domingo, 15 de octubre de 2023

CAPÍTULO 7, 51-54

 

CAPÍTULO 7, 51-54

LA HUMILDAD

 

El séptimo grado de humildad es que, no contento con reconocerse de palabra como el último y más despreciable de todos, lo crea también así en el fondo de su corazón, 52humillándose y diciendo como el profeta: «Yo soy un gusano, no un hombre; la vergüenza de la gente, el desprecio del pueblo». 53«Me he ensalzado, y por eso me veo humillado y abatido». 54Y también: «Bien me está que me hayas humillado, para que aprenda tus justísimos preceptos.

Para llegar a creernos que somos el último y el más vil de todos debemos subir los siete grados de esta escala. Si no los hemos subido bien, con toda seguridad que seremos humildes solo con la lengua, pero no llegaremos a aprender la voluntad del Señor.

Hacer la voluntad de Dios

Para llegar a la mitad de la escala es preciso no olvidar el mandato de Dios de huir del pecado y vicio, sobre todo de la murmuración, y no hacer mi voluntad. Los dos primeros grados se centran en este tema de la voluntad, sin lo cual se tambaleará nuestra vocación, al no estar apoyada en la roca firme, lo cual viene a suceder con las primeras dificultades de la vida comunitaria. Cuando se llega a esta situación somos nosotros los primeros en sufrir el daño espiritual.

La práctica de la obediencia en las dificultades y contradicciones

Si hemos subido los dos primeros grados, y si no hemos caído en la murmuración, san Benito nos propone subir otros dos grados, apoyados en la obediencia.

Pensamos muchas veces que obedeciendo renunciamos a nuestra voluntad, a nuestra libertad, y es más bien lo contrario. Es haciendo la voluntad de Dios cuando somos realmente libres, pues nos liberamos de todo aquello que nos condiciona y limita, y nos predispone a hacer la voluntad de Dios, que es a quien venimos a buscar en el monasterio.

La paciencia

Esta es un buen baremo para mostrar nuestra obediencia a Dios. Una de las tentaciones que nos asedian es la impaciencia. Impaciencia ante los demás, cuando toca hacer algo que no nos place. San Benito nos dice que participamos de los sufrimientos de Cristo mediante el ejercicio de la paciencia; esto nos puede hacer pensar que es una manera leve de compartir los sufrimientos de Cristo en su Pasión. Pero esto quizás no esté tan lejano, pues muchas veces vivimos como verdaderos latigazos cualquier contrariedad a nuestra voluntad. Siempre es el momento para considerar el momento como golpe a nuestra libertad cuando se da una corrección.

Y cuando esto nos pasa por la mente es que no vamos bien. Cuando ponemos nuestra voluntad por delante de la voluntad de Dios es que la obediencia la tenemos oída pero no escuchada, y menos practicada, y ante las dificultades, contradicciones o injusticias huimos de la paciencia, y hacemos otra cosa diferente de lo que nos sugiere la Regla. Y ya ni digamos cuando se trata de poner la otra mejilla, ceder el manto o caminar el doble de lo que se nos pide.

Contentarse

San Benito pide al monje, en el sexto grado, de contentarse, lo cual no es fácil. Hay un punto en el cual no deberíamos de contentarnos nunca y que es el grado de humildad, de obediencia y de paciencia que hayamos alcanzado. Debemos tener el deseo de avanzar más.

San Benito nos dice que nos consideremos operarios inhábiles e indignos por el hecho de poder avanzar en la humildad, lo cual no llevará a contentarnos y considerar que lo que recibimos es siempre un regalo del cual no somos merecedores; el Señor nos lo da para que hagamos fructificar nuestra vocación con los talentos de la obediencia y paciencia.

Pacientes, obedientes, contentados, confiados en la voluntad del Señor, es lo que nos permitirá alcanzar la humildad de corazón de la cual habla san Benito en este séptimo grado.

Escribe san Bernardo:

“¡Qué preciosa es la humildad! La misma soberbia procura revestirse de ella para no envilecerse. Pero este subterfugio es descubierto pronto por el superior si no se ablanda fácilmente delante de esta soberbia humildad, disimulando la culpa o difiriendo el castigo. El fuego prueba la obra del alfarero, la tribulación selecciona los auténticos penitentes. El que hace penitencia de verdad, no aborrece el trabajo de la penitencia, acepta con paciencia y sin la menor queja cualquier orden que le impongan para reparar una culpa que detesta. Y si en la misma obediencia surgen conflictos duros y contrarios, si tropieza con una clase cualquiera de injurias, aguanta sin desfallecer. Así manifiesta que vive el cuarto grado de humildad.

