domingo, 18 de julio de 2021

RB 7,62-70 LA HUMILDAD

 

RB 7,62-70

LA HUMILDAD

El duodécimo grado de humildad es que el monje, además de ser humilde en su interior, lo manifieste siempre con su porte exterior a cuantos le vean; 63 es decir, que durante la obra de Dios, en el oratorio, dentro del monasterio, en el huerto, cuando sale de viaje, en el campo y en todo lugar, sentado, de pie o al andar, esté siempre con la cabeza baja y los ojos fijos en el suelo. creyéndose en todo momento reo de sus propios pecados, piensa que se encuentra ya en el tremendo juicio de Dios, 65 diciendo sin cesar en la intimidad de su corazón lo mismo que aquel recaudador de arbitrios decía con la mirada clavada en tierra: «Señor, soy tan pecador, que no soy digno de levantar mis ojos hacia el cielo». 66Y también aquello del profeta: «He sido totalmente abatido y humillado». 67Cuando el monje haya remontado todos estos grados de humildad, llegará pronto a ese grado de «amor a Dios que, por ser perfecto, echa fuera todo temor»; 68 gracias al cual, cuanto cumplía antes no sin recelo, ahora comenzará a realizarlo sin esfuerzo, como instintivamente y por costumbre; 69 no ya por temor al infierno, sino por amor a Cristo, por cierta santa connaturaleza y por la satisfacción que las virtudes producen por sí mismas. 70Y el Señor se complacerá en manifestar todo esto por el Espíritu Santo en su obrero, purificado ya de sus vicios y pecados.

Llegar a la caridad de Dios, la caridad perfecta que echa fuera el temor, y llegar a cumplirla sin esfuerzo, como por costumbre del bien y gusto de las virtudes, es el objetivo de los doce grados de la humildad. Actuar siguiendo la voluntad de Dios, no por temor sino por convicción, por gusto. Se llega cuando la caridad envuelve toda nuestra vida, cuerpo y alma, en el monasterio y fuera de él. Se llega cuando somos conscientes de nuestro carácter de pecadores a la vez que de la misericordia de Dios.

Escribe san Agustín: “ no tengamos la presunción que vivimos rectamente y sin pecado. El testimonio a favor de nuestra vida es el hecho de reconocer nuestras culpas. Los hombres sin remedio son aquellos que no se preocupan de sus pecados para fijarse en los de los demás. No buscan la corrección propia sino lo que podemos “morder” en los otros. Al no poder excusarnos, estamos siempre dispuestos a acusar a los otros”.  (Sermón 19, 2-3)

Esta consciencia de nuestras culpas, de nuestros pecados es la que condiciona nuestra subida de los grados de humildad, y cuando nos falta esta conciencia de pecado es muy fácil bajar de golpe estos grados y subir los de la soberbia, como muestra san Bernardo.

Para san Bernardo la humildad es una virtud que incita al hombre a valorar la justa medida de él mismo, y a partir de aquí avanzar de virtud en virtud hasta llegar a la cima de la humildad siguiendo la ley de aquel legislador, el Señor, amable y recto, que dicta la ley que nos orienta hacia la verdad. Nos dice que la humildad tiene dos complementos necesarios, como son el pan del dolor y el vino de la compunción. Nos habla de la humildad como de un banquete donde se sirve el sólido alimento de la sabiduría, amasada con la flor de harina y el vino que alegra el corazón del hombre; donde la caridad es el plato principal de las almas imperfectas; pero a veces somos incapaces de comida sólida y necesitamos leche en lugar de pan, y aceite en lugar de vino. Es la impureza, la ausencia de nuestro sentimiento de pecadores el que nos impide saborear la dulzura de la caridad.

1.    Sentimos curiosidad y estamos atentos a todo lo que no debería tener interés para nosotros, en lugar de mostrar humildad y bajar la mirada.

2.    Tenemos ligereza de espíritu e indiscretos con las palabras, sin importarnos herir a los otros, en lugar de decir pocas palabras y sabias, y sin vocear.

3.    Somos de risa fácil, en lugar de contenerla y evitar la risa de los otros.

4.    Hablamos mucho y con vanagloria, cuando deberíamos reprimir la lengua, guardar silencio y no hablar hasta ser preguntados.

5.    Buscamos singularizarnos, buscando nuestra gloria en lugar de no hacer sino lo que nos anima la Regla y el ejemplo de los ancianos.

6.    Somos arrogantes y nos creemos mejores que los demás, cuando deberíamos recordarnos, y sentirlo en el corazón, que somos los últimos y los más viles.

7.    Somos presuntuosos y nos metemos donde no se nos llama, cuando deberíamos contentarnos con lo más bajo y tenernos por operarios inhábiles e indignos.

8.    Nos esforzarnos por justificar nuestros pecados, cuando no deberíamos de esconderlos, sino manifestarlos humildemente, tanto si son de pensamiento, como de palabra, obra u omisión.

9.    Rechazamos y huimos de las cosas ásperas y duras en las dificultades, en lugar de abrazarnos con la paciencia y no echarnos atrás.

10. Nos rebelamos contra los superiores y hermanos cuando deberíamos obedecer imitando al Señor.

11. Buscamos de sentirnos libres en lugar de no satisfacer nuestros propios deseos y responder con hechos a la palabra del Señor que nos llama a hacer su voluntad.

