domingo, 23 de agosto de 2020

CAPÍTULO 43 LOS QUE LLEGAN TARDE A LA OBRA DE DIOS O A LA MESA


CAPÍTULO 43
LOS QUE LLEGAN TARDE A LA OBRA DE DIOS O A LA MESA

A la hora del oficio divino, tan pronto como se haya oído la señal, dejando todo cuanto tengan entre manos, acudan con toda prisa, 2 pero con gravedad, para no dar pie a la disipación. 3 Nada se anteponga, por tanto, a la obra de Dios. 4 El que llegue a las vigilias nocturnas después del gloria del salmo 94, que por esa razón queremos que se recite con gran lentitud y demorándolo, no ocupe el lugar que le corresponde en el coro, 5 sino el último de todos o el sitio especial que el abad haya designado para los negligentes, con el fin de que esté a su vista y ante todos los demás, 6 hasta que, al terminar la obra de Dios, haga penitencia con una satisfacción pública. 7 Y nos ha parecido que deben ponerse en el último lugar o aparte para que, vistos por todos, se enmienden al menos ante el bochorno que han de sentir. 8 Porque, si se quedan fuera del oratorio, tal vez habrá quien vuelva a acostarse y dormir, o quien, sentándose fuera, pase el tiempo charlando, y dé así ocasión de ser tentado por el maligno. 9 Es mejor que entren en el oratorio, para que no pierdan todo y en adelante se corrijan. 10 El que en los oficios diurnos llegue tarde a la obra de Dios, esto es, después del verso y del gloria del primer salmo que se dice después del verso, ha de colocarse en el último lugar, según la regla establecida, 11 y no tenga el atrevimiento de asociarse al coro de los que salmodian mientras no haya dado satisfacción, a no ser que el abad se lo autorice con su perdón, 12 pero con tal de que satisfaga como culpable esta falta. 13 Y el que no llegue a la mesa antes del verso, de manera que lo puedan decir todos a la vez, rezar las preces y sentarse todos juntos a la mesa, 14 si su tardanza es debida a A 21 May. 23 Ag. 25 Nov. 16 Fbr. 89 negligencia o a una mala costumbre, sea corregido por esta falta hasta dos veces. 15 Si en adelante no se enmendare, no se le permitirá participar de la mesa común, 16 sino que, separado de la compañía de todos, comerá a solas, privándosele de su ración de vino hasta que haga satisfacción y se enmiende. 17 Se le impondrá el mismo castigo al que no se halle presente al recitar el verso que se dice después de comer. 18 Y nadie se atreva a tomar nada para comer o beber antes o después de las horas señaladas. Mas si el superior ofreciere alguna cosa a alguien y no quiere aceptarla, cuando luego él desee lo que antes rehusó o cualquier otra cosa, no recibirá absolutamente nada hasta que no haya dado la conveniente satisfacción.

El centro y el sentido de la vida monástica es la búsqueda de Dios, un camino que tiene tres pilares fundamentales: la plegaria, el trabajo y el contacto continuo con la Palabra de Dios, además del Magisterio de la Iglesia y de los Padres.

Este centro podría denominarse el espíritu de la Regla, y el conductor de un camino, en ocasiones estrecho, que nos debe llevar a la vida eterna. Pero san Benito no se limita a darnos los grandes principios, pues su texto es fruto de una larga experiencia comunitaria, y así llega hasta detalles más puntuales que nos pueden ayudar en el camino, como monjes con sinceridad de corazón. Define muchos de los aspectos concretos de la vida diaria: medida en el comer y en el beber, el silencio, el trato de los hermanos enfermos, los ancianos, los niños.

La frase que puede enmarcar el capítulo de hoy la tenemos muy escuchada y aprendida: que no se anteponga nada al Oficio Divino.