En cambio, el que se acusa con fingimiento puesto a prueba por una injuria, incluso insignificante o por un pequeño castigo, se siente incapaz de aparentar humildad y disimular el fingimiento. Murmura, se enfurece, le invade la ira y no da ninguna señal de hallarse en ese cuarto grado. Mas bien pone de manifiesta su situación en el noveno grado de la soberbia que, según lo descrito, puede ser denominado, en sentido pleno, confesión fingida. ¡Qué confusión tan enorme hierve en el corazón del soberbio! Cuando se descubre el fraude pierde la paz, se marchita su reputación y, mientras tanto, queda intacta la culpa”  (Grados de la humildad y la soberbia, 47,1-2)

domingo, 8 de octubre de 2023

CAPÍTULO 7, 1-9 LA HUMILDAD

 

CAPÍTULO 7, 1-9

LA HUMILDAD

 

La divina Escritura, hermanos, nos dice a gritos: «Todo el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado». 2Con estas palabras nos muestra que toda exaltación de sí mismo es una forma de soberbia.3El profeta nos indica que él la evitaba cuando no dice: «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad». 4Pero ¿qué pasará «si no he sentido humildemente de mí mismo, si se ha ensoberbecido mi alma? Tratarás a mi alma como al niño recién destetado, que está penando en los brazos de su madre». 5Por tanto, hermanos, si es que deseamos ascender velozmente a la cumbre de la más alta humildad y queremos llegar a la exaltación celestial a la que se sube a través de la humildad en la vida presente, 6hemos de levantar con los escalones de nuestras obras aquella misma escala que se le apareció en sueños a Jacob, sobre la cual contempló a los ángeles que bajaban y subían. 7Indudablemente, a nuestro entender, no significa otra cosa ese bajar y subir sino que por la altivez se baja y por la humildad se sube. 8La escala erigida representa nuestra vida en este mundo. Pues, cuando el corazón se abaja, el Señor lo levanta hasta el cielo. 9Los dos largueros de esta escala son nuestro cuerpo y nuestra alma, en los cuales la vocación divina ha hecho encajar los diversos peldaños de la humildad y de la observancia para subir por ellos.

 

La idea de una escala a recorrer, a subir a lo largo de nuestra vida, tiene una raíz bíblica.

Jacob, en camino a Mesopotamia, marchó solo. Un atardecer se durmió rendido por el cansancio y soñando vio una escala que desde la tierra llegaba al cielo, y por la que los ángeles subían y bajaban (Gen 28,12). Una comunicación entre el cielo y la tierra que santifica el lugar donde reposa Jacob: “Realmente, el Señor está presente en este lugar, y yo no lo sabía. Y lleno de temor exclamó: ¡qué venerable este lugar! Es la casa de Dios y la puerta del cielo” (Gen 28,16-17)

San Juan Clímaco en su “Escala espiritual” resalta la misma idea. No es extraño que san Benito primero y san Bernardo después, recojan esta figura y hablen de una escala de perfección como camino para subir por la humildad o bajar por la soberbia. Así mismo san Basilio habla de una escala de perfeccionamiento de diez escalones, y también el abad Juan del Monte Sinaí que titula su reflexión “Escala santa”.

Detrás de todas esta reflexiones está siempre el ejemplo y modelo de Cristo, que como dice san Pablo: “se rebajó, haciéndose obediente hasta aceptar la muerte y una muerte de Cruz”… (Filp 2). Aceptar la muerte Él que es la vida, y puerta para la vida eterna. La idea de una escala y la idea de la humildad van unidas en la reflexión de muchos Padres. 

Esta escala de doce peldaños que san Benito nos propone de subir, podemos considerarlo imposible y renunciar por pereza o por creer que no lo necesitamos. Como escribe el monje Daniel sobre san Juan Clímaco: “la soberbia y la arrogancia de la humana filosofía suelen apartar de la humildad y de la sujeción a Cristo” (Vida de s. Juan Clímaco 2)

La soberbia, el orgullo, que podemos contemplar como una adolescencia espiritual, es algo que debe estar superado cuando nos llama el Señor, porque la humildad, como escribe Sor Michaela Puzicha forma parte fundamental del significado de la misma vida monástica. Debemos ser capaces de anteponer el sentimiento de responsabilidad a nuestro propio gusto personal, y saber aceptar la frustración que nos puede nacer ante una situación que nos contradice con fuerza en nuestras expectativas o deseos personales.

Es conveniente hacer el esfuerzo de subir esta escala, pues como escribe san Gregorio la humildad y el orgullo son los signos distintivos del reino de Dios y del diablo respectivamente; Cristo es el rey de los humildes, el diablo reina sobre los orgullosos (cfr Moralia in Job). Nada hay tan peligroso en la vida monástica como el orgullo, considerado como el vicio por excelencia, solo la humildad nos puede llevar a Dios.

San Juan Clímaco escribe: “Aquel que renuncia al mundo movido por un sentimiento de temor es semejante al incienso que se quema: el principio hace buen olor, pero acaba por transformarse en humo. Aquel que renuncia al mundo con la esperanza de recompensa se semeja a la piedra de molino que muela siempre de la misma manera. Pero aquel que renuncia al mundo por amor de Dios adquiere desde el principio el fuego interior, y este fuego, como si estuviera en medio de un bosque, se transforma en un gran incendio. Algunos construyen piedras sobre ladrillos, otros, sobre la tierra levantan columnas, otros caminan lentamente durante un tiempo, luego, cuando se calientan sus músculos y articulaciones, aceleran el paso. Quien posee inteligencia comprenderá este discurso simbólico. Los primeros, los que asientan piedras sobre ladrillos son los que a partir de excelentes obras de virtud se levantan a la contemplación de las cosas divinas, no obstante, al no estar apoyados en la humildad y la paciencia desfallecen ante la tempestad. Los segundos, que levantan columnas sobre la tierra, son los que, sin haber pasado por ejercicios y trabajos de la vida monástica, quieren “volar” a la vida solitaria, siendo presa fácil de enemigos invisibles por deficiencia de virtud y de experiencia. Los terceros, son los avanzan paso a paso, los que caminan con humildad y obediencia. A esto el Señor les infunde el espíritu de caridad, mediante el cual se encienden y son impulsados hasta acabar positivamente su camino (Escala espiritual, Primer grado 26-27)