12. Tenemos el hábito de pecar, cuando deberíamos de evitarlo por temor de Dios.

La escala de la humildad es mucho más fácil bajarla, al contrario de la soberbia, y a veces olvidamos que al bajarla nos alejamos de Dios. Como escribe san Bernardo también nosotros tenemos más experiencia en las bajadas que en las subidas, aunque nuestra vida está arraigada en el día a día de una vida normal, pero que debe estar comprometida, encarnada, donde los peldaños de esta humildad son nuestro cuerpo y nuestra alma, pues por aquí sube y baja nuestra vida.

El objetivo final, recogiendo el pensamiento de san Juan Clímaco no es una simple honradez moral, un ideal de moderación y filantropía, sino la participación en la cruz y resurrección de Cristo y en la deificación de todo el ser.

Escribe san Lorenzo de Brindisi: “Si queremos obrar así, debemos tener siempre presente nuestro final. Pues teniendo presente la muerte, sabremos discernir las mentiras del mundo, y llevaremos nuestra vida por los caminos de la santidad y de la justicia” (Hom. 2 en Domingo IX después de Pentecostés)

Como dice san Benito nos ha de impulsar siempre, en todo momento y lugar el deseo de subir a la vida eterna, y per eso tomamos el camino estrecho (R 5,10)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 11 de julio de 2021

CAPÍTULO 7, 44-48 LA HUMILDAD

 

CAPÍTULO 7, 44-48

LA HUMILDAD

El quinto grado de humildad es que el monje con una humilde confesión manifieste a su abad los malos pensamientos que le vienen al corazón y las malas obras realizadas ocultamente. 45 La Escritura nos exhorta a ello cuando nos dice: «Manifiesta al Señor tus pasos y confía en él». 46Y también dice el profeta: «Confesaos al Señor, porque es bueno, porque es eterna su misericordia». 47Y en otro lugar dice: «Te manifesté mi delito y dejé de ocultar mi injusticia. 48Confesaré, dije yo, contra mí mismo al Señor mi propia injusticia, y tú perdonaste la malicia de mi pecado».

Escribe Dom Pierre Miquel que en la Regla hay un capítulo sobre cómo debe ser el abad, otro sobre el Prior, y un tercero referente al mayordomo, pero no lo hay acerca de cómo debe ser el monje. (Conocer Benito, p.221)

Primero hay que partir de que el abad, el prior y el mayordomo son monjes, y que su vida física y monástica tiene un antes y un después de los cargos que ocupan, o de los servicios que prestan. Como dice san Bernardo, el monje lo hace la vocación y al abad el servicio, lo cual es válido para toda responsabilidad en una comunidad, pues, a veces, el servicio puede ser un peligro para la misma vocación monástica si no cuida su salud espiritual. Los elementos que nos ayudan a mantener esta salud espiritual los deja bien explícitos san Benito en los capítulos IV sobre los Instrumentos de las buenas obras, y en el VI sobre la humildad. Todo gira en torno a estas dos premisas:  las buenas obras y la humildad.

San Benito sabe bien que a lo largo de nuestra vida de monjes nos vienen al pensamiento cosas malas: de pensamiento, palabra, obra y misión. Es algo que sabe bien san Benito. En este quinto grado de la humildad, una vez hemos pasado por el temor de Dios, por hacer su voluntad, por ser obedientes, nos dice que nos debemos sentir débiles, pecadores y confiar en la misericordia del Señor.

No nos habla aquí de la confesión sacramental, ni tampoco de lo que podría afectar a un capítulo de culpas comunitario, sino de lo que puede ser la raíz de los malos pensamientos, que son la fuente de donde nacen nuestros pecados y faltas.

Todos los pecados que ensucian nuestra alma, nos alejan de Dios, y nacen de nuestros malos pensamientos: la mentira, falsedad, ofensa, vanagloria, soberbia… tiene su origen en el pensamiento.

“Vigila tus pensamientos, vendrán a ser palabras; vigila tus palabras, vendrán a ser acciones; vigila tus acciones, vendrán a ser hábitos; vigila tus hábitos, vendrán a ser tu carácter; vigila tu carácter, vendrá a ser tu destino” (Lao Tse, pensador chino del s. VI antes Cristo) Y es que si no tuviéramos malos pensamientos sería muy difícil pecar.

¿Cuántas veces nos servimos de la frase: “no he podido más y me ha salido lo que llevaba dentro desde hace tiempo”, para justificarnos ante un hermano con quien hemos tenido un problema?

Necesitamos practicar el temor de Dios y la paciencia, buscar siempre de hacer la voluntad del Señor; nos lo dice san Benito antes de llegar a este grado de la humildad. A veces, incluso parece que nos molesta hasta nuestra vocación, pues cuando nos asaltan los malos pensamientos acabamos por perder la claridad que habíamos conseguido. Es preciso quitarlos de nosotros.

Pero en este breve grado san Benito no se detiene solo en los malos pensamientos, sino en las faltas cometidas en secreto, aquellas que creemos no ve ninguno, o que quedan en la impunidad. San Mateo en el capítulo VI de su evangelio nos dice que el Padre ve lo que hacemos secretamente, y sabe lo que estamos haciendo, el bien o el mal. Nuestras acciones malas no quedan nunca ni ocultas ni impunes. Por lo tanto, lo más acertado es confesarlas y limpiar nuestra conciencia acudiendo a la misericordia de Dios, de la cual nunca debemos desesperar.

