domingo, 4 de noviembre de 2018

CAPÍTULO 22 CÓMO HAN DE DORMIR LOS MONJES


CAPÍTULO 22

CÓMO HAN DE DORMIR LOS MONJES

Cada monje tendrá su propio lecho para dormir. 2Según el criterio de su abad, recibirán todo lo necesario para la cama en consonancia con su género de vida. 3En la medida de lo posible, dormirán todos juntos en un mismo lugar; pero si por ser muchos resulta imposible, dormirán en grupos de diez o de veinte, con ancianos que velen solícitos sobre ellos. 4Hasta el amanecer deberá arder continuamente una lámpara en la estancia. 5Duerman vestidos y ceñidos con cintos o cuerdas, de manera que mientras descansan no tengan consigo los cuchillos, para que no se hieran entre sueños. 6Y también con el fin de que los monjes estén siempre listos para levantarse; así, cuando se dé la señal, se pondrán en pie sin tardanza y de prisa para acudir a la obra de Dios, adelantándose unos a otros, pero con mucha gravedad y modestia. 7Los hermanos más jóvenes no tengan contiguas sus camas, sino entreveradas con las de los mayores. 8Al levantarse para la obra de Dios, se avisarán discretamente unos a otros, para que los somnolientos no puedan excusarse.

Dos ideas centran este capítulo: en primer lugar, la humanidad y concreción con la cual san Benito regula la vida de los monjes. Nos habla de dormir, descansar las horas necesarias para estar bien dispuestos durante la jornada. La segunda es la disponibilidad. Dos ideas muy unidas: descansar para estar siempre dispuestos, a punto.

En tiempos de san Benito los monasterios habían sufrido un cambio, yendo del eremitismo al cenobitismo. En el monaquismo egipcio la celda era el lugar de dormir, orar, trabajar, con la idea de que eso facilitaba la plegaria continua y la dimensión contemplativa de la vida monástica. Cuando llega el cenobitismo, las celdas son ocupadas por dos o tres monjes.

Pacomio y Casiano nos hablan de este tema. Ciertamente, el monje en la celda está más expuesto a la acedía, pero, por otra parte, la soledad en la celda puede venir a ser una buena escuela para el monje, idea de la que son herederos los cartujanos y otras formas de vida monástica similares.

Al expandirse el cenobitismo, el trabajo compartido y la plegaria comunitaria, se está menos tiempo en la celda, en lo cual los padres del monaquismo ven ciertos peligros, como acaparar cosas, comida sin permiso, riesgos relacionados con la castidad. Las Reglas muestran la conciencia que tienen los padres del monaquismo de estos peligros al establecer, por ejemplo, que no se entre en la celda de otro, guardar cierta distancia física entre los monjes, u otros consejos similares.

El dormitorio común aparece como una medida antes estas situaciones, y para conservar la disciplina y las buenas costumbres dentro del monasterio. Es curioso como alrededor del año 535 el mismo emperador Justiniano establece que debe haber dormitorios comunes en los monasterios para permitir una cierta vigilancia. Lo que nos dice san Benito en este capítulo se halla en esta línea y ha atraído la atención de algunos comentaristas. Así, Adalberto de Vogüe contempla no tanto un progreso como una medida preventiva ante los problemas existentes en las comunidades de la época. De aquí las concreciones de san Benito al indicar que en el dormitorio arda siempre una luz hasta el amanecer, o que los monjes duerman vestidos o ceñidos, o que haya ancianos entre los jóvenes; y el detalle curioso que nos revela que el uso del cuchillo estaba muy extendido entre los monjes. Hay dos alusiones curiosas en este capítulo: tener cada uno un lecho, lo que no era habitual en la población de la época, que dormía en común en la paja, y los cuchillos, como una herramienta que, seguramente, utilizarían para comer en lugar de los actuales cubiertos.

Pero lo realmente importante en este capítulo es la disponibilidad que se pide a los monjes. Un tema que estos días tenemos muy de actualidad, precisamente en nuestra comunidad.