La humildad no puede desentenderse de la caridad, porque el amor de Cristo debe dominar todos los demás sentimientos que pueden ejercer influencia sobre nosotros. Si amamos a Cristo por encima de todo, también amaremos a los hermanos de manera fraterna, y, lejos de cualquier rasgo diabólico, lo manifestaremos con humildad. Si no lo hacemos así, el demonio del orgullo jugará su partida y nos llevará a su reino, un reino que aparece agradable, pero que, en definitiva, al final, será un infierno.

Podríamos decir que no nacemos humildes, que tenemos ir aprendiendo y viviendo esta humildad, que no es una mera tendencia natural. Podríamos decir: “no soy humilde como querría, sino orgulloso como no querría”, parafraseando al Apóstol cuando dice: “no hago el bien que quiero, sin el mal que no quiero” (Rom 7,19) porque con la humildad hacemos el bien y con el orgullo el mal. Solo podremos avanzar en este camino subiendo con deseo y paso seguro esta escala de la humildad, que nos lleva a Dios con rumbo seguro. Solamente de este modo nos configuraremos con Cristo, que se abajó para ser modelos de obediencia a Dios, y pertenecer a su reino. 

domingo, 17 de septiembre de 2023

CAPÍTULO 66, LOS PORTEROS DEL MONASTERIO

 

CAPÍTULO 66

LOS PORTEROS DEL MONASTERIO

 

Póngase a la puerta del monasterio un monje de edad y discreto, que sepa recibir un recado y transmitirlo, y cuya madurez no le permita andar desocupado. 2 Este portero ha de tener su celda junto a la puerta, para que cuantos lleguen al monasterio se encuentren siempre con alguien que les conteste, 3 en cuanto llame alguno o se escuche la voz de un pobre, responda Deo gratias o Benedic. 4 Y, con toda la delicadeza que inspira el temor de Dios, cumpla prontamente el encargo con ardiente caridad. 5 Si necesita alguien que le ayude, asígnenle un hermano más joven. 6 Si es posible, el monasterio ha de construirse en un lugar que tenga todo lo necesario, es decir, agua, molino, huerto y los diversos oficios que se ejercitarán dentro de su recinto, 7 para que los monjes no tengan necesidad de andar por fuera, pues en modo alguno les conviene a sus almas. 8 Y queremos que esta regla se lea muchas veces en comunidad, para que ningún hermano pueda alegar que la ignora.

 

San Benito nos define la persona y función del portero. El portero es la primera imagen del monasterio para quien llama a la puerta, y también, en cierta manera, un protector de la clausura.

Escribía Dom Innocent le Masson, cartujo, que en el entorno de una cartuja hay tres centros que protegen la clausura; el desierto, o el espacio donde está situado el monasterio lejos del mundo; la muralla que circunda y cierra y la misma celda de cada monje.

En nuestro caso la clausura no es tan estricta, pero sí tenemos los dos primeros círculos. El monasterio separado de un núcleo urbano y con tres murallas que le rodean. En el segundo círculo está la figura del monje portero, que acoge a los forasteros o que tiene como misión preservar la intimidad de los monjes.

Pero al panorama ha cambiado, pues el número de visitas he disminuido considerablemente, y las llamadas telefónicas no se hacen desde la portería. Es un reflejo de que en nuestra sociedad ha desaparecido aquel concepto de visitar las casas, y se ha sustituido por otra dinámica de relaciones interpersonales. Quizás habría que decir hoy: “No vayáis por las redes sociales”, en lugar de decir: “no vayáis por las casas”.

Hoy no es tan importante el papel del portero, pero sigue siendo una imagen del monasterio. El portero debe tener presente su función de acogida y a la vez de guardián de la paz y del retiro de los monjes. También los nuevos medios de intercomunicación personal puede ser un riesgo para la clausura del monasterio. Hay un punto importante hoy: podemos correr el riesgo de perder la paz, y es el carácter de inmediatez que los nuevos canales de comunicación parecen imponer. Incluso, a veces, hombres de Iglesia deberían ser más conscientes de cómo se estructura nuestra vida, cuando no se responde de manera inmediata a una llamada. Por esto, es por lo que san Benito establece que en el monasterio se tengan todas las cosas necesarias, y los monjes no tengan necesidad de correr por fuera, pues no conviene a nuestras almas. Un exceso o banalización de las comunicaciones viene a ser este correr por fuera del que nos habla san Benito, y que puede ser peligroso para el monje, o también para la vida comunitaria.