Escribía Dom Godofredo, abad del Cister:

Demos a conocer, en primer lugar, los malos pensamientos que nos molestan, y a los que resistimos; de lo cuales, por tanto, no somos culpables. Estas tentaciones las tienen todos, y aunque no consentimos en ellas cuando nos asaltan nos humillan… Hay pensamientos que nos obsesionan, nos persiguen sin dejarnos un momento de reposo… “”cuando soy débil es cuando soy realmente fuerte”, escribe san Pablo (2Cor 12,10). He aquí la humildad práctica reflexionada en la desconfianza hacia uno mismo y en la confianza en Dios… Cuando tropezamos en las pruebas del cuarto grado es cuando sentimos nuestra miseria, creyéndonos capaces de todo y tenemos vergüenza de nosotros mismos. Son momentos fáciles para perder el coraje, y son precisamente los momentos en que necesitamos dar testimonio de nuestra absoluta confianza en la misericordia de Dios” (La humildad según san Benito, p. 213-214)

 

 

 

 

domingo, 4 de julio de 2021

CAPÍTULO 5 LA OBEDIENCIA

 

CAPÍTULO 5

LA OBEDIENCIA

El primer grado de humildad es la obediencia sin demora. 2 Exactamente, la que corresponde a quienes nada conciben más amable que Cristo. 3 Estos, por razón del santo servicio que han profesado, o por temor del infierno, o por el deseo de la vida eterna en la gloria, 4 son incapaces de diferir la realización inmediata de una orden tan pronto como ésta emana del superior, igual que si se lo mandara el mismo Dios. 5De ellos dice el Señor: «Nada más escucharme con sus oídos, me obedeció». 6Y dirigiéndose a los maestros espirituales: «Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí». 7 Los que tienen esta disposición prescinden al punto de sus intereses particulares, renuncian a su propia voluntad 8 y, desocupando sus manos, dejan sin acabar lo que están haciendo por caminar con las obras tras la voz del que manda con pasos tan ágiles como su obediencia. 9Y como en un momento, con la rapidez que imprime el temor de Dios, hacen coincidir ambas cosas a la vez: el mandato del maestro y su total ejecución por parte del discípulo. 10 Es que les consume el anhelo de caminar hacia la vida eterna, 11 y por eso eligen con toda su decisión el camino estrecho al que se refiere el Señor: «Estrecha es la senda que conduce a la vida». 12 Por esta razón no viven a su antojo ni obedecen a sus deseos y apetencias, sino que, dejándose llevar por el juicio y la voluntad de otro, pasan su vida en los cenobios y desean que les gobierne un abad. 13 Ellos son, los que indudablemente imitan al Señor, que dijo de sí mismo: «No he venido para hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió». 14 Pero incluso este tipo de obediencia sólo será grata a Dios y dulce para los hombres cuando se ejecute lo mandado sin miedo, sin tardanza, sin frialdad, sin murmuración y sin protesta. 15 Porque la obediencia que se tributa a los superiores, al mismo Dios se tributa, como él mismo lo dijo: «El que a vosotros escucha, a mí me escucha». 16 Y los discípulos deben ofrecerla de buen grado, porque «Dios ama al que da con alegría». 17 Efectivamente, el discípulo que obedece de mala gana y murmura, no ya con la boca, sino sólo con el corazón, 18 aunque cumpla materialmente lo preceptuado, ya no será agradable a Dios, pues ve su corazón que murmura, 19 y no conseguirá premio alguno de esa obediencia. Es más, cae en el castigo correspondiente a los murmuradores, si no se corrige y hace satisfacción.

La obediencia es propia de aquellos que no aman nada tanto como a Cristo, y son impulsados por el deseo de la vida eterna. Nuestra opción no pretende la aniquilación de nuestra personalidad, ni la pérdida de nuestra libertad, sino, todo lo contrario, desarrollarlas, huyendo de las limitaciones humanas, fruto de las debilidades tanto físicas como morales que todos arrastramos.

Escuchamos estos días en el refectorio, en la lectura, el testimonio de cristianos comprometidos que desafían al régimen nacionalsocialista de Alemania, arriesgando la propia vida. Eran obedientes al mandamiento del Señor, y por esto rechazaron el colaborar con este régimen que iba contra la ley de Dios, aunque una parte de la sociedad, e incluso de la misma Iglesia más preocupada de lo efímero de esta vida, no estaba en dicha línea de rechazo.

Como escribía el Papa Pío XI, el año 1931:

“La paz interior, esta paz que nace de la plena y clara conciencia que uno tiene de estar en el bando de la verdad y de la justicia, y de combatir y sufrir por ellas, esta paz que solo puede dar el Rey divino, y que el mundo es incapaz de dar, esta paz bendita y benefactora, gracias a la bondad y la misericordia de Dios, no nos ha abandonado nunca, y tenemos la esperanza que, suceda el que suceda, no nos abandonará jamás, pero bien sabéis vosotros, venerables hermanos, que esta paz nos da un libre acceso a los disgustos más amargos”. (No tenemos necesidad, 2)

Nuestra opción es por una obediencia que nos lleva a la paz interior. Es una obediencia que pone en práctica la Palabra escuchada, meditada y aplicada, superando la prevención de nuestra sociedad, y rechazando las obediencias malsanas que sucumben a los intereses materialistas. El tema de la obediencia suscita siempre el debate entre lo permitido y lo prohibido, sobre los derechos y los deberes… Todos tenemos un maestro común que es a quien debemos obedecer y que es el Cristo, a quien no debemos anteponer nada.

Algunos comentaristas lo escenifican con el ejemplo de una orquesta donde cada uno tiene un papel concreto, y debe seguir las normas de la música, el ritmo, la armonía, y todo con una partitura, que en nuestro caso sería la Regla de san Benito. No se pide en una orquesta que cada músico toque los instrumentos, sino que toque lo que le corresponde, y todos interpretar la misma pieza musical. Nuestra obediencia viene a ser una obediencia en las pequeñas cosas de cada día.

