro, y en el horno de la humillación se prueban los escogidos” (Eclo 2,1-5)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 25 de septiembre de 2022

PRÓLOGO, 1-7

 

PRÓLOGO

Pról 1-7

Escucha, hijo, estos preceptos de un maestro, aguza el oído de tu corazón, acoge con gusto esta exhortación de un padre entrañable y ponla en práctica, 2 para que por tu obediencia laboriosa retornes a Dios, del que te habías alejado por tu indolente desobediencia. 3A ti, pues, se dirigen estas mis palabras, quienquiera que seas, si es que te has decidido a renunciar a tus propias voluntades y esgrimes las potentísimas y gloriosas armas de la obediencia para servir al verdadero rey, Cristo el Señor. 4Ante todo, cuando te dispones a realizar cualquier obra buena, pídele con oración muy insistente y apremiante que él la lleve a término, 5 para que, por haberse dignado contarnos ya en el número de sus hijos, jamás se vea obligado a afligirse por nuestras malas acciones. 6 Porque, efectivamente, en todo momento hemos de estar a punto para servirle en la obediencia con los dones que ha depositado en nosotros, de manera que no sólo no llegue a desheredarnos algún día como padre airado, a pesar de ser sus hijos, 7 sino que ni como señor temible, encolerizado por nuestras maldades, nos entregue al castigo eterno por ser unos siervos miserables empeñados en no seguirle a su gloria.

 

“Rueda el mundo y vuelve al Born” (Plaza popular de Barcelona)  Es un refrán catalán que significa que es bueno tener inquietudes por ver y conocer cosas nuevas, pero que finalmente acabaremos por volver a casa con los nuestros…  Cuatro veces al año volvemos a comenzar la lectura de la Regla, texto que nos resulta de lo más familiar, pero que, como enseña san Benito, no es suficiente su lectura, sino dispone el oído a lo que espera de nosotros el Maestro, que para san Benito es el mismo Cristo que nos invita a vivir los consejos evangélicos.

San Benito se nos dirige partiendo de tres premisas: para escuchar hemos de renunciar a nuestros propios deseos, militar para el Señor y tomar las fuertes y espléndidas armas de la obediencia. Un compromiso que manifiesta la firme voluntad de volver por la obediencia a Aquel de quien nos habíamos apartado por la desobediencia.

Nos quiere dejar con claridad que en la vida hay dos caminos: uno que nos lleva hacia Dios y otro que nos aleja de Él, y nos lleva al infierno. Pero no padecemos por escoger el camino correcto y mantenernos firmes en nuestra decisión ya que tenemos la ayuda inigualable del Señor. Por esto, necesitamos orar para obtener esta ayuda para el camino. La plegaria es compañera de camino imprescindible para avanzar y tener la garantía de avanzar con firmeza y diligencia, por el camino de los mandamientos hacia la gloria.” La plegaria, nos dice san Juan Crisóstomo, es el bien supremo, que consiste en un diálogo con Dios y es equivalente a una unión íntima con Él.” (Cfr Homilía 6, sobre la oración)

San Benito subraya con la primera palabra de la Regla la receptividad que debemos tener a lo largo de nuestra vida. La escucha siempre ocupa un lugar preferente en nuestra vida, para actuar de acuerdo a lo escuchado.

Hay una deferencia fundamental entre escuchar y sentir.  Sentimos muchas cosas a lo largo del día, pero la escucha tiene una dimensión más profunda, que es la de estar atento a aquello que es fundamental para nuestra vida.

San Benito nos quiere como oyentes de la Palabra, oyentes atentos, pues solamente la escucha lleva a la obediencia. Si hemos de estar atentos para obedecer, es preciso estar siempre atentos en la escucha. Y si debemos y queremos escuchar es preciso crear unas condiciones aptas para la escucha. Algo parecido a lo que sucede en un teatro, que al empezar se apagan las luces, se hace silencio y se ilumina la escena para que se esté atento a lo que hablan los actores. Pues si consideramos que cuando se trata de escuchar la Palabra del Señor la actitud de escuchar es más trascendente, pues, en este caso, el argumento de la obra fa referencia a nuestra vida, a nuestra propia salvación.