Por un lado, no desatender lo que llama al monasterio, pero, por otro lado. priorizar el centro de nuestra vida: la búsqueda de Dios mediante la plegaria personal y comunitaria. El contacto con la Palabra de Dios, el trabajo… No debemos supeditar nuestra presencia en el Oficio Divino a una llamada o una visita, y en este sentido tiene el portero también la misión de ser un filtro pertinente, pero sin olvidar que hace un servicio en nombre de una comunidad.

En otro ámbito, más grave, hace unos días me pasaban la intervención o discurso del Fiscal General del Estado en el acto de inauguración del año judicial. En su intervención decía: la Fiscalía General del Estado ha asumido el compromiso institucional de ofrecer una respuesta a las víctimas de una realidad de incuestionable gravedad: los delitos contra la libertad sexual cometidos contra menores en contextos religiosos, los abusos en el seno de la Iglesia… La Memoria explora algunas posibilidades, la solicitud de responsabilidad civil subsidiaria de la institución religiosa en la que han tenido lugar los hechos delictivos, valorar la extensión de la acusación a las eventuales conductas encubridoras, la solicitud, en todo caso, de la inhabilitación profesional del acusado para ejercer cualquier  actividad relacionada con menores, la necesaria integración de los daños morales y las lesiones psíquicas sufridas en el concepto de “responsabilidad civil subsidiaria”, es traducible en nuestro caso a que cada uno de nosotros, en nuestros actos, somos imagen del monasterio, que el responsable, más allá de la persona física es la institución, en nuestro caso la comunidad. Por ello es bueno asumir esto en las pequeñas cosas de cada día.

Éste era el último capítulo de la Regla en una primera redacción. Y san Benito nos dice: “queremos que esta Regla se lea a menudo en la comunidad, para que nadie pueda alegar ignorancia”. Se lee la Regla cuatro veces al año, y a menudo estamos más pendientes de los fallos del abad, prior, mayordomo, servidores… que aprovechar la lectura para crecer en una espiritualidad más profunda.

Si hay un texto, aparte del Evangelio, que nos interpele con más frecuencia e intensidad, no es otro que la Regla, que, de hecho, se fundamenta también en la Escritura. Tenemos en este texto, pues, el manual para la nuestra vida comunitaria, y la concreción de los temas a vivir para seguir a Cristo.

Que hago tarde al Oficio, que no actúo con la dulzura del temor de Dios, que hablo en el coro, o refectorio… no cumplo lo que dice san Benito tantas veces a lo largo de la Regla.

La Regla que, quizás por ser sentida, más que escuchada, no puede resultar excesivamente conocida, hasta el punto de no prestarle la atención debida como norma rectísima de vida humana y honestidad de costumbres. Prestemos, pues, atención a esta mínima Regla que san Benito redactó como un comienzo de vida monástica, venciendo nuestra pereza, nuestra tendencia a vivir con negligencia nuestra vocación monástica.

domingo, 10 de septiembre de 2023

CAPÍTULO 59, LA OBLACIÓN DE LOS HIJOS DE NOBLES O DE POBRES

 

CAPÍTULO 59

LA OBLACIÓN DE LOS HIJOS DE NOBLES O DE POBRES

Cuando algún noble ofrezca su hijo a Dios en el monasterio, si el niño es aún pequeño, hagan sus padres el documento del que hablamos anteriormente, 2 y, junto con la ofrenda eucarística, envolverán con el mantel del altar ese documento y la mano del niño; de este modo le ofrecerán. 3 En cuanto a sus bienes, prometan bajo juramento en el documento escrito que ni por sí mismos, ni por un procurador, ni de ninguna otra manera han de darle jamás algo, ni facilitarle la ocasión de poseer un día cosa alguna. 4 O, si no desean proceder así y quieren ofrecer algo al monasterio como limosna en compensación, 5 hagan donación de los bienes que quieren ceder al monasterio, reservándose, si lo desean, el usufructo. 6 Porque, de esta manera, se le cierran todos los caminos, al niño no le queda ya esperanza alguna de poseer algo que pueda seducirle y perderle, Dios no lo quiera; porque así lo enseña la experiencia.7 Los que sean de condición más pobre procederán de la misma manera. 8 Per los que no poseen nada absolutamente escribir n simplemente el documento y ofrezcan su hijo a Dios con la ofrenda eucarística en presencia de testigos.

 Jesús dijo: “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios” (Mt 19, 24).

San Benito comparte esta idea, y por ello si un hijo de un noble es ofrecido al monasterio, para garantizar su continuidad como monje, plantea de cerrar todas las puertas, para que no tenga la esperanza de una seducción que le lleve a perder a Dios.

Desde nuestra perspectiva esta argumentación nos chirría un poco: ofrecer al niño como como monje sin tener todavía una capacidad para tomar una decisión personal no es un acto libre; y privarlo de lo que le corresponde de una manera legal también es un punto oscuro. Ciertamente, la libertad individual evolucionará en nuestra sociedad…

No contemplamos en el evangelio que Jesús fuerce a sus discípulos a seguirlo. “Ven y verás”, viene a ser un acercamiento mutuo en el que Cristo tiene la iniciativa y el llamado puede responder o no. En el caso del joven rico fue una negativa (Lc 18,22-25) que da lugar a las palabras de Jesús sobre la dificultad de entrar en el reino de los que tienen riquezas. Lo cual no quiere decir que un rico no pueda seguir a Jesús, pues como el mismo Jesús dice: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios” (Lc 18, 27).