Y quien tiene una responsabilidad está llamado a cumplirla con diligencia y eficacia. Obedecer de buen grado, nos dice san Benito, pues si lo hacemos murmurando nuestro servicio no será agradable al Señor. Hay responsabilidades más y menos importantes, pero todas, llevadas a cabo con el buen espíritu de una sana obediencia, son agradables al Señor.

Es muy importante la responsabilidad, y está bien que recordemos el texto de Mt 21, sobre los dos hijos enviados por el padre a la viña. Y no son tan complicados los servicios que se nos encomiendan: atender a la portería, hacer la limpieza… que si la hacemos mal puede ser más bien perjudicial que positivo para la comunidad. Y llevar a cabo un buen servicio quiere decir asimismo tener cuidado del material que se nos confía, como si fueran “vasos sagrados”, dice san Benito.

A nadie se le obliga a ser monje, pero lo que nos pide san Benito es ser coherentes y responsables delante de Dios y de la comunidad. Obedecer es acoger libremente un ideal que engloba todas las dimensiones de la persona humana, una obediencia a Dios para santificarnos. Ciertamente, a veces hay órdenes que no apasionan, pero en la vida hay momentos de todo y las renuncias forman parte de la misma realización humana. Es esta obediencia de las pequeñas cosas la que mayoritariamente nos pide el Señor y que debemos intentar de cumplir venciendo nuestras debilidades. El aspecto utilitario de la obediencia es ayudar al buen funcionamiento del monasterio, una utilidad que es evidente en las cosas concretas y ordinarias.

Es la santificación del día a día, que diría san Jose María, o la santificación de la puerta de al lado en expresión del Papa Francisco. Escribe Oliveto Gerardín, que la enfermedad del individualismo nos afecta a todos, y cada uno debe olvidar la idea de que la libertad individual consiste en poder vivir como uno quiere, siempre y cuando no moleste a los demás; nuestra obediencia es la que toma distancia real con respecto a los propios deseos, la que es soberana, y en sí misma libertad plena, exigente y responsable. (Confesiones de un monje joven, p.133-140)

domingo, 27 de junio de 2021

CAPÍTULO 1 LAS CLASES DE MONJES

 

CAPÍTULO 1

LAS CLASES DE MONJES

Como todos sabemos, existen cuatro géneros de monjes. 2 El primero es el de los cenobitas, es decir, los que viven en un monasterio y sirven bajo una regla y un abad. 3 El segundo género es el de los anacoretas, o, dicho de otro modo, el de los ermitaños. Son aquellos que no por un fervor de novato en la vida monástica, sino tras larga prueba en el monasterio, 4 aprendieron a luchar contra el diablo ayudados por la compañía de otros, 5 y, bien formados en las filas de sus hermanos para el combate individual del desierto, se encuentran ya capacitados y seguros sin el socorro ajeno, porque se bastan con el auxilio de Dios para combatir, sólo con su brazo contra los vicios de la carne y de los pensamientos. 6 El tercer género de monjes, y pésimo por cierto, es el de los sarabaítas. Estos se caracterizan, según nos lo enseña la experiencia, por no haber sido probados como el oro en el crisol, por regla alguna, pues, al contrario, se han quedado blandos como el plomo. 7Dada su manera de proceder, siguen todavía fieles al espíritu del mundo, y manifiestan claramente que con su tonsura están mintiendo a Dios. 8 Se agrupan de dos en dos o de tres en tres, y a veces viven solos, encerrándose sin pastor no en los apriscos del Señor, sino en los propios, porque toda su ley se reduce a satisfacer sus deseos. 9Cuanto ellos piensan o deciden, lo creen santo, y aquello que no les agrada, lo consideran ilícito. 10 El cuarto género de monjes es el de los llamados giróvagos, porque su vida entera se la pasan viajando por diversos países, hospedándose durante tres o cuatro días en los monasterios. 11 Siempre errantes y nunca estables, se limitan a servir a sus propias voluntades y a los deleites de la gula; son peores en todo que los sarabaítas. 12 Será mucho mejor callamos y no hablar de la miserable vida que llevan todos éstos. 13Haciendo, pues, caso omiso de ellos, pongámonos con la ayuda del Señor a organizar la vida del muy firme género de monjes que es el de los cenobitas.

La diversidad de carismas e la vida consagrada no es un fenómeno nuevo, y la voluntad de la Iglesia ha sido siempre el integrarlos, tutelarlos. Este punto de la tutela mueve a san Benito a redactar su Regla. San Benito a lo largo de su vida hace un camino inverso al que él mismo recomienda, pues primero fue anacoreta, y después de esta experiencia de desierto personal y espiritual inicia la cenobítica, que es la que recomienda. No hay vida cenobítica sin seguir una regla prestablecida, bajo la cual manifestamos en nuestra profesión el deseo de militar. La vida monástica arraiga en una renuncia que nos enriquece, que más que recortar nuestra libertad nos libera.

Si bien la vida cenobítica es la que recomienda san Benito, parece apuntar a que hay una vida más perfecta, como es la anacorética. Esta no puede nacer sin haber pasado antes una larga prueba en el monasterio, aprendiendo a luchar contra el diablo, y estar bien entrenado en las filas de la comunidad. Todo ello es una ayuda para tener una garantía en la lucha contra los vicios de la carne y del pensamiento, con la ayuda de Dios siempre. No basta con un fervor de novicio y sin la ayuda de Dios.