No puedo dejar de concretar y personalizar que lo que nos dice san Benito sobre el estar a punto, en estas horas que despedimos, encomendando al Señor, a nuestro hermano fray Ricardo, en el que contemplamos un ejemplo de vida siempre disponible para el Señor y los hermanos, siempre a punto para servir, para ir a la plegaria; en una palabra, siempre a punto para el encuentro con el Señor. Tanto es así, que entró al monasterio con la idea de vivir este encuentro de manera inminente, pero el Señor, que no tiene ninguna prisa, quizás prefirió que generaciones de monjes pudieran gozar con su convivencia, pues fue un monje que con el ejemplo, y con la palabra sencilla que le salía del corazón y de su inmensa fe, arraigada en la Palabra de Dios, nos tocó a todos el alma. Y así ha encontrado la muerte: sirviendo, poniendo cubiertos y ayudando a poner la mesa, sirviendo hasta el último momento. Pertenecía a una generación de hermanos con una vocación y un fe sólidas como la roca. Nos ha dejado lo mejor: su ejemplo.

San Benito nos habla nos habla de la disponibilidad, de estar siempre a punto, lo hace a través de toda la Regla, pero aquí nos la pide ya desde el principio de la jornada, para levantarnos del descanso de la noche, y empezar la tarea encomendada con el Oficio Divino, y para lo cual es necesaria descansar lo suficiente a fin de levantarnos en su momento.

La actitud de servicio humilde es fundamental en nuestra vida, y a la vez una herramienta muy valiosa para salir de nuestro egocentrismo. El P. Miguel Estradé, tarraconense y monje de Montserrat, escribía en un texto, entre divertido y acertado, que a menudo creemos erróneamente “que es compatible un espíritu de servicio en unas cosas, y el egoísmo en otras”, y ponía un ejemplo: “en el comer, tomar la mejor parte, procurar ser los primeros, porque de lo contrario ya no voy a encontrar aquello que me agrada; en la recreación, para tomar los diarios, pues de lo contrario otros los habrán cogido; o tener un lugar o una herramienta como propia”. Decía que incluso la misma compasión puede teñirse de egoísmo: “¡no puedo sufrir que otro sufra!” Pero si mi sensibilidad no fuese molestada, quizás estaría más indiferente al sufrimiento del otro”.

Ante esto, la vida monástica exige el darnos poco a poco en los pequeños detalles, en las cosas insignificantes. Esta ha sido también la vida de fray Ricardo, llena de detalles, una vida de monje verdadera, llena de humanidad y de fe. Seguro que todos tenemos anécdotas e historias de nuestra relación con él, aunque lo realmente importante es todo lo que contemplamos detrás de ello, el conjunto de su vida, donde contemplamos una verdadera búsqueda de Dios.

Es la santidad de la “puerta de al lado” o “la clase media de la santidad” de la que habla el Papa Francisco. San Benito nos habla en este capítulo de los detalles de la vida de los monjes y de la disponibilidad, de estar siempre a punto. Dos ideas que nos pueden resumir perfectamente la vida de nuestro hermano Ricardo a quien deseamos, verdaderamente la gloria que él tantos años ha esperado y deseado en el camino de este mundo.

jueves, 1 de noviembre de 2018

CAPÍTULO 7 LA HUMILDAD


CAPÍTULO 7,51-54

LA HUMILDAD

(Renovación de votos de fray Joaquín)

El séptimo grado de humildad es que, no contento con reconocerse de palabra como el último y más despreciable de todos, lo crea también así en el fondo de su corazón, 52humillándose y diciendo como el profeta: «Yo soy un gusano, no un hombre; la vergüenza de la gente, el desprecio del pueblo». 53«Me he ensalzado, y por eso me veo humillado y abatido». 54Y también: «Bien me está que me hayas humillado, para que aprenda tus justísimos preceptos.

San Agustín escribe que la humildad es la madre de todas las virtudes. Hace unos días el filósofo Francisco Torralba afirmaba que la humildad no es una falta de autoestima, y menos una humillación, sino un ser consciente de las propias limitaciones, y a partir de aquí ser capaz de buscar la manera de superarlas, de mejorar, de avanzar. Avanzar, para nosotros monjes, es hacerlo hacia la propia meta, y meta de todo cristiano que es la santidad, que es Cristo mismo. Intentamos resolver la frustración que a veces nos produce la limitación, la fragilidad, intentando de cambiar las circunstancias, ya que pensamos que de esta forma podemos eliminar las dificultades y los obstáculos, pero lo que debemos cambiar es a nosotros mismos, viendo que los obstáculos no nos imposibilitan la unión con Dios, al contrario, son escalones que nos llevan a él.