Priorizar la plegaria, especialmente la oración común, es, pues, el objetivo, y para alcanzarlo san Benito nos da una serie de pautas. La primera hace referencia a la campana, a la voz de Dios como se la ha considerado muchas veces; y nos invita a dejar todo lo que estamos haciendo nada más oírla, para ir con rapidez al oratorio. No solo con prontitud y diligencia, sino  “suma cum festinatione curratur”, dejando todo lo demás, pues nada hay tan importante para el monje como el Oficio. Ahora bien, es necesario hacerlo todo con el estilo que nos recomienda: con gravedad, con moderación, no dando lugar a ocurrencias que nos pueden distraer de la gravedad y disposición de corazón con que debemos hacer la plegaria, como encuentro con Dios.

Como escribe un autor espiritual: “no llegues nunca tarde al coro ni a los demás actos conventuales. Tú, espera a los demás, pero ninguno que te espere a ti. Sé solícito, sin hacer las cosas tarde o mal, y sin permitir ruidos inoportunos o murmuraciones” (Cartas de acompañamiento espiritual, 12).

San Benito cuando nos habla del oratorio del monasterio, nos dice que debemos guardar el máximo silencio y la reverencia debida a Dios, y que no se permite quedarse en él, sino es para orar. Esta gravedad nos debe acompañar desde el momento en que escuchamos la campana que nos convoca al Oficio, hasta cuando salimos del oratorio. Incluso llega al detalle de que el Salmo 94 se diga muy despacio para facilitar a todos la participación.

Pero para la Regla, peor que hacer tarde al Oficio es la no asistencia, o quedarse fuera del oratorio, para dormirse de nuevo o entretenerse hablando. Por ello nos dice que será mejor entrar que no el perderlo todo. Da la impresión de que conoce bien nuestras debilidades, que fueron las suyas, y nuestras tentaciones. Para finalizar, como ante cualquier falta, nos pide san Benito de reconocerlo y tener un tiempo de arrepentimiento, dando la satisfacción debida.

Este Capítulo tiene dos partes bien marcadas, pues nos habla, como en un mismo nivel, de la plegaria y de la mesa. Los refectorios de nuestros monasterios nos muestran, incluso arquitectónicamente, que las comidas comunitarias no son únicamente una necesidad corporal a satisfacer, sino un momento importante de la vida comunitaria, y de este modo debe considerarse, con la misma puntualidad que la vida de plegaria. Por ello, es importante que estemos todos en el momento de la bendición de la mesa, en el momento en que pedimos al Señor que bendiga la comida, sin faltar nadie por negligencia o mala costumbre.

Puntualidad, sentimiento de culpa ante las faltas, propósito de enmienda, satisfacción, son los elementos que debemos señalizar nuestra participación en le oratorio y en la mesa. La razón de fondo es Dios. La vida monástica, la vida cristiana sin Dios es una locura. Todo debe estar orientado, centrado en Él, sin Él nada tiene sentido. Así lo afirma san Benito en el capítulo 19: Dios está presente en todas partes, por ello debemos tenerlo presente, sobre todo, sin duda alguna añade, en el Oficio Divino. Si somos conscientes de que caminamos a su encuentro, ¿qué es lo que nos puede impedir llegar tarde?  Dios está en todas partes, no deberíamos olvidarlo nunca, ni en la oración, ni en la mesa, el trabajo,

Como escribe un autor espiritual:

“Te aconsejo, hijo, que en todas las cosas busques a Dios sinceramente, prefiriendo su voluntad a cualquiera otra inclinación de espíritu. De este modo nada te entristecerá, nada se hará contra tu voluntad, comprometida siempre en obrar de acuerdo a Dios y de recibirlo todo de sus manos. El que en todo hace la opción por la voluntad de Dios, no actúa contra su propia voluntad” (Cartas de acompañamiento espiritual, 19)