San Benito nos dice que para ser monje es preciso recorrer un camino, difícil de completar en esta vida, y donde no podemos, solos con nuestro esfuerzo, alcanzar la meta.  La vida bajo la Regla nos va probando, y endureciendo frente a las debilidades del mundo.

Vivir bajo la Regla no es vivir en grupos afines, formando un grupo de elegidos cerrados en sí mismos, haciendo su voluntad. Escribe Aquinata Bockmann que los sarabaítas de los que habla san Benito, y que viven de dos en dos o de tres en tres, evocan los pequeños grupos dentro de una comunidad, y que hacen un mal camino, pues no van hacia Dios, sino hacia ellos mismos, definiendo el rumbo de su vida monástica a la luz de sus propias ideas, siempre cambiante, y teniendo como lema ”yo sé bien lo que tengo que hacer”, acabando por encerrarse en su propio espacio, donde es fácil entrar y muy difícil salir.

Vivir bajo una regla no es tener por ley la satisfacción de los propios deseos, y declarar santo lo que nuestra voluntad nos muestra como tal, mientras que el resto lo declaran ilícito. No es estar moviéndose continuamente bajo los propios deseos. Todo esto, die san Benito, son miserables estados de vida. Ningún giróvago puede creer haber recibido tan solo para él todos los dones del Espíritu, ni tres sarabaítas pueden sentirse llamados a sustituir a la Santísima Trinidad.

A menudo tenemos la tentación de ir redactando la regla que rija nuestra vida, guiados sólo por nuestro deseo, y resistiendo a la voluntad de Dios, a quien hemos venido a servir. Todos, en un momento u otro del camino monástico, tenemos la tentación de ser giróvagos o sarabaítas; a todos nos impulsa el diablo a querer imponer nuestro deseo por encima del de Dios y del que nos señala la Regla, y acabamos por demostrar que nuestra tonsura es una mentira delante de Dios. No hay otra guía que el Evangelio, y la Regla es la que recoge la experiencia de nuestro maestro san Benito en el camino del aprendizaje evangélico.

La Regla nos presenta para el camino unos elementos fundamentales: primero, el monasterio, como el lugar material y espiritual para encontrar aquellos que los giróvagos buscan sin alcanzar nunca; segundo, la milicia que comporta un combate dirigido contra el diablo que nos quiere impulsar a hacer nuestra voluntad; y tercero, una Regla orientada a seguir la enseñanza de la Escritura, que es fruto de una sana tradición, una ley para alcanzar nuestra verdadera libertad.

Decía san Pablo VI a los monjes benedictinos, el año 1966: como verdaderos hijos y seguidores de san Benito seguid confiadamente y con constancia el camino que habéis empezado, sabiendo bien hacia donde os lleva, las dificultades que presenta y su belleza. Vuestra Regla respira una sabiduría que no envejece con los años” (30 Septiembre 1966)

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 19 de junio de 2021

CAPÍTULO 71 QUE SE OBEDEZCAN LOS UNOS A LOS OTROS

 

CAPÍTULO  71

QUE SE OBEDEZCAN LOS  UNOS A LOS  OTROS

El bien de la obediencia no sólo han de prestarlo todos a la persona del abad, porque también han de obedecerse los hermanos unos a otros, 2 seguros de que por este camino de la obediencia llegarán a Dios. 3 Tienen preferencia los mandatos del abad o de los prepósitos por él constituidos, mandatos a los cuales no permitimos que se antepongan otras órdenes particulares; 4 por lo demás, obedezcan todos los inferiores a los mayores con toda caridad y empeño. 5 Si alguno es un porfiador, sea castigado. 6 Cuando un hermano es reprendido de la manera que sea por el abad o por cualquiera de sus mayores por una razón cualquiera, aun mínima, 7 o advierte que el ánimo de alguno de ellos está ligeramente irritado contra él o desazonado aunque sea levemente, 8 al instante y sin demora irá a postrarse a sus pies y permanecerá echado en tierra ante él dándole satisfacción, hasta que con una palabra de bendición le demuestre que a se ha pasado su enojo. 9 Y, si alguien se niega a hacerlo, será sometido a un castigo corporal; si se muestra contumaz, será expulsado del monasterio.

Este bien de la obediencia es vertical y horizontal. San Benito nos invita a practicarlo obedeciendo al abad y a los decanos, pero también a los hermanos, en una obediencia mutua. Se trata de priorizar aquellos mandamientos que hacen referencia a la comunidad, sabiendo que de esta forma obedecemos al Señor.

La misma estructura y contenido de este capítulo no es fácil, pues san Benito nos habla de rebeldes, de castigos y correcciones, dar satisfacción e incluso de expulsión.

Escribía Jean Leclercq que el hombre perfecto está de tal manera identificado con Dios que no desea otra cosa que hacer su voluntad, y que de esta forma la voluntad propia llega a estar de manera natural tan inclinada a desear hacer la voluntad del Señor que se fusionan en una sola.

La obediencia no es por si misma una cosa buena, pues podemos optar por obedecer a Dios, pero podemos optar por obedecer la propia voluntad, nuestro capricho, e incluso al mundo o al diablo. La obediencia es tan solo un instrumento de perfección en tanto que se une a la voluntad de Dios. De aquí que san Benito no habla de la obediencia a una persona sino de una obediencia según la Regla.