Hoy, querido fray Joaquín, renuevas tu compromiso con esta comunidad, ciertamente, pero sobre todo lo renuevas con Cristo. Prometes de nuevo, ante la comunidad, de unirte a ella, de vivir como monje, de ser obediente, y lo haces poniendo como testimonio a los santos, a Todos los Santos, que hoy celebramos de una manera especialísima. Todos los bautizados estamos llamados a la santidad. Es posible alcanzarla; y también reconocer los signos de santidad en quienes viven a nuestro lado, en nuestra comunidad, y quizás hoy, de manera especial, pensamos en un monje en concreto a quien todos queremos por su humildad y su amor total a Cristo.

Todos participamos de la función profética de Cristo, que es la santidad de la “puerta del costado”, como la llama el papa Francisco, aquellos que a nuestro lado reflejan la presencia de Dios, quienes componen, en otra expresión del Papa, “la clase media de la santidad”. Todos estamos llamados a ser evangelizadores, a ser portadores de la Buena Nueva, a caminar hacia la santidad.

Nos dice el Concilio Vaticano II: “Todos los fieles cristianos, de la condición que sean están llamados a la santidad, cada uno de acuerdo a las gracias recibidas, a la perfección de aquella santidad con la que es perfecto el Padre”. (LG 40)

Para alcanzarla hay que vivir con amor y ofrecer nuestro testimonio en las tareas de la vida de cada día. El camino de la santidad es particular, propio para cada uno; es una llamada individual a dar lo mejor de nosotros, y no es necesario emular gestas heroicas, sino la heroicidad humilde del día a día, lo cual nos corresponde a cada uno. Pero este camino, a la vez es colectivo, por lo tanto, es responsabilidad de toda la comunidad y de toda la Iglesia. 

A lo largo de tu vida de postulante, querido Joaquín, de tu noviciado, de estos tres años de profesión temporal, has tenido ocasión de conocer las cosas duras y ásperas, a través de las cuales se va a Dios en el recinto monástico, y nosotros de conocer que te preocupas de buscar a Dios de verdad, que eres celoso por el Oficio Divino, por la obediencia y por las humillaciones. Has tenido tiempo, en definitiva, de ir pensando sobre el camino hecho, y crees, sinceramente, que Dios te llama a seguirlo en esta comunidad; por esto, vuelves a prometer tu compromiso. Estás a punto de acabar una etapa importante, fundamental, de tu formación como monje; pero no olvides que no has llegado al final del camino, ni lo acabarás con la profesión solemne, que posiblemente está próxima. El camino que emprendemos los monjes, el camino de todo cristiano, solamente puede llevarnos a la santidad, a la vida eterna, al encuentro con Cristo, de lo contrario vendría a ser un fracaso.

Para continuarlo tenemos armas espléndidas como la paciencia, la obediencia, y sobre todo la humildad. Esto, en el tiempo que llevas de vida monástica lo has comprendido bien, y por ello has elegido este grado de la humildad, un grado plagado de textos bíblicos, porque has comprendido también que el Oficio Divino, el trabajo y el contacto con la  Palabra de Dios, son los tres pilares de nuestra vida. La Palabra nos alimenta espiritualmente, pues mediante ella Dios nos habla y nosotros le escuchamos. En este grado la Escritura nos muestra que su sentido más profundo crea en nosotros una confianza total en el Señor, incluso en la adversidad, y así en las dificultades hay siempre una semilla de esperanza. Este grado es un paso más hacia el conocimiento de la propia vulnerabilidad, de nuestra fragilidad, y a la vez una aceptación de sufrimientos y obstáculos que se nos presentan. No aceptando sin más, sino penetrando en lo más profundo de nuestra miseria, sin querer instalarnos en un menosprecio de nosotros mismos sino como un medio para adquirir la sabiduría del corazón y la abertura a Dios que actúa en la debilidad.
La vocación no la escogemos nosotros; no se trata de hacer un análisis de los riesgos, sino de dejarnos llevar por Dios, de enamorarnos de Dios. La vida monástica no es una segunda opción, sino una entrega radical en la búsqueda de Cristo en el recinto del monasterio. Si no se vive con radicalidad, con pasión, no es verdadera vocación.

Somos llamados todos a la santidad, y respondiendo a esta llamada hay una manera de vivirla en cada vocación, sea el matrimonio, el sacerdocio o la vida consagrada. Es nuestra entrega a la voluntad de Dios, a fin de sintonizar con el Hijo.

La humildad está en el centro mismo de nuestra experiencia en Cristo. En la vida monástica renunciamos a nuestra antigua manera de vivir, a ideas y deseos de nuestra vida anterior; es lo que llamamos “conversatio morum”.