domingo, 16 de agosto de 2020

CAPÍTULO 36 LOS HERMANOS ENFERMOS


CAPÍTULO 36
LOS HERMANOS ENFERMOS

1 Ante todo y por encima de todo lo demás, ha de cuidarse de los enfermos, de tal manera que se les sirva como a Cristo en persona, 2 porque él mismo dijo: «Estuve enfermo, y me visitasteis»; 3 y: «Lo que hicisteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicisteis». 4 Que no sean caprichosos con los hermanos que les asisten. 5 Aunque también a éstos deben soportarles con paciencia, porque con ellos se consigue un premio mayor. 6 Por eso ha de tener el abad suma atención, para que no padezcan negligencia alguna. 7 Se destinará un lugar especial para los hermanos enfermos, y un enfermero temeroso de Dios, diligente y solícito. 8 Cuantas veces sea necesario, se les concederá la posibilidad de bañarse; pero a los que están sanos, y particularmente a los jóvenes, se les permitirá más raramente. 9 Asimismo, los enfermos muy débiles podrán tomar carne, para que se repongan; pero, cuando ya hayan convalecido, todos deben abstenerse de comer carne, como es costumbre. 10 Ponga el abad sumo empeño en que los enfermos no queden desatendidos por los mayordomos y enfermeros, pues sobre él recae la responsabilidad de toda falta cometida por sus discípulos.

“Ante Omnia et super Omnia”. “Ante todo y por encima de todo”.

San Benito utiliza una expresión fuerte, contundente, para reclamar la atención a los hermanos enfermos. La Regla hace una opción clara por los débiles, por los niños, que, en la época de san Benito era frecuente que hubiese donados por las propias familias a los monasterios. Se permiten cosas que, a los demás monjes, sobre todo a los jóvenes, les están prohibidas, como los baños o la carne.

En nuestra sociedad, ha cambiado este aspecto de la atención a los ancianos. Durante siglos, en un mismo hogar había una convivencia de distintas generaciones, lo cual hoy ha desaparecido, debido a causas diversas: incorporación del hombre y la mujer, al mismo nivel, al mercado del trabajo, la prolongación de la edad, que no siempre va unido a una cualidad de vida, la limitaciones físicas y psicológicas que dificultan la convivencia, y que exigen un cuidado especializado; la estructura del mismo hogar ha cambiado para dominar los pisos más reducidos.

Todo esto viene a hacerse más dramático en los últimos meses por la pandemia dominante en la sociedad, que ha afectado fuertemente en las residencias, dando una sensación de abandono de los ancianos por parte de los familiares.

Ante esta realidad que no envuelve y afecta, san Benito nos propone un escenario alternativo, donde los enfermos y los ancianos, viene a ser una representación privilegiada de Cristo, a quienes hay que servir por el honor de Dios. Prevé incluso los detalles, como un espacio especial destinado a su cuidado, atención por parte de un hermano servicial y temeroso de Dios, una higiene y alimentación adecuadas. También advierte a los enfermos que es preciso también estar atentos a no abusar de los que están encargados del cuidado de su salud, de no contristar con excesivas exigencias.

La paciencia y la moderación aparecen de nuevo, como aspectos claves, para quienes tienen este servicio, así como para quienes reciben los cuidados. Quizás, a veces, querríamos escuchar de la Regla otras palabras, pero no se trata de un texto a la medida de cada uno, sino de un inicio de vida monástica para seguir a Cristo y llegar a la vida eterna, un camino que san Benito, fruto de su experiencia, cree que es el más adecuado para acercarnos a Cristo.

Quizás nos gustaría escuchar mejor, si un hermano está enfermo que no nos moleste, y buscar un lugar fuera de casa, como es normal en nuestra sociedad, pero sería algo así como esperar de san Benito que nos dijera que hacemos bien no yendo al Oficio Divino, o no siendo diligentes, o menospreciando con orgullo a los hermanos.

“Ut sicut reverá Christo ita eis serviatur”, que sean servidos como si fuesen realmente el Cristo, y no sean negligentes en el servicio.

De hecho, en nuestra comunidad, la atención a los enfermos ocupa una buena parte de nuestra actividad, en la atención de la enfermería, acompañando a quienes tienen necesidad del médico, teniendo a punto el alimento. O medicamentos…. No es una tarea fácil, pero podemos decir que tanto los hermanos que ahora llevan a cabo este servicio, como quienes lo hacen de forma ocasional durante las vacaciones, habría que decir que es un servicio llevado a cabo con un espíritu de fidelidad a la Regla.