Tenemos un primer ejemplo claro, que aparece cada día en nuestra jornada. Cuando sentimos la campana que nos invita a levantarnos, a acudir a la plegaria, o a empezar o acabar el trabajo, obedecemos, o deberíamos de obedecer, levantarnos, acudir al Oficio  Divino, o comenzar o acabar nuestra tarea, lo cual es un claro ejemplo de poner por encima de todo la voluntad de Dios sobre la nuestra. Pues siempre tenemos la tentación de seguir con lo nuestro: durmiendo, acabar el trabajo…

A menudo esta obediencia no nos exige grandes gestas, sino pequeños gestos que van conformando nuestra voluntad con la del Señor. Siempre nos puede asaltar la tentación de pensar que ni las órdenes del superior, ni de los decanos, ni menos las de nuestros hermanos son reflejo de la voluntad de Dios. Pero no se trata de una lucha entre voluntades personales, sino de la imposición de la voluntad de Dios sobre la nuestra. personal.

Escribe el Prior de la Gran Cartuja, Dysmas de Lassus, que la obediencia es la piedra clave de la vida religiosa, y esto queda claro en el voto de obediencia que no debe ser una escenificación sin sentido, una simple formalidad, sino el reconocimiento implícito que la obediencia es a Dios. Solamente a Él debemos una obediencia total, tanto de nuestra voluntad como de nuestra inteligencia, porque solo Él es la bondad y la verdad absoluta.

Toda obediencia a un hombre está limitada por esta premisa, y sin ésta el concepto de obediencia pierde su sentido. Escribe Dysmas que la sumisión de la voluntad que implica la obediencia se refiere siempre a una acción y nunca al pensamiento.

Nos da un ejemplo muy claro: imaginemos que un superior manda a un monje retirar unas sillas, porque cree que va a llover, el monje retira las sillas en virtud de la obediencia, pero eso no implica que esto le lleve a creer necesariamente que mañana lloverá….

Una anécdota, evidente, pero que nos muestra que el voto de obediencia hace referencia a nuestra voluntad y no a la inteligencia. Porque, en definitiva, todos estamos comprometidos en la obediencia a los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, reflejados en su Magisterio.

La obediencia de los unos a los otros es la obediencia en las pequeñas cosas de cada día: trabajo, oratorio, refectorio… No existe un hermano al servicio de otro, sino todos estamos al servicio de todos. Esto a veces nos cuesta, entenderlo y vivirlo: reclamar algo del servidor de mesa… reclamando la máxima diligencia o haciendo acepción de personas. Detalles que ponen de relieve el nivel de nuestra vida espiritual.

San Benito antes estas faltas, nos dice, es preciso estar atentos a que el ánimo del otro no esté irritado o disgustado. Entonces, necesitamos dar “satisfacción”. Esta expresión parece ya un poco abandonada en nuestro vocabulario monástico, en desuso como un resto arqueológico. Ciertamente, hemos abandonado gestos habituales que tenían su importancia. Pero haber abandonado una cierta ritualidad no debe implicar perder la noción de que con nuestra actitud, con nuestros gestos y nuestras palabras, podemos irritar, disgustar, enojar a otros. Y si, encima, lo hacemos conscientemente, perdemos nuestro horizonte de monjes buscadores de Dios, y nos creemos por encima de nuestros hermanos, y estamos contra el espíritu de la Regla. Por esto san Benito habla de castigo y expulsión, pues el menosprecio de un hermano es un menosprecio del mismo Cristo.

Como nos enseña san Cipriano: “la voluntad de Dios es la que Cristo va cumplir y nos enseñó: la humildad en el comportamiento, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en el obrar, la misericordia en las obras, no hacer ningún agravio a los demás, conservar la paz con nuestros hermanos” (Trat. Sobre la Oración del Señor)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 13 de junio de 2021

CAPÍTULO 64 LA INSTITUCIÓN DEL ABAD

 

CAPÍTULO 64

LA INSTITUCIÓN DEL ABAD

En la ordenación del abad siempre ha de seguirse como norma que sea instituido aquel a quien toda la comunidad unánimemente elija inspirada por el temor de Dios, o bien una parte de la comunidad, aunque pequeña, pero con un criterio más recto. 2 La elección se hará teniendo en cuenta los méritos de vida y la prudencia de doctrina del que ha de ser instituido, aunque  sea el último por su precedencia en el orden de la comunidad. 3 Pero, aun siendo toda la comunidad unánime en elegir a una persona cómplice de sus desórdenes, Dios no lo permita, 4 cuando esos desórdenes lleguen de alguna manera a conocimiento del obispo a cuya diócesis pertenece el monasterio, o de los abades, o de los cristianos del contorno, 5 impidan que prevalezca la conspiración de los mal intencionados e instituyan en la casa de Dios un administrador digno, 6 seguros de que recibirán por ello una buena recompensa, si es que lo hacen desinteresadamente y por celo de Dios; así como, al contrario, cometerían un pecado si son negligentes en hacerlo. 7 El abad que ha sido instituido como tal ha de pensar siempre en la carga que sobre sí le han puesto y a quién ha de rendir cuentas de su administración; 8 y sepa que más le corresponde servir que presidir. 9 Es menester, por tanto, que conozca perfectamente la ley divina, para que sepa y tenga dónde sacar cosas nuevas y viejas; que sea desinteresado, sobrio, misericordioso, 10 y «haga prevalecer siempre la misericordia sobre el rigor de la justicia», para que a él le traten la misma manera. 11 Aborrezca los vicios, pero ame a los hermanos. 12 Incluso, cuando tenga que corregir algo, proceda con prudencia y no sea extremoso en nada, no sea que, por querer raer demasiado la herrumbre, rompa la vasija. 13 No pierda nunca de vista su propia fragilidad y recuerde que no debe quebrar la caña hendida. 14 Con esto no queremos decir que deje crecer los vicios, sino que los extirpe con prudencia y amor, para que vea lo más conveniente para cada uno, como ya hemos dicho. 15 Y procure ser más amado que temido. 16 No sea agitado ni inquieto, no sea inmoderado ni tercer no sea envidioso ni suspicaz, porque nunca estará en paz. 17 Sea previsor y circunspecto en las órdenes que deba dar, y, tanto cuando se relacione con las cosas divinas como con los asuntos seculares, tome sus decisiones con discernimiento y moderación, 18 pensando en la discreción de Jacob cuando decía: «Si fatigo a mis rebaños sacándoles de su paso, morirán en un día». 19 Recogiendo, pues, estos testimonios y otros que nos recomiendan la discreción, madre de las virtudes, ponga moderación en todo, de manera que los fuertes deseen aun más y los débiles no se desanimen. 20 Y por encima de todo ha de observar esta regla en todos sus puntos, 21 para que, después de haber llevado bien su administración, pueda escuchar al Señor lo mismo que el siervo fiel por haber suministrado a sus horas el trigo para sus compañeros de servicio: 22 «Os aseguro que le confiará la administración de todos sus bienes».