Nuestro camino monástico debe estar marcado por la escucha. La Lectio Divina es un momento privilegiado para esta escucha. Lo mismo que la Liturgia. Dos momentos fuertes de escucha, que precisan de evitar las distracciones. Pues si precisamos de escuchar, dice Aquinata Bockmann es porque Dios nos habla, y cuando Él habla no debe haber otra actitud que la de una escucha atenta.

Dom Delatte escribe que hay otras reglas con un carácter más impersonal, que tienen un matiz más legislativo, son más secas, pero san Benito desde la primera palabra, ya nos quiere poner en contacto directo con el mismo Señor.

No es fácil mantener la escucha atenta, es preciso ejercitarse, practicarla, pero perseverando en la búsqueda de Aquel que se ha dignado contarnos en el número de sus hijos, y al que no debemos contristar nunca con nuestras malas obras. Sabiendo, por otra parte, lo fácil que es deslizarse hacia las malas obras, en el placer momentáneo de una distracción o disipación, que nos aleja de nuestra centralidad en Cristo.

Hemos sido hechos hijos de Dios por el bautismo, nos recuerda san Benito, pero esto no nos da la garantía total, pues con el bautismo y la profesión monástica se nos abren las puestas de una relación con Dios, con su Palabra, sus Sacramentos… pero precisamos de una relación personal. De aquí la necesidad de una escucha activa, de plegaria y de obediencia, a fin de no irritar al Señor.

Hoy iniciamos una nueva lectura de la Regla, que son cuatro veces al año. Empezamos con esta invitación a una actitud de escucha. Pongamos atención, seamos puntuales para llegar a su lectura. Este momento, no es un momento secundario de nuestra jornada, sino más bien un momento de serenarnos, de recoger el día en un momento de paz…

 San Benito nos habla de mantener la oreja atenta, no solo a lo que él nos dice, que ya es importante, sino de mantenerla a lo que nos quiere decir el Señor. Como decía el Papa Benedicto XVI el 9 de Julio de 2008: “Hoy buscando el verdadero progreso, escuchamos también la Regla de san Benito como una luz que nos guía en nuestro camino. El monje grande continúa siendo un verdadero maestro en la escuela donde podemos aprender a ser expertos en un verdadero humanismo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 18 de septiembre de 2022

CAPÍTULO 67 LOS MONJES ENVIADOS DE VIAJE

 

CAPÍTULO 67

LOS MONJES ENVIADOS DE VIAJE

Los monjes que van a salir de viaje se encomendarán a la oración de los hermanos y del abad, 2 y en las preces conclusivas de la obra de Dios se recordará siempre a todos los ausentes. 3 Al regresar. del viaje los hermanos, el mismo día que vuelvan, se postrarán sobre el suelo del oratorio en todas las horas al terminarse la obra de Dios, 4 para pedir la oración de todos por las faltas que quizá les hayan sorprendido durante el camino viendo alguna cosa inconveniente u oyendo conversaciones ociosas. 5 Nadie se atreverá a contar a otro algo de lo que haya visto o escuchado fuera del monasterio, porque eso hace mucho daño. 6 Y el que se atreva a hacerlo será sometido a la sanción de la regla. 7 Otro tanto ha de hacerse con el que tuviera la audacia de salir fuera de la clausura del monasterio e ir a cualquier parte, o hacer alguna cosa, por insignificante que sea, sin autoridad del abad.

En un monasterio, las influencias externas en la época de san Benito podían venir de los huéspedes, o de los monjes que salían fuera. San Benito no habla tanto de una salida puntual como de una salida larga, teniendo en cuenta que, entonces, cualquier viaje podía suponer muchas horas. Hoy, esta influencia puede venir por medio de otros conductos, ya que las comunicaciones son mucho más fluidas y las redes sociales forman parte de nuestra vida diaria. El objetivo de san Benito era huir de las distracciones innecesarias, evitando de descentrarnos de lo que debe ser más importante para nosotros.