Tener un cuidado, visitarlos, valorarlos… nos da una medida de la salud espiritual de la comunidad, como también hacerlo con nuestros padres cuando es necesario, pues no por ser monjes dejamos de ser hijos. La clave siempre es la caridad como nos dice en sus escritos san Máximo el Confesor: “el fruto de la caridad consiste en hacer el bien a los hermanos, con un corazón sincero, en la liberalidad y en la paciencia” (De los Capítulos sobre la caridad)

domingo, 9 de agosto de 2020

CAPÍTULO 29 SI DEBEN SER READMITIDOS LOS HERMANOS QUE SE VAN DEL MONASTERIO


CAPÍTULO 29
SI DEBEN SER READMITIDOS LOS HERMANOS
QUE SE VAN DEL MONASTERIO

1Si un hermano que por su culpa ha salido del monasterio quiere volver otra vez, antes debe prometer la total enmienda de aquello que motivó su salida, 2 y con esta condición será recibido en el último lugar, para probar así su humildad. 3Y, si de nuevo volviere a salir, se le recibirá hasta tres veces; pero sepa que en lo sucesivo se le denegará toda posibilidad de retorno al monasterio.

Los monjes hacen voto de estabilidad. Es una de las características de nuestro compromiso monástico, pero esto no nos exime de crisis, más o menos graves, pero que en ocasiones nos pueden llevar a abandonar el monasterio.

De hecho, un repaso al libro de las vesticiones desde 1940, nos encontramos con un total de 158 vesticiones de hábito. Han perseverado hasta la muerte, 28. Permanecemos en el monasterio, 27. Han pasado a otros monasterios u órdenes, 15.  Al clero diocesano pasaron 10, y 78 al estado laical. Es decir, un 65% no perseveró en el monasterio, mientras permaneció fiel un 35%. Se puede añadir, que de los abandonos tres volvieron, y otro lo dejó definitivamente más adelante.

Volver no parece la tónica habitual, pues de hecho san Benito no pone fáciles las condiciones. Primero es preciso reconocer la propia culpa, después hacer un propósito de enmienda de la causa por la cual se salió; y todavía, como final, la prueba de la humildad. Esta virtud, que a todos nos cuesta vivir sinceramente. Como dice san Benito, en los grados de la humildad, es preciso sentirlo en el fondo del corazón, o como dice cuando habla de los instrumentos de las buenas obras, respecto a la santidad, no querer que nos lo digan antes de ser, sino ser primero, para que después nos lo puedan decir con verdad.
Nuestra vida como monjes es una carrera de fondo, como de hecho lo es también nuestra vida cristiana; y es al final es cuando se puede hacer balance de si, como dice el Apóstol, “acabada la carrera hemos librado el buen combate” y conservado la vocación y la fe… Pues cualquier otro balance siempre llevará la etiqueta de lo provisional.

Hace unos años un Abad General de nuestra Orden escribía en relación a la muerte de los monjes: “de qué mueren”, “como mueren”... Quizás podríamos hacernos las mismas preguntas ahora: “por qué marchan”,  “cómo marchan”.  Con seguridad que hay de todo: una vocación poco madurada, fruto de la aplicación del Concilio Vaticano II, de su interpretación y aplicación; otros, por una vocación difuminada por falta de plegaria, trabajo, o de contacto con la Palabra, pues como escribe san Bernardo: “si el corazón, a quien busca tentar algún demonio meridiano no está iluminado como el mediodía por el sol que nace de lo alto, y hace patente su falsedad, no podrá prevenirse y le derrotará sin remedio, presentándose como bueno, para hacer creer al incauto y desprevenido que el mal es un bien” (Sermón 38, Sobre el Cántico)

También la razón de un abandono puede venir de la insatisfacción de nuestras humanas ambiciones, que nos pueden arrastrar, o, incluso, caer en escrúpulos. Habría que decir que el Vaticano II, no significó por si mismo una crisis en la vida religiosa, pero sí un nuevo planteamiento donde muchas supuestas seguridades basadas mas en costumbres que arraigadas en una espiritualidad profunda, influyeron en muchos abandonos.