 Lo que es interesante será descubrir que Cristo habla otro lenguaje, y que su idea sobre la riqueza no es la que tiene el mundo, que con la acumulación de bienes adquiere más seguridad, cuando viene a ser lo contrario: “Todo el que por el Reino haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos, recibirá mucho más en el presente, y en el mundo futuro la vida eterna. (Lc 18, 29-30)

Lo que nos deja claro la Regla de san Benito es que la riqueza, o la posibilidad de obtenerla no nos va a ayudar a seguir a Cristo. No se trata solo de “tener”, sino de aquella sensación que, si un día somos seducidos por el materialismo, tendremos donde acudir. Algo que se podría sistematizar en una frase: “A mi el día que no me vaya bien el monasterio tendré quien me acoja y podré hacer mi vida”. Aquí san Benito no habla de teorías sino, por experiencia propia, de la seducción de las riquezas del mundo y las tentaciones que comportan que pueden venir a ser una tentación para el monje.

A veces, la riqueza, no personal, sino la familiar, puede interferir en nuestra vida de monjes, en la línea de obtener lo que en realidad no es necesario, y tener por tener y sin esfuerzo son conceptos poco monásticos. No se trata, dice san Benito en otros capítulos de negar lo necesario, o poner obstáculos a cualquier petición sino de tener cierta sensibilidad respecto al tema de la propiedad y las cosas superfluas.

Lo más correcto es dejar de lado todo este tema espinoso de las riquezas, creador de verdaderas y fuertes tensiones, incluso familiares, y no dejar que perturben nuestra vida monástica.

Ciertamente tenemos derecho a poseer, a formar una familia, a tener una vivienda digna…. Pero en todos estos aspectos hay que considerar el tema de la renuncia. Una renuncia que no es obligada, como podía ser el caso de los hijos de los nobles, y que podían tener vocación o no; en nuestro caso se trata de renuncia voluntaria.

Nuestra vida monástica no es una esclavitud, sino un verdadero regalo de Dios, que implica renuncias. Lo mismo que en una vida familiar también hay que tener en cuenta la necesidad de renuncias en tema económico o libertad de movimiento, o tiempo personal… pero no se contempla como una renuncia, sino como un acto de amor, como una verdadera riqueza. Lo mismo sucede en nuestra condición de vida monástica, a la vez que buscamos un bien mayor en nuestra búsqueda de Dios.

Para favorecer nuestra centralidad en Cristo, es el consejo que nos da san Benito; no debemos fijarnos sino en el seguimiento de Cristo, no dejándonos seducir por las cosas materiales, siempre caducas, que al final nos crean más necesidades.

¿Un rico no puede ser monje? ¿Una persona con muchos recursos en el mundo puede ser libre para seguir la vocación monástica? La respuesta nos la da el mismo Cristo: “Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios (Lc 18,27)

Podemos sacar de este capítulo una buena lección: lo importante que es caminar libres en la vida monástica con un mínimo de lazos materiales que podrían ser un riesgo para nuestra vocación.

En sintonía con todo esto, san Bernardo, viniendo de una familia noble, tuvo la experiencia de que la humildad era la clave para la acogida de la sombra y del perdón ante la culpa. La humildad pasa por la verdad de uno mismo como persona, por un amor misericordioso para los demás, y culmina en la iluminación, la simplicidad y la paz.

Decía el Papa Benedicto XVI: “Tener los mismos sentimientos que Jesús significa no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de nuestra vida, porque en el fondo no responden a la sed más profunda de nuestro espíritu, sino abrir nuestro corazón al Otro, llevar con el Otro el peso de nuestra vida y abrirnos al Padre del cielo con sentido de obediencia y confianza, sabiendo que obedeciendo al Padre seremos libres. Tener los mismos sentimientos que Jesús debe ser el ejercicio diario de los cristianos”. (Audiencia general, 1Junio 2005).

domingo, 27 de agosto de 2023

CAPÍTULO 47, LA LLAMADA PARA LA OBRA DE DIOS

 

CAPÍTULO 47

LA LLAMADA PARA LA OBRA DE DIOS

Es responsabilidad del abad que se dé a su tiempo la señal para la obra de Dios, tanto de día como de noche, o bien haciéndolo él personalmente o encargándoselo a un hermano tan diligente, que todo se realice a las horas correspondientes. 2 Los salmos y antífonas se recitarán, después del abad, por aquellos que hayan sido designados y según su orden de precedencia. 3 No se meterá a cantar o leer sino el que sea capaz de cumplir este oficio con edificación de los oyentes. 4 Y se hará con humildad, gravedad y reverencia y por aquel a quien se lo encargue el abad.

 

Tiene este capítulo dos partes bien definidas: la primera hace referencia a la señal que debe hacerse para empezar el Oficio, y la segunda como recitar, cantar o leer los Salmos.