Esta tarea querido Joaquín, es algo para toda la vida, y llevarla a cabo con ayuda de la comunidad, viviendo en ella junto a los demás hermanos. Estás ya cerca de plantearte el compromiso con el Señor de una manera definitiva; que el Señor te sostenga y tú te apoyes en él, porque nuestra experiencia diaria de debilidad e ineptitud nos mueve a ser humildes; y la humildad es la base de la vida espiritual, entendida como un principio para centrarnos en la búsqueda de Cristo pobre y humilde.

Que el Señor te bendiga y te acompañe siempre, y a nosotros contigo nos conceda acabar la carrera de llegar a Cristo, nuestra meta.

domingo, 28 de octubre de 2018

CAPÍTULO 15 EN QUÉ TIEMPOS SE DIRÁ ALELUYA

CAPÍTULO 15

EN QUÉ TIEMPOS SE DIRÁ ALELUYA

Desde la santa Pascua hasta Pentecostés se dirá el aleluya sin interrupción tanto en los salmos como en los responsorios. 2Pero desde Pentecostés hasta el principio de la cuaresma solamente se dirá todas las noches con los seis últimos salmos del oficio nocturno. 3Mas los domingos, menos en cuaresma, han de decirse con aleluya los cánticos, laudes, prima, tercia, sexta y nona; las vísperas, en cambio, con antífona. 4Los responsorios nunca se dirán con aleluya, a no ser desde Pascua hasta Pentecostés.

Por un lado, puede sorprender que san Benito dedique un capítulo concreto al Aleluya; pero, por otro lado, si somos conscientes de la cantidad de veces que decimos esta palabra a lo largo del día, de la semana y del año, veremos que tiene en nuestra vida, en nuestra liturgia, una importancia muy especial, ya sea por su presencia o por su ausencia durante el tiempo de Cuaresma.

Escribe san Agustín, que Aleluya quiere decir “alabanza a Dios”; una palabra que expresa la alegría pascual, que viene a ser como un pregustar la liturgia celestial, una palabra que incluso sirve como distintivo de los cristianos que pertenecen a la misma fe.
Seguramente san Benito se ha situado en medio de los capítulos dedicados a las Vigilias y a los Laudes que hemos escuchado a lo largo de esta semana, por una parte, y la composición del Oficio Divino por otra parte.  El capítulo se inicia y acaba con un recuerdo del tiempo pascual, subrayando de este modo que este tiempo es el tiempo central de toda la vida litúrgica, un tiempo que recordamos de manera especial cada domingo, remarcando el carácter pascual de la celebración dominical, donde el Aleluya acompaña los cantos de las horas centrales del día, como Laudes, Prima, Tercia Sexta y Nona. San Benito gradúa las celebraciones, y destaca el recuerdo pascual cada día y de manera especial cada semana en la celebración dominical. Esta relación entre el ritmo de nuestra plegaria y el ritmo de la naturaleza, de la creación de Dios no es extraña a san Benito. La noche nos recuerda la muerte; y hacemos una referencia en Completas; el amanecer la vigilia junto al sepulcro de Cristo, y Laudes, con la salida del sol, la resurrección y la creación representada por el nuevo día.

Así sucede que cada día hacemos memoria, por un lado, del gran misterio de la redención, y por otro de nuestra propia vida. Este carácter de memoria se acentúa a lo largo de la semana y tiene su plenitud en el Año Litúrgico con la Pascua como el verdadero centro.

Por esto, como por otras causas, el Oficio Divino adquiere pleno sentido, es participado y vivido en su totalidad. Si dejamos de hacerlo, Dios no lo quiera, nuestra vida de plegaria sería incompleta. Evidentemente, hay causas que nos pueden impedir de participar de manera puntual, como la salud, pero dejarnos arrastrar por el riesgo de una ausencia más voluble e indefinida, nos deja huérfanos de la plenitud de nuestra vida que nos ofrece el Oficio Divino, celebrado en comunidad.

San Benito insiste en otros capítulos de la Regla, pues sabe muy bien del riesgo del abandono, y de lo peligroso que viene a ser para nuestra vida de monjes.

