CAPÍTULO
14
CÓMO HAN DE CELEBRARSE
LAS VIGILIAS EN LAS FIESTAS DE LOS SANTOS
En las fiestas de los santos y en todas las solemnidades, el
oficio debe celebrarse tal como hemos dicho que se haga en el oficio dominical,
2sólo que los salmos, antífonas y lecturas serán los correspondientes al propio
del día. Pero se mantendrá la cantidad de salmos indicada anteriormente.
Toda la tradición benedictina ha tenido siempre como
privilegiado el Opus Dei, el Oficio Divino. Por un lado, como fuente de
espiritualidad, y por otro como eje vertebrador de toda nuestra jornada
monástica.
“Que no
se anteponga nada al Oficio Divino” (RB 43,3) afirma san Benito. Esta frase que viene a resumir todo el pensamiento de
san Benito sobre el papel de la plegaria en la vida comunitaria, no se ha de
considerar fundamentalmente como un
precepto disciplinar; o dicho de otra manera: no hacemos plegaria por obligación,
no vamos al coro porque el superior nos puede amonestar; vamos por devoción, en
la mejor acepción del término, por amor, porque los monjes manifestamos la
autenticidad de nuestra vocación cuando buscamos a Dios de verdad, cuando somos
celosos por el Oficio Divino, por la obediencia, por las humillaciones… (cfr.
RB 58,7)
Una vez estamos en la Escuela del servicio divino
(cfr Prólogo 45) participar en el Oficio
Divino es un privilegio, un regalo. El Opus Dei tiene una triple
dimensión temporal. En primer lugar, viene a ser la columna vertebral de
nuestra jornada diaria; las horas litúrgicas son momentos en los vamos al
encuentro con Dios en compañía de los hermanos; cada hora es aquella en que
Cristo nos sale al encuentro como a los discípulos de Emaús. Las horas
litúrgicas nos presentan a lo largo del día el misterio de Cristo, y el centro
es siempre al gran acontecimiento, la Pascua. En segundo lugar, comienza con la
celebración dominical, el día en que hacemos memoria de la Pascua de una manera
especial y explicita, y toda la semana viene a ser una memoria, un camino, un
recordatorio. En tercer lugar y último lugar, el año litúrgico nos propone año
tras año, la síntesis del gran misterio de la Redención; y a lo largo del mismo
celebramos dos grandes solemnidades: La Pascua y la Natividad del Señor,
precedidas de unos tiempos de preparación y continuadas por otros de
celebración. También unidas al misterio de Cristo tenemos las memorias de los
mártires y de los santos, signo de unidad de todo el pueblo de Dios.
¿Qué significa celebrar, hacer memoria de los santos
en nuestro día a día? El año litúrgico tiene una unidad concreta fuerte; un
ejemplo es la distribución de la Palabra de Dios, el leccionario, que hace un
recorrido por las Escrituras, una selección para ayudar a vivir el misterio de
la salvación, y punto de referencia para nosotros también que tenemos a través
de la lectio divina, el asiduo contacto con la Palabra de Dios. Cuando
escuchamos la Palabra de Dios en la Eucaristía diaria, ya la hemos leído,
meditado, orado y contemplado, es decir, rumiado atentamente en la Lectio de la
mañana, lo cual nos permite profundizarla más. Si vamos a la Eucaristía
huérfanos de esta previa aproximación, vamos espiritualmente cojos, faltos de
algo importante, por lo cual es fundamental seguir el ritmo de la jornada
monástica en su totalidad, siguiendo paso a paso las horas litúrgicas, los
tiempos de Lectio, trabajo, lectura… Un buen ejemplo a seguir, son,
precisamente, los santos, hombres u mujeres como nosotros.
La santidad no es algo reservado a almas escogidas;
todos, sin excepción, estamos llamados a la santidad, no se cansaba de repetir
san Juan Pablo II, por eso llegó a canonizar tantos hombres y mujeres, con lo
cual quería mostrar que la santidad, es una llamada universal, y que los santos
son hombres y mujeres y carne y hueso, con debilidades, caídas… pero con una
voluntad firme de seguir a Cristo, de encontrar el camino detrás de cada piedra
que podemos encontrarnos. Para alcanzarlo Dios tiene a punto para todos las
gracias necesarias y suficientes; nadie está excluido. La tentación más
engañosa y que nos repetimos a menudo es la de querer mejorar las cosas, pero
quedándonos solo en lo exterior, dejando de lado la realización espiritual, que
es donde se halla la verdadera felicidad.
La Iglesia, más que reformadores, decía san Juan
Pablo II, tiene necesidad de santos, porque estos son los auténticos y más
fecundos reformadores. Y la humildad es el primer paso hacia la santidad,
buscándola, viviendo con valentía nuestra vida diaria, aunque a veces nos pueda
parecer insignificante.
Santa Teresa de Lisieux en sus pocos años de vida
nos enseñó la grandeza que pueden tener delante de Dios las actividades
insignificantes, simplemente normales.
Existe, por un lado, la santidad manifiesta de
algunas personas, pero también existe la santidad desconocida de la vida
diaria. Todo el que quiere seguir el camino de Cristo no puede renunciar a la
cruz, a la humillación, al sufrimiento, que acercan al cristiano el modelo
divino que es Cristo. “No conocer nada más que Jesucristo, y éste
crucificado” (1Cor 2,2), como dice el Apóstol.
Todos estamos llamados a amar a Dios con todo el
corazón y con toda el alma, y a amar al prójimo por amor a Dios. Nadie está
excluido de esta llamada tan clara y directa que nos hace Jesús. La santidad
consiste en vivir con convicción la realidad del amor de Dios, a pesar de las
dificultades, de nuestras debilidades, tanto físicas como morales y de la misma
historia de nuestra vida. La santidad del hombre es obra de Dios, y aunque nace
de Dios, desde el punto de vista humano, se comunica de hombre a hombre. De
esta manera podemos decir que los santos engendran santos, de aquí la
importancia de hacer memoria de ellos. Un santo es, en su vida y en su muerte,
un actor del Evangelio, a quien Cristo
no vacila de invitar a seguirlo. Porque la santidad es, precisamente, la
alegría de hacer la voluntad de Dios. Dios nos ama, a pesar de nuestras
miserias y pecados, nuestras tristezas y alegrías, como decía san Rafael
Arnaiz.
El Papa Francisco ha dedicado a este tema de la
santidad su última Exhortación Apostólica. Para el Papa la santidad es tan
diversa como la humanidad misma; el Señor tiene para cada uno un camino
particular. Todos estamos llamados a la santidad, sea cual sea nuestro papel,
viviendo con amor y ofreciendo un testimonio en las ocupaciones diarias,
orientadas hacia Dios. Más que con grandes desafíos, la santidad crece a través
de pequeños gestos, pues viene a ser un encontrar el equilibrio entre nuestra
debilidad y el poder de la gracia de Dios.
Escribía san Agustín que la santidad es un proceso
que dura toda la vida, y es una gracia que se va afirmando con la
perseverancia. O en palabras de san Benito, “con el progreso en la vida
monástica y en la fe, se ensancha el corazón y se corre por el camino de los
mandamientos de Dios en la inefable dulzura del amor (Prólogo 49.
Tengámoslo presente cuando celebramos la memoria de
un santo, nosotros, que en el oratorio, delante de muchos, hemos prometido de
estar unidos a la comunidad, comportarnos como monjes y de ser obedientes, y lo
hemos hecho delante de Dios y de sus santos. (RB 58,17)
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