Nuestra sociedad tiene bien aprendido que para consumir es preciso previamente la necesidad de determinado producto, y crear el deseo, para lo cual es también fundamental la publicidad; pues no deseamos lo que no conocemos, y si lo conoceos no siempre es fácil librarse del deseo. También este es un punto que deberíamos aprender, o por lo menos no olvidar.

Y luego la prudencia al volver de un viaje, en la conversación dentro de la comunidad, era evitar comentarios que podían idealizar situaciones que venían a perturbar el clima de la comunidad.

Por esto san Benito dispone que haya de todo dentro del monasterio, y evitar lo más posible la necesidad de viajar para traer cosas innecesarias. Y esto ya no solo para las cosas materiales, sino que también se puede interpretar este capítulo en relación a necesidades afectivas. Se nos invita, pues, a un equilibrio y ahorrarnos cosas o situaciones que puedan perturbar nuestra vida, que debe estar centrada en la plegaria y el trabajo.

Todo esto no era tan fácil en tiempo de san Benito, pues los monasterios, aunque eran centros espirituales, también lo eran en lo social, cultural y económico, lo cual obligaba a contactos y relaciones no solamente en una línea espiritual.

También hoy vivimos al límite de una doble tentación. Por un lado, podemos comentar cosas de la comunidad a gente ajena que no siempre entiende nuestra vida, ni siquiera en lo espiritual, así como otros posibles problemas de aspecto más humano. Y, por otro lado, querer aconsejar a la comunidad desde criterios externos, es exponerse a recibir opiniones ajenas a nuestra vida religiosa.

Equilibrio, moderación, responsabilidad, son valores siempre a mantener, a preservar. Para lograrlo es preciso no perder nuestra centralidad en Cristo, no dejándonos seducir por elementos externos que no tienen nada que ver con los objetivos que tienen quienes vienen a un monasterio a vivir como monjes.

Muchos avances de nuestra sociedad son buenos para muchas cosas, siempre que se utilicen o vivan con una buena finalidad, pero, pueden ser elementos negativos si nos servimos de ellos equivocadamente. Por ejemplo, el teléfono móvil puede ser una buena y necesaria herramienta, pero si llega a hacernos “dependientes” puede ser un elemento perturbador en nuestra vida de cada día; y así en otras diversas cosas.

Por ello san Benito nos advierte del peligro de distraernos o de distraer a los demás. Lo cual no es fácil, cuando todo está bien dispuesto para proporcionarnos una cierta evasión, en lo cual nuestra sociedad es experta, y mucho más hoy que en tiempos pasados.

Escribe Dom Paul Delatte que nada nos apartará de la clausura y de la estabilidad si cada uno analiza con firmeza los motivos que le pueden mover a salir o no salir. Por esto san Benito confía al superior determinar si conviene a no, buscando la fidelidad y seguridad de todos.

Debemos ser conscientes de todo esto, pues como dicen los estatutos cartujanos, donde leemos “celda” pongamos “monasterio”: “conviene que quien vive retirado en su “celda” vigile con diligencia no aceptar y salir fuera de ella, excepto las salidas establecidas; más bien considere la “celda” tan necesaria para su salud y vida, como el agua para los peces, y el prado para las ovejas. Si se acostumbra a salir con frecuencia y por causas leves, pronto se le hará odiosa, pues como dice san Agustín: “para los amigos de este mundo no hay nada que produzca tanta fatiga como el no trabajar”. Por el contrario, cuanto más tiempo guarde la “celda” tanto más a gusto vivirá en ella, si sabe ocuparse de una manera ordenada y provechosa en la lectura, la escritura, la salmodia, la plegaria, la meditación, la contemplación y el trabajo. Mientras tanto se vaya acostumbrando a la tranquila escucha del corazón, que permita entrar a Dios, por todas sus puertas y senderos. Así, con la ayuda divina evitará los peligros que con frecuencia nos acechan”. (Estatutos cartujanos, 4)