Escribe san Juan Clímaco: “Estemos atentos y podemos advertir que al sentir la señal de la trompeta celestial llamando a las oraciones matinales, los monjes se reúnen visiblemente; pero los demonios se reúnen también invisiblemente; algunos de ellos se colocan al costado de nuestro lecho y nos invitan a reposar un poco más: “Espera -nos dicen- a que acabe el introito”. Otros, buscan provocarnos el sueño cuando estamos en la plegaria; otros, nos provocan mal de estómago para distraernos; otros, a hablar en la iglesia, o tener pensamientos vergonzosos; otros, nos llevan a reclinarnos en la pared y abrir la boca a menudo; otros, a reír durante la oración; otros, a orar precipitadamente, y otros a hacerlo muy lentamente, no por devoción sino por capricho, y agarrándose a nuestra boca de tal manera la cierran que con dificultad la podemos abrir. Solamente quien piensa que está en presencia de Dios y ora con verdadero sentimiento se mantendrá inmóvil como una columna, y ninguno de estos demonios que acabamos de aludir podrá desviarlo” (Escala espiritual, 18,3)

Seguramente San Juan Clímaco tiene razón. A causa de los demonios olvidamos con frecuencia que estamos en la presencia de Dios, que hablamos con Dios; a menudo olvidamos la idea de que cuando suena la campana que nos convoca ala iglesia, a la plegaria, no es otro que Cristo, nuestro modelo, con quien nos hemos comprometido a no anteponerle nada. De hecho, podríamos decir que nuestra profesión la renovamos cada mañana al escuchar la campana; la escuchamos todos, pero hay quien toma la opción de darse media vuelta, movido por el demonio, diría san Juan Clímaco, o bien de acudir al encuentro con el Señor. Cada uno puede valorar personalmente si puede o no puede, si su ausencia es voluntaria u obligada, y Dios es quien conoce la verdad. Sorprende, no obstante, que algunos hermanos de edad suficiente para justificar su ausencia no fallan nunca, o bien si fallan por cuestión de salud, llevan esta ausencia como una especie de amputación, de limitación en su vida de monjes.

San Benito nos habla hoy del Aleluya, de alegría. Es esta alegría de sentirnos llamados por Dios al recinto monástico, que nos debe llevar a vivir la delicia de ir a su encuentro de manera privilegiada, cuando somos convocados por medio de esta voz suya que es la campana, y de participar en la plegaria con la mayor plenitud posible.

domingo, 14 de octubre de 2018

CAPÍTULO 7,49-50 LA HUMILDAD


CAPÍTULO 7,49-50

LA HUMILDAD

El sexto grado de humildad es que el monje se sienta contento con todo lo que es más vil y abyecto y que se considere a sí mismo como un obrero malo e indigno para todo cuanto se le manda, 50diciéndose interiormente con el profeta: «Fui reducido a la nada sin saber por qué; he venido a ser como un jumento en tu presencia, pero yo siempre estaré contigo».

A mitad del capítulo sobre la humildad, y el lenguaje de san Benito nos sorprende, nos puede parece huraño, pasado de moda. Nos habla con un lenguaje que podríamos hoy como políticamente incorrecto, duro; nos habla de cosas bajas y abyectas, de inhabilidad, indignidad, de no ser nada, no saber nada, venir a ser como un animal de carga.

De manera semejante nos habla san Basilio el Grande: “después que cada uno, habiendo renunciado a todas las realidades presentes y a sí mismo, y habiéndose apartado de las preocupaciones de la vida debe hacerse discípulo del Señor” (Tratado sobre el Bautismo)

Pero todo esto no debe llevarnos a huir espantados, aunque podamos tener la tentación.
No se refiere a otra cosa que a nuestro modelo, a aquel a quien hemos venido a buscar, a seguir, a Cristo, aquel con el que estamos siempre, nos dice san Benito.

También los santos, estando con él, no amaron al sufrimiento, no lo buscaron porque sí. Podría esto no parecer heroico, ni digno de exaltación, pero fueron semejantes a nosotros, humanos: no amaron el sufrimiento por el sufrimiento, pero sí que amaban con pasión la cruz de Cristo, pues amaban aquello que lleva la salvación. Todos ellos conocían bien que lo que ataca y destruye al hombre es el pecado, y el pecado es el que engendra el verdadero sufrimiento. La cruz salva del pecado, con ella el mal se transforma en bien, nos da la verdadera libertad, que es dar espacio a Dios en nuestra vida, seguirlo con alegría en toda circunstancia. Por esto comprometidos en cuerpo y alma a seguir a Cristo, no tenemos que rechazar las contrariedades, los sacrificios, la impotencia, pues a menudo en todo ello puede estar presente el poder redentor de la cruz, la salvación de Cristo. No se trata de desear la cosa más baja y abyecta por masoquismo o exhibicionismo espiritual, ni de decir en todo momento que somos inútiles, con el deseo escondido de que nos desmientan. Tampoco se trata de mera apariencia. Todo ello vendría a convertirse en folklore monástico.