Una parte importante de la razón de los abandonos se cruzan con problemas de vida comunitaria, que es una de las dificultades importantes. De aquí que san Benito hable de que nadie tome la defensa de otro, o no hacer grupos… porque van poco a poco evolucionando en la exclusión de otros, y que puede venir a ser el único motivo de permanecer en el monasterio. No es un motivo válido para ninguna vocación, o para quedarse por inercia por no saber a dónde ir.

Puede haber otra causa de abandono, que no es una separación física sino espiritual. Ser monje habiendo perdido la vocación, permanecer en el monasterio por rutina… De todo esto nos puede costar más el volver, si se tiene en cuenta el planteamiento de san Benito: voluntad de volver, prometer un sincero arrepentimiento de lo que nos llevó al abandono espiritual y ser probados en la humildad.

De nuestros hermanos de comunidad, 28 que han sido en uno u otro momento, sirven de modelo para la perseverancia. Pero de los han marchado, a otras experiencias monásticas, o al clero diocesano, o para formar una familia… podemos aprender algo. Ciertamente los errores o las vidas de los otros no serán nunca una experiencia personal propia, pero de alguna manera nos pueden hacer pensar y ayudar a superar momentos bajos y críticos de nuestra vida monástica.

No debemos contemplar a quienes abandonan como fracasados, o como culpables, pues el Señor habla de muchas y diversas maneras, y lo hace en cada momento de nuestra vida de acuerdo a lo que cree mejor para cada uno.

San Benito nos habla en el Prólogo de pedir al Señor con una plegaria insistente, que lleve a término cualquier cosa que empecemos a hacer. Esta confianza en el Señor nos ha de guiar y motivar siempre, no desesperando nunca de su misericordia.



domingo, 2 de agosto de 2020

CAPÍTULO 22, CÓMO HAN DE DORMIR LOS MONJES


CAPÍTULO 22
CÓMO HAN DE DORMIR LOS MONJES

1Cada monje tendrá su propio lecho para dormir. 2 Según el criterio de su abad, recibirán todo lo necesario para la cama en consonancia con su género de vida. 3 En la medida de lo posible, dormirán todos juntos en un mismo lugar; pero si por ser muchos resulta imposible, dormirán en grupos de diez o de veinte, con ancianos que velen solícitos sobre ellos. 4Hasta el amanecer deberá arder continuamente una lámpara en la estancia. 5Duerman vestidos y ceñidos con cintos o cuerdas, de manera que mientras descansan no tengan consigo los cuchillos, para que no se hieran entre sueños. 6Y también con el fin de que los monjes estén siempre listos para levantarse; así, cuando se dé la señal, se pondrán en pie sin tardanza y de prisa para acudir a la obra de Dios, adelantándose unos a otros, pero con mucha gravedad y modestia. 7 Los hermanos más jóvenes no tengan contiguas sus camas, sino entreveradas con las de los mayores. 8Al levantarse para la obra de Dios, se avisarán discretamente unos a otros, para que los somnolientos no puedan excusarse.

San Benito regula todos los aspectos de la vida de los monjes, desde los más trascendentales hasta los más triviales. En todos ellos se contempla el horizonte de nuestra vida: la búsqueda de Cristo. Dormir, levantarnos… puede suponer una rutina diaria, pero la vida esta configurada con pequeñas piezas, que la van definiendo. Este camino hacia la vida eterna, que es nuestra vida de monjes, está hecha de pequeñas etapas a través de los años, que nos permiten crecer espiritualmente hacia la plenitud, nunca del todo alcanzada, pero renovada diariamente en el deseo más profundo.

La misma Regla presenta cada jornada como una pequeña muestra del conjunto de toda nuestra existencia. Al levantarnos para asistir al Oficio Divino volvemos la mirada hacia el sepulcro del Señor, en el amanecer de su resurrección, primicia de la nuestra. Oramos a la salida del sol, haciendo memoria de la creación, de la luz de la vida que es el Cristo. Y, paso a paso, llegamos al atardecer, como si nuestro sueño fuera un avance de la muerte, confiando en el nuevo día que llegará, jornada plena y sin final.