 

Parece extraño que san Benito se ocupe de esta señal para empezar el Oficio, pero muestra el interés por que todo se lleve a cabo en las horas correspondientes. Ya advierte también sobre esto, en el capítulo 43, sobre quienes llegan tarde.

Micaela Puzicha comenta sobre la exactitud de la hora como un tema verdaderamente importante en la antigüedad, y no solo hoy, cuando estamos acostumbrados a que el reloj o la campana marcan el ritmo de nuestra jornada, como una representación de la voz de Dios.

La misma Escritura, dice esta comentarista de la Regla, nos habla de como en la antigüedad se hacía una señal para anunciar o invitar a la alabanza. La llamada no se hacía solo con la voz, sino que se empleaban diferentes instrumentos, como la trompa, trompetas o los cuernos. Tenemos referencias concretas, por ejemplo, en los Salmos:

 

“Tocad los cuernos para la luna nueva, y anunciando el día de gran fiesta” (Sal 81,1)

 

En el monaquismo antiguo también se daba la señal para empezar. De aquí la creencia de que los grandes relojes de pesos y ruedas se inventan en Occidente hacia finales del s. X

por el monje benedictino Gerbert, que vendrá más tarde a ser el primer papa francés de la historia, con el nombre de Silvestre II, aunque ya se conocían relojes mecánicos antes del imperio bizantino.

De este monje, llegado a Papa, se escribe que viajó a la corte del Conde de Barcelona, Borrell II, donde permanece tres años, residiendo en el monasterio de Santa María de Ripoll; y parece que ya sabía de la necesidad de dar la hora con exactitud.

En la época de Pacomio un monje se encargaba de dar la señal para levantarse con una trompeta o tuba. En tiempos de Basilio era un hermano quien recorría el dormitorio despertando a los monjes. Casiano habla de llamar a las puertas de las celdas. Un servicio que solía hacerse orientados solamente por posición de las estrellas.

Al final la palabra “Vigilias” viene de la acción de vigilar, ya que algún monje tenía que estar atento a la hora y cuando era el momento de despertarse para asistir al Oficio.

 

Anécdotas que vienen a destacar la importancia y, a la vez, la dificultad de precisar el horario en tiempo de san Benito, y percibir los esfuerzos para determinar con cierta exactitud el inicio del Oficio. Hoy, todo es más fácil con relojes y campanas de más precisión, pero no faltan ocasiones en que tengamos la tentación de seguir durmiendo o retardar la asistencia al oratorio con el riesgo de llegar con el Oficio ya iniciado, y dar lugar a las consiguientes molestias.

 

Una segunda parte del capítulo está dedicada al recitado de los Salmos y antífonas. Hay que hacerlo por orden y por parte de quienes tienen la responsabilidad de ello con humildad, gravedad y respeto.

Edificar a quien escucha es el objetivo es lo más específico de este servicio, y no como un motivo de orgullo personal.

 

Escribe Niceto de Reims: “Salmodiamos con los sentidos bien atentos y la inteligencia bien despierta… de manera que el salmo debe ser cantado no solo con “espíritu”, es decir con el sonido de la voz, sino también con la “mente”, meditando interiormente lo que salmodiamos, para que no suceda que, dominada la mente con pensamientos extraños, lo hagamos infructuosamente. Todo debe celebrarse como quien se sabe en presencia de Dios y no con el deseo de complacer a los hombres, o a sí mismo”.  (Sobre el bien de la salmodia)

 

El objetivo de la lectura o el canto es el de edificar a los oyentes, lo cual implica que los presentes deben ser oyentes activos. A unos lectores edificadores deben corresponder unos oyentes deseosos de ser edificados, ya que es la escucha de la Palabra de Dios o de los Padres de la Iglesia, que son dos pilares fundamentales de nuestra fe: Escritura y Tradición.

 Por lo tanto, en el coro, presbiterio, sala capitular o refectorio, es importante la puntualidad, y evitar las precipitaciones, sino conscientes de la importancia de lo que vamos a hacer y vivirlo responsablemente.

 

Escribía el abad Dom Prospero Gueranguer en su obra “Nociones de la vida religiosa y monástica”:

“Los hermanos no amarán nada por encima del servicio divino y lo contemplarán como el trabajo más noble y útil del día. Comprenderán que después de haber abandonado todo por Dios, su primer cuidado debe ser el de estar atentos a vivir esta relación con Dios. El celo que pondrán en el servicio divino dará la medida de su fidelidad a su vocación” (capítulo 12)

 

Es por esto que san Benito recalca la importancia del Oficio Divino, al que no hay que anteponer nada, al que debemos de llegar puntuales, y durante el cual debemos estar atentos para que nos sea provechoso a nosotros y a nuestros hermanos de comunidad, y también a quienes nos escuchan, sea presencialmente o a través de medios telemáticos.

sábado, 19 de agosto de 2023

CAPÍTULO 40, LA RACIÓN DE BEBIDA

 

CAPÍTULO 40

LA RACIÓN DE BEBIDA

 