Cuando san Benito escribe la Regla la elección de obispos era diferente de hoy día, los fieles o presbíteros proponían un nombre, como vemos, por ejemplo, en san Ambrosio. En los monasterios había diversas maneras, según el lugar y como había estado fundado el monasterio. Había casos en que el abad designaba a su sucesor, en otros lo hacía el obispo o algún abad como padre inmediato; en otros casos, era el propietario del monasterio, una fórmula cercana al vasallaje medieval, y en pocas ocasiones era la comunidad quién lo elegía. Así que el planteamiento de san Benito es innovador. Es fácil hacer un paralelismo con los sistemas políticos actuales, pero no es trata de esto, porque lo que plantea san Benito, como en la elección de los obispos, en los primeros siglos de la historia de la Iglesia, es que no hay candidatos previos, ni programas de gobierno, ni menos, grupos organizados detrás de un supuesto candidato.

Hace años leí dos obras de un antiguo monje, Narciso Xifra. En la primera hacía una referencia a la guerra civil, y allí donde el lector podía imaginar encontrar un relato marcado por el dolor de las circunstancias históricas, trágicas para la Iglesia, encontré sobre todo, una amargura por una comunidad dividida, y la preocupación de que algunos monjes se habían preocupado más de su futuro, que del bien por sus hermanos.

Pero Narciso tiene otra obra como una especie de memorias de su vida de monje, y es en ésta donde la trama de la narración es como un reducido grupo de monjes actúan mal para llegar a controlar el monasterio, que el autor sintetiza en una frase que les había escuchado: “Ay comunidad, cuando caigas en nuestras manos”. Y efectivamente, cayó, y años después les cayó de las manos. Un relato parcial, pero con un fondo de verdad. Es bien cierto lo que decía el abad Mauro: “Donde hay hombres, hay humanidad”.

Parece que la idea de san Benito de la institución y misión del abad no va por estos caminos; que posiblemente ha existido en algún momento, pues leemos que el abad ha de pensar siempre que ha aceptado una carga, que no debe perder nunca de vista su debilidad, y sobre todo, de mantener en todos sus puntos la Regla, sin olvidar que debe un día dar cuenta de su administración. Una carga sobre las espaldas de hombres y mujeres débiles, que tienen como hoja de ruta la misma Regla, y como juez y patrón al mismo Señor.

Partiendo de estas `premisas la turbulencia, preocupación o suspicacia no estarán nunca lejos del ánimo del abad, y que éste debe luchar por mantener su paz, que no puede venir sino del Señor, del contacto con su Palabra, de una plegaria personal y comunitaria. Cuando uno escucha la voz de un monje que ha tenido grandes responsabilidades y está en el tramo final de su vida, es frecuente escuchar un relato autocrítico con un cierto punto de amargura.

Todos procuramos hacer lo mejor posible; a menudo la manera de actuar no siempre es la más acertada y comprendida por todos, pues no es siempre fácil tomar ciertas decisiones difíciles o dolorosas. La vida de un monje, como la de un cristiano, no es un camino fácil, y evidentemente, tampoco lo es para un abad o abadesa. Aquí san Benito nos vendría a decir, que, si para todos, el camino al principio es estrecho, para los superiores es todavía más estrecho, y no deja nunca de serlo.

Todo desearíamos que todo fuese muy bien y ante las dificultades es fácil personalizar. El abad o la abadesa son, realmente, responsables, tanto que parece difícil ser merecedores de la misericordia divina, aquella de la que no debemos desesperar. Pero esto no debe llevarnos a huir de nuestra responsabilidad personal delante de Dios y de la comunidad.

Escribe Aquinata Bockmann que este capítulo transpira el espíritu del evangelio y el del canto del Siervo sufriente. Pero, a la vez, muestra un desarrollo, una profundidad de la personalidad de san Benito, porque se aleja de la Regla del Maestro, más pragmática, y se acerca a la de san Agustín, más espiritual.

Seguramente, el mismo san Benito había hecho la experiencia de sus propios límites, de su debilidad; hacía memoria y tenía conciencia de haber roto más de una caña escuálida, incluso de haber conocido comunidades donde se había instalado el desorden y la conspiración de los malos. Pero, delante de Dios no hay bueno ni malos, son categorías nuestras; delante de Dios solamente se contempla quien acoge y quien rechaza su misericordia, quien deja crecer los vicios y quien lucha por mantener en todos los puntos esta Regla.

Como escribía el abad Sighard Kleiner, el abad ocupando el lugar de Cristo, no es Cristo, y a veces parece evidente no olvidarlo.