El sufrimiento que hace crecer no es el que buscamos nosotros mismos con nuestras susceptibilidades y nuestra peculiar manera de comportarnos en la vida y complicarla a los demás. Más bien, es aquel sufrimiento que Dios dispone de manera providencial en el camino de nuestra vida, y que nosotros de manera instintiva, por sentido de supervivencia buscamos evitar. Para asumir las dificultades necesitamos humildad, primero ante Dios, y después ante los demás, e incluso ante nosotros mismos. Es en este sentido que San Benito nos habla de considerarnos operarios inhábiles e indignos.

El modelo siempre es Cristo, como nos dice la Palabra: “Así, pues, ya que los hijos tienen en común la misma condición humana, también Jesús quiso compartir esta condición… Era necesario que fuera en todo semejante a los hermanos, y de esta manera viniera a ser ante Dios un gran sacerdote compasivo y digno de confianza, que expiara los pecados del pueblo.  Y habiendo pasado él mismo la prueba del sufrimiento ahora puede ayudar a los que son probados…” (Hebr 2,14-18)
El libro del Eclesiástico nos dice que debemos estar preparados para la prueba y ser valiente cuando esta llegue, no espantarnos en los momentos difíciles, confiar siempre en el Señor, aceptando todo lo que nos pueda venir, siendo pacientes cuando creemos que somos humillados injustamente, pues como el fuego pone a prueba el oro, en el horno de la humillación también nosotros somos probados. (Eclo 2,1-5)

Si la madures de una persona pasa con frecuencia por el sufrimiento, tanto más en la vida del monje. En los monasterios, a pesar de que todo esta estructurado, pues la vida comunitaria aunque tiende a crear un clima de orden de armonía, de serenidad y de paz. (Cf RB 3,61.63) no faltan las ocasiones de prueba, e incluso de dureza. Son esos momentos en que el seguimiento de Cristo se nos hace duro, pesado, y nos cuesta abrazar la cruz, conformarnos a ella con amor. Las causas del sufrimiento físico, moral o espiritual pueden ser diversas, y nos llevan a situaciones que consideramos abyectas, aunque todo depende de la sensibilidad de cada uno, de nuestra manera de afrontar la realidad ante los obstáculos del camino. Esta es la manera real de participar en la humanidad de Cristo, movidos siempre por el amor a él que es el fundamento de nuestra vida de monjes, de cristianos.

Escogemos amar hasta las últimas consecuencias, como Cristo, es decir hasta la cruz, porque él, aun siendo de condición divina no conservó celosamente su divinidad, sino que se anonadó, humillándose, haciéndose semejante a nosotros… (cf Filp 2,6-11)

San Benito ya nos lo dice en el Prólogo, de participar por la paciencia en los sufrimientos de Cristo para participar de su Reino. Es la renuncia diaria a nosotros mismos, en las situaciones de dificultad, viviéndolas en silencio y soledad.
Escribe la madre Ana Mª Cánopi que se entra en el monasterio no sólo para ser feliz, sino más bien para hacer felices a los demás. Lo decía también el beato Pablo VI, que hoy será canonizado, al Capítulo General de nuestra Orden el año 1968, de donde salió precisamente la Declaración del Orden: “Si os dejáis conducir por este deseo ardiente y por el afán de la perfección, procurad conformaros de la manera más perfecta vosotros mismos y todas vuestras cosas a aquella caridad que se os va encomendar en vuestra primera Constitución. Aquella norma, llamada Carta de Caridad, queremos decir, que nuestro predecesor Calixto II aprobó con su autoridad y que entregó a vuestra Orden, entonces de reciente fundación, para que la observara. Que vuestra vida siga fundamentada en la caridad, porque solamente ella os mantendrá en una fidelidad constante, en el debe que se os ha confiado; solamente ella os acompañará de manera eficaz en vuestra liturgia, como siendo el aliento y el alma; solamente ella os unirá a Cristo con vínculos estrechos, a él que es nuestro modelo, nuestro único modelo. (14 Octubre de 1968)