Cada cual tiene de Dios un don particular, uno de una manera y otro de otra (1ª Cor 7,7); 2 por eso, con algún escrúpulo fijamos para otros la medida del sustento; 3sin embargo, considerando la flaqueza de los débiles, creemos que basta a cada cual una hemina de vino al día. 4Pero aquellos a quienes da Dios el poder de abstenerse, sepan que tendrán especial galardón. 5Mas si la necesidad del lugar, o el trabajo, o el calor del estío exigieren más, esté ello a la discreción del superior, procurando que jamás se dé lugar a la saciedad o a la embriaguez.6Aunque leemos que el vino es en absoluto impropio de monjes, sin embargo, como en nuestros tiempos no se les puede convencer de ello, convengamos siquiera en no beber hasta la saciedad, sino con moderación: 7porque el vino hace apostatar  aun a los sabios (Si 19,2). 8No obstante, donde las condiciones del lugar no permitan adquirir siquiera la sobredicha medida, sino mucho menos o nada absolutamente, bendigan a Dios los que allí viven y no murmuren; Advertimos, sobre todo: que eviten a todo trance la murmuración-

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En cuatro capítulos habla san Benito sobre cómo deben ser las comidas, horario…. Habla de huir de los excesos, de la embriaguez… Establece un mínimo para todos, y también un máximo, sobre todo cuando se trata de la bebida. Y teniendo siempre en cuenta la flaqueza de los débiles, las condiciones del lugar o la pesadez del trabajo.

Al hablar de la bebida se refiere al vino. No es pecaminoso, pero considera que no es propio de monjes. La misma Escritura habla del fruto de la viña como un don de Dios, símbolo de la salud escatológica y de comunión con el Señor. Pero es algo peligroso cuando crea dependencia en nuestra vida.

La concupiscencia pierde y hace claudicar incluso a los sabios. Cuando un miembro de una comunidad tiene un problema con la bebida o con otra dependencia física o afectiva, en un momento u otro acaba por afectar a toda la comunidad, pues crea un problema de convivencia y de salud corporal y espiritual. Toda dependencia es peligrosa, es algo que deja claro en su Regla san Benito. De aquí la importancia que tiene la moderación en la vida del monje, lo cual es importante, sobre todo en los aspectos materiales, en las ambiciones, afán de poseer… que nos extravían en nuestro camino de la vida eterna.

San Benito conoce la naturaleza humana, y sabe que la situación sería mejor sin vino en la vida del monje, pero ante la dificultad de entender, por lo menos pide no caer en la saciedad o embriaguez. Esto lleva, en algunos monasterios a apostar por una fórmula válida, como puede ser el prescindir del vino en Adviento o Cuaresma. Lo cual puede ser una opción a considerar, pues no deja de ser una privación importante, o mortificación.

San Agustín, en su Regla, apuesta por beber solamente los sábados y domingos, y prescindir los días restantes de la semana.

San Bernardo escribe en relación a este tema:

“Concretando, todo dependerá de que los monjes más rigoristas dejen de murmurar, y los más relajados corten con lo que es superfluo. Así cada uno conservará el don que posee, sin juzgar a quien no tiene; si el que ya ha optado por ser bueno no envidia a quienes son mejores, y quien se cree mejor no menosprecia la bondad del otro; si quienes pueden vivir más rigurosamente no vilipendian a quienes no pueden hacerlo, y estos admiran a los primeros, pero sin pretender imitarlos temerariamente. Así, quienes ya profesan una vida más rigorosa no les está permitido descender a otra menos exigente sin caer en la apostasía. Lo que no quiere decir que se haya de llegar a la conclusión de que todos debería de pasar de observantes menores a observantes mayores, siempre que no se caiga en la rutina” (“Apología a l`Abat  Guillem, XII, 30).

También es cierto, que, en la vida regular y bien regulada, a veces tenemos la tentación de caer en determinados vicios, buscando, consciente o inconscientemente, una cierta ligereza en el rito habitual, o una cierta compensación o consolación, como se decía antes.

También es cierto que, si vamos perdiendo profundidad espiritual en nuestra vida, y centrando más en lo material, en la comida o bebida, puede influir en nuestro estado de ánimo.

Necesitaríamos a veces, si caemos en un exceso de carnalidad, analizar el estado de nuestra vocación, antes de correr el peligro de caer en la desilusión o estados más graves. Considerando fríamente el tema es ridículo que una comida, o una bebida, influya en nuestro estado de ánimo espiritual, pero en ocasiones puede ser una realidad.

Esto enlazaría con la última idea que san Benito manifiesta en este capítulo, y que viene a ser la de caer en la murmuración.

Este es un concepto que san Benito utiliza trece veces a lo largo de la Regla, lo cual ya habla por sí solo de la importancia que da a la devastación de este vicio, madre de todos los vicios.

Por lo tanto, en cuanto hace a la bebida, si no podemos estar sin vino o con menos cantidad lo más positivo será bendecir a Dios.

Para san Bernardo la murmuración es una espada de tres cortes, y que de golpe nos produce tres heridas. La herida de la murmuración, como pecado, la herida de la difamación, que suele quitar la honra o el buen nombre; y la herida de quien escucha la murmuración y muestra una complacencia, lo cual también es caer en el pecado (cfr, Sermón 24).

Un motivo más, pues para alejarnos de la murmuración y evitar en esta materia una embriaguez, practicando hacia ella una tolerancia cero.