Dormir, descansar, es necesario, de manera que cada una de nuestras jornadas puedan dar lo mejor de nosotros. Este día a día, esta rutina, no nos puede angustiar, limitarnos, sino más bien liberarnos para centrarnos en el verdadero y único objetivo que es la búsqueda de Dios. Si perdemos la tensión en las pequeñas cosas, un poco más de dormir… iremos cayendo en una mala rutina, y teniendo dificultades para el ritmo normal de la vida, que necesitamos vivir, cada jornada, en toda su plenitud y riqueza.

A menudo cuando se nos pregunta por el horario de nuestra jornada, expresan una cierta admiración por nuestro madrugar singular. Sin duda que el horario de nuestra vida viene marcado porque en la época de san Benito todos se levantaban al alba, para provechar todas las horas del día. Los monjes, en el principio, se levantaban a media noche para hacer la primera plegaria, las Vigilias, ahora llamadas Maitines. Y poco a poco se tiende a un dormir sin interrupción, más reparador.

En este aspecto podemos pensar que somos unos privilegiados, pues son muchos los que se levantan a estas horas tempranas para asistir a su trabajo, en la obligación que tienen de llevar adelante a su familia.

Nosotros nos levantamos temprano para ir al encuentro del Señor, lo cual debería llenarnos de gozo, pero seamos conscientes también de la necesidad previa de un descanso tomado en serio para poder, después, dar la respuesta adecuada como monjes.

San Benito nos dice también que hemos de dormir atentos, preparados para estar siempre a punto. Ciertamente, cuando suena la campana cada mañana puede venir la tentación de hacer oídos sordos; en realidad, es un momento de duda, de renovar nuestro compromiso, una especie de renovación sencilla de nuestros votos ante el Señor, de estar dispuestos para ir a su encuentro en un momento privilegiado, cuando el silencio nos envuelve y esta a punto de romper el nuevo día. Siempre, no levantarse a la señal de la campana ha sido una falta grave de la que se había uno de acusar en capítulo. Por ello un monje era encargado de despertar a los dormidos, y otro de recorrer el coro para evitar la tentación de dormirse durante el Oficio.

San Benito nos pide reposar confiados en el Señor, de manera que podamos levantarnos con el deseo de encontrarnos con el Señor, de estar siempre a punto para el encuentro con aquel que hemos venido a buscar.


domingo, 19 de julio de 2020

CAPÍTULO 8, EL OFICIO DIVINO DURANTE LA NOCHE


CAPÍTULO 8
EL OFICIO DIVINO DURANTE LA NOCHE

Durante el invierno, esto es, desde las calendas de noviembre hasta Pascua, se levantarán a la octava hora de la no che conforme al cómputo correspondiente, 2 para que reposen hasta algo más de la media noche y puedan levantarse ya descansados. 3 El tiempo que resta después de acabadas las vigilias, lo emplearán los hermanos que así lo necesiten en el estudio de los salmos y de las lecturas. 4 Pero desde Pascua hasta las calendas de noviembre ha de regularse el horario de tal manera, que el oficio de las vigilias, tras un cortísimo intervalo en el que los monjes puedan salir por sus necesidades naturales, se comiencen inmediatamente los laudes, que deberán celebrarse al rayar el alba

Este capítulo muestra una gran sensibilidad y realismo. San Benito está atento a la organización de las comunidades a lo largo del año, al descanso de los monjes, que debe ser suficiente, e incluso a la satisfacción de las necesidades naturales, hecho que lejos de escandalizarnos nos muestra su detallismo. Y todo sin descuidar lo más importante: la plegaria, el Oficio Divino, que debe adecuarse a las horas pertinentes a fin de santificar el día.

Esta santificación del día fue un aspecto importante de la Constitución Sacrosantum Concilium del Concilio Vaticano II. Era costumbre entre los sacerdotes, no así en los monjes, de hacer el Oficio de una “tirada”, lo cual no ayudaba a la devoción, la calma y la concentración que requiere.