 

 

 

 

domingo, 6 de junio de 2021

CAPÍTULO 57 LOS ARTESANOS DEL MONASTERIO

 

CAPÍTULO 57

LOS ARTESANOS DEL MONASTERIO

Si hay artesanos en el monasterio, que trabajen en su oficio con toda humildad, si el abad se lo permite. 2 Pero el que se envanezca de su habilidad por creer que aporta alguna utilidad al monasterio, 3 sea privado del ejercicio de su trabajo y no vuelva a realizarlo, a no ser que, después de haberse humillado, se lo ordene el abad. 4 Si hay que vender las obras de estos artesanos, procuren no cometer fraude aquellos que hayan de hacer la venta. 5 Recuerden siempre a Ananías y Safira, no vaya a suceder que la muerte que aquellos padecieron en sus cuerpos, 6 la sufran en sus almas ellos y todos los que cometieren algún fraude con los bienes del monasterio. 7 Al fijar los precios no se infiltre el vicio de la avaricia, 8 antes véndase siempre un poco más barato que lo que puedan hacerlo los seglares, 9 «para que en todo sea Dios glorificado».

Siempre, para san Benito la referencia es la Escritura, fundamento para escribir la Regla, y manual de la vida diaria. Por eso, se entiende la referencia a Ananías y Safira, como un aviso para los artesanos del monasterio ante la tentación de cometer un fraude.

La tentación de un fraude no es, para san Benito, la única ni la más importante tentación, pues corremos el riesgo de ejercer un oficio sin humildad, tocados por el orgullo, ante lo cual, san Benito es más radical pidiendo que sea apartado del oficio, y que no se reintegren hasta que no se humillen.

La relación vida monástica y engranaje económico no es nueva; ha existido desde el momento en que nace el monaquismo, ya que los monjes deben tener un medio de vida y san Benito desea que esto venga del propio esfuerzo. Cada comunidad, por su composición, ubicación o estructura del monasterio lo afronta de diversa manera. Hay un elemento común como es la hospedería, pues acoger al forastero es una de las actividades básicas de toda comunidad monástica, así como las que tienen que ver con nuestra vida diaria, como la cocina, lavandería, enfermería o administración. Otras pueden depender del lugar donde transcurre la vida de los monjes.

En el contexto de la vida monástica la tarea de los artesanos, el trabajo de la comunidad, no es algo menor. Un artesano no es aquel que emplea su tiempo en una actividad para ocupar un tiempo. Debe tener presente siempre el gasto que genera su actividad y los ingresos que aporta. No hay un verdadero artesano sin unos beneficios, vigilando de no caer en el mal de la avaricia.

También existe en el monasterio el artesano que ejerce su servicio de modo que con su trabajo evita un gasto externo, sea la cocina, sea la lavandería, o cuidando a los hermanos, jardinería, e incluso limpieza… Pues todo esto supone un ahorro. En este sentido, nos podemos sentir satisfechos al no tener necesidad de recurrir a una ayuda exterior.

En nuestro caso, no siendo único, es un caso singular. Pues querer mantener esta casa con una actividad artesanal es algo utópico, pues sería querer mantener una vida monástica en un conjunto declarado Patrimonio Mundial, cargado de historia y necesitado de cuidados y reparaciones de alto coste. Esto es algo muy vivo, muy patente, sobre todo en tiempos difíciles como estos que estamos viviendo. Sin duda, nuestra vida sería muy diferente en otro monasterio más funcional, donde el mantenimiento no exigiera tanta actividad laboral o económica. Pero Dios nos ha llamado a vivir aquí, donde la responsabilidad y el compromiso viene a ser como una especie de cuarto voto monástico.

Pero lo que debe ocuparnos más la lectura de este capítulo es su dimensión espiritual. San Benito parte de la humildad y del orgullo, del fraude y de la avaricia, muy consciente que, cuando entramos en contacto con las cosas mundanas, nuestra alma corre peligro, lo cual no quiere decir que las obviemos, sino que no olvidemos que somos monjes, y que la humildad y el espíritu de servicio, guíen también esta parte de nuestra vida.

El orgullo, en este caso, para san Benito consistiría en creer que nuestra tarea comunitaria aporta algo al monasterio. Pues el monje, antes que nada, es un receptor. Venimos al monasterio para un camino de salvación y de gracia, y si empezamos a imaginar que aportamos algo al monasterio, se puede correr el riesgo de recibir, a cambio, un trato de favor, alejándose de su condición de monje y perdiendo el rumbo de su vocación.

San Benito insinúa dos indicios para saber si caemos o no en este peligro. En primer lugar, si nos creemos indispensables, y un cambio de actividad nos pone en crisis. Y, en segundo lugar, la avaricia, el deseo de ganar más, lo que podría ser, como sugiere Dom Guillermo abad de Mont-des-Cats, caer en una especie de chantaje, de que si la comunidad no accede a mis pretensiones dejó de servirla. Entonces, dice Dom Guillermo, se puede producir una cierta acepción de personas, e instalarnos en una especie de jerarquía que no se corresponde con las responsabilidades reales, y llegamos a creernos más importantes que los demás, y con derecho a hacer o tener cosas que no nos corresponde hacer o tener. A veces, se puede caer en esta trampa de manera inconsciente, por lo que conviene estar vigilantes para evitar la tentación.

Siempre, en todo momento y toda actividad, debemos tener presente la última frase de este capítulo: la glorificación de Dios, es siempre nuestro objetivo, el sentido de cualquier acción que podemos emprender.