 

domingo, 13 de agosto de 2023

CAPÍTULO 33, SI LOS MONJES DEBEN TENER ALGO EN PROPIEDAD

 

CAPÍTULO 33

SI LOS MONJES DEBEN TENER ALGO EN PROPIEDAD

 

Hay un vicio que por encima de todo se debe arrancar de raíz en el monasterio, 2a fin de que nadie se atreva a dar o recibir cosa alguna sin autorización del abad, 3ni a poseer nada en propiedad, absolutamente nada: ni un libro, ni tablillas, ni estilete; nada absolutamente, 4puesto que ni siquiera les está permitido disponer libremente ni de su propio cuerpo ni de su propia voluntad. 5Porque todo cuanto necesiten deben esperarlo

del padre del monasterio, y no pueden lícitamente poseer cosa alguna que el abad no les haya dado o permitido.6Sean comunes todas las cosas para todos, como está escrito, y nadie diga o considere que algo es suyo. 7Y, si se advierte que alguien se complace en este vicio tan detestable, sea amonestado por primera y segunda vez; 8pero, si no se enmienda, quedará sometido a corrección..

 

Los seres humanos tenemos una tendencia a la posesión, a considerar determinadas cosas como propias. Tendencia que aparece ya en la infancia, estimulada a veces, por los mismos padres y maestros, con su intención de responsabilizarnos en nuestras cosas.

 

Esta tendencia no desaparece con el paso de los años, y llega incluso a la vida monástica, donde no se debe considerar nada como propio. Vemos en hermanos que llegan a cierta edad, cuando la mente ya no controla ciertas reacciones, que llegan a sentir hasta una cierta persecución con respecto a lo que consideran suyo, que creen que les han robado, cuando, de hecho, han olvidado donde lo dejaron.

 

Una situación poco en consonancia con la Regla que dice de los monjes: “unos hombres a quién no es lícito hacer lo que quieren con su cuerpo o su voluntad” . Evidentemente al hacerse mayor el monje pierde facultades, y no se le han de exigir cosas que están por encima de sus posibilidades, pero es curioso que quien ha vivido una vida de desprendimiento se “ate” ahora a cosas como exclusivamente suyas.

 

Poseer es una tentación en la que todos tenemos el riesgo de caer. Recurriendo a familiares, amigos, o conocidos, que puede ser objeto de nuestra petición. Y lo importante no es lo que pedimos o la cantidad, sino la misma naturaleza de un hecho que busca satisfacer esta tendencia nuestra a poseer.

 

Un vició que presenta imágenes diversas. Apropiarnos de una responsabilidad confiada temporalmente por la comunidad: cosas materiales, capacidad de decisión… Podríamos considerar en esta línea la figura del cellerario o mayordomo, pero también contemplar otras responsabilidades: cocina, hospedería, biblioteca, portería…  sobre las que podemos proyectar nuestras ambiciones de posesión, influencia en los hermanos buscando el propio provecho personal.

 

¿Cómo vencer esta tentación?

 

Se trata, sobre todo, de un trabajo personal en nuestros hábitos diarios, así como en nuestra vida espiritual. Una vida interior y comunitaria dentro de un sano equilibrio en todos sus aspectos: Oficio, plegaria personal, trabajo, descanso…

Si vamos buscando, física y espiritualmente, en nuestro entorno, sin una actitud clara y decidida, el resultado positivo final será más difícil.

 

También podemos encontrar una ayuda en los hermanos de comunidad: en la fidelidad a la Regla, lo que incluye que cada uno dé todo lo necesario, no lo superfluo o el capricho, a quien le pide. Y puede ser, en este caso, muy amplia la casuística vivida en la comunidad.

 

“Mi voluntad perversa se volvió pasión, y ésta se hizo pasión, que, servida, se hizo costumbre, y un costumbre no contrariado se hizo necesidad”  (San Agustín, Las Confesiones VIII,5)

Los siguientes indicios nos ayudan a reconocer que todavía vive en nosotros:  “un hermano nos pide un manuscrito para leer, o hacer uso de un objeto que nos pertenece. Su petición nos entristece, y se lo negamos: no hay duda que estamos cogidos por la avaricia… Comparemos nuestra austeridad con la relajación del otro, y apunta en nuestra alma un pensamiento de altivez: es seguro que todavía somos víctimas de la soberbia”  (XIX, XII)

 

Ciertamente, hemos renunciado a formar una familia, a disponer de un poder económico que nos dé una independencia, hemos aceptado de poseerlo todo en común, y de compartir, para que cada uno tenga lo que necesita. También, mirando en positivo, tenemos lo que necesitamos; hay otros hermanos que se preocupan de que sea así, y no estamos ligados a una sociedad de consumo… Una vida monástica sincera y fiel, sana y equilibrada, implica renuncias, pero hay más a ganar que a perder, pues hemos aceptado vivir en una comunidad, con una actitud de servicio.

 

Pues, al final de la jornada, lo que vale es el balance final; y en esta línea debemos considerar si seguimos o no, fielmente a Cristo. Llamados por el Padre nuestro legado no es dejar algo material en la celda, sino la presentación de nuestro balance espiritual ante Él.