En la biografía de Mosén Ramon Muntanyola sobre el cardenal Vidal i Barraquer hay una anécdota que ilustra este punto: el Cardenal, su auxiliar, el beato Manuel Borrás y los otros sacerdotes que residían en el Palau.: el 21 de Julio de 1936, antes de marchar de Tarragona hacia Poblet, ya habían hecho, como buenos sacerdotes el Oficio de Lectura del día siguiente. Sorprende quizás ahora la alusión y nos muestra su carácter habitual y que estaba bien valorada.

En la vida monástica cada plegaria tiene su momento, y cada momento su ocupación, una vida reglada a fin de dedicarse a lo más importante: buscar a Dios. Es un punto fundamental, como para no olvidarlo, teniendo siempre en cuenta el ritmo, un ritmo que es necesario para vivir el sentido de nuestra vida.

A la entrada de nuestro monasterio hay un cartel donde se recuerda el capítulo 53 de la Regla y se cita el texto que dice «Todos los forasteros que se presentan tienen que ser acogidos como el Cristo» (*RB, 53,1), y forasteros recibimos a lo largo del año, recibimos muchos y diversos. ¿Por qué acoger unos y rechazar otros? ¿Qué criterio debería guiarnos para la selección? ¿Tendríamos que acoger a quienes piensan como nosotros y a quienes no lo hacen cerrarles la puerta? Y si el criterio es que coincidan con nuestros intereses o pensamiento, ¿con los de quienes tienen que coincidir? Porque también nosotros somos una comunidad plural de origen, de lengua, de cultura, de educación, de situación familiar. Pero nos une el objetivo de buscar Dios y para llevarlo a buen término nos tiene que unir también el de acoger a los forasteros, sean quién sean.

Los últimos años nos han llevado a situaciones complicadas y dolorosas, para muchas personas y como colectivo. La nuestra no debe ser nunca una respuesta partidista, parcial. Estos días estamos escuchando en el refectorio un libro de entrevistas de Fulvia Nicolàs con el Cardenal Vicente Enrique y Tarancón. Durante toda la larga entrevista se plasma la idea de fondo de este prelado de acoger a todos, de hablar con todos y no le fue nunca fácil. Recibió críticas feroces, insultos, amenazas; como años antes le había pasado al Cardenal Vidal y Barraquer, como ha pasado a tantos cristianos a lo largo de la historia.

Acoger no significa compartir ni el pensamiento, ni los objetivos, ni los métodos de la persona acogida. Acoger quiere decir recibir, escuchar y aceptar al visitante. Sea quién sea; desde alguien a quien necesita algo para comer a quién no le falta de nada; desde alguien que tiene responsabilidades, a quien las ha perdido por una u otro causa; desde quién ha cometido errores, y quien no los ha cometido?, hasta aquel cuya actuación nos place; desde el que habla una lengua extraña, a quien habla la nuestra; desde el quien piensa de una manera a quien piensa la contraria. No hacer acepción de personas pide san Benito en la Regla para el abad, para los monjes; primeramente, entre ellos, pero también con quienes se nos acercan.

«Tenía hambre, y me disteis de comer; tenía sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; iba desnudo, y me vestisteis; estaba enfermo, y me visitasteis; estaba en la prisión, y vinisteis a verme.» (Mt 25,35-36). Este es el baremo que Dios nos aplicará en nuestro juicio. No nos preguntará si militábamos a aquel u otro partido; si promovíamos esta o aquella opción para nuestro país. Y con este baremo hay otro de muy importante también y es que quien más necesita ser acogido es aquel a cuál más se le van cerrando las puertas, una detrás de otra, a quien es rechazado, desterrado, perseguido, exiliado, encarcelado. Muy a menudo amigos dichos del Monasterio, se sienten movidos a decirnos que a este sí que lo debemos acoger, pero a este otro no; es muy legítimo opinar y discrepar, pero ni la pertenencia a uno u otro organismo, ni la adscripción a esta o a otra ideología es excusa para mal aconsejar.

Calcular razonablemente nos dice en este capítulo san Benito sobre la hora de levantarse. Razonablemente quiere decir ahora y aquí, en nuestra sociedad no caer en el rechazo al otro; porque esto es muy peligroso puesto que el círculo, el grupo se va estrechando cada vez más, haciéndose más y más reducido, más excluyente, menos cristiano. Y hoy es muy fácil puesto que las nuevas tecnologías favorecen los comentarios anónimos, la inmediatez, la carencia total de reflexión, cuando no el insulto. Aquí hoy o mañana recibiremos a tal persona, quizás ayer lo hicimos con una otro de talante muy diferente. Lo que tenemos que hacer es hacerlo bien dispuestos, como al levantarnos como nos pide san Benito.

Porque como decía el Papa Francisco durante su viaje a Marruecos en 2019 «Es cierto, son tantas las circunstancias que pueden alimentar la división y la confrontación; son innegables las situaciones que pueden llevarnos a enfrentarnos y a dividirnos. No podemos negarlo. Siempre nos amenaza la tentación de creer en el odio y la venganza como formas legítimas de administrar justicia de manera rápida y eficaz. Pero la experiencia nos dice que el odio, la división y la venganza, lo único que consiguen es matar el alma de nuestros pueblos, envenenar la esperanza de nuestros hijos, destruir y llevarse consigo todo el que amamos.» (31 de marzo de 2019).

domingo, 12 de julio de 2020

CAPÍTULO 7, 49-50, SOBRE LA HUMILDAD


CAPÍTULO 7, 49-50
SOBRE LA HUMILDAD

El sexto grado de humildad es que el monje se sienta contento con todo lo que es más vil y abyecto y que se considere a sí mismo como un obrero malo e indigno para todo cuanto se le manda, 50diciéndose interiormente con el profeta: «Fui reducido a la nada sin saber por qué; he venido a ser como un jumento en tu presencia, pero yo siempre estaré contigo».

La clave de este capítulo está en la idea de “contentarse”.

No contentarse con lo que tenemos, con que Dios nos da, en definitiva, es fuente de problemas. En primer lugar, para nosotros mismos, y para los demás. San Benito, de hecho, a lo largo de la Regla nos dice que es bueno contentarnos con lo que tenemos, cuando hace referencia a múltiples aspectos de nuestra vida: la comida y bebida con medida, el orden de la comunidad, no defender a otros… Nos propone un equilibrio entre lo que podemos desear, pues desear no dejaremos nunca de hacerlo, y lo que podemos tener. Ciertamente, no es suficiente con decir que no podemos tener nada propio, o que debemos confiar en el abad o los decanos que es aceptar la voluntad de Dios, pero es preciso que la conversión de costumbres llegue al fondo del corazón.

San Benito ve claro que el origen del descontento viene a estar en como nos vemos, como nos consideramos. Si seguimos su consejo, si nos tenemos por indignos e inhábiles, entonces nos será más fácil percibir la gracia de Dios en cualquier aspecto que nos propongan.  Por el contrario, si llenos de orgullo, creemos que todos están obligados hacia nosotros, siempre nos parecerá que están en deuda con nosotros, que nos se nos reconoce nuestra valía, nuestras virtudes… San Benito nos viene a hablar en este capítulo de una actitud vital, de una manera de ser, de conformar nuestro carácter al siervo humilde que es Cristo.

Podríamos recoger pequeños detalles de la vida cotidiana que afectan a este grado de humildad. Pequeñas cosas, detalles, que viene a poner de relieve un trasfondo no tan pequeño. Por ejemplo, hace unos años un abad general comentaba que al servirnos la mesa alguno debía de recoger aquella porción de la bandeja que nos queda más cerca, o sea no coger la parte mejor para mí, y menos protestar si no me llega bien lo que yo quiero, pues eso no es contentarse con lo que hay. Parece una nadería, pero pone de relieve una actitud interior. Y a ciertas actitudes de estas corresponde una actitud de fondo de superioridad, de orgullo que no nos ayuda, y que incluso nos puede llevar al ridículo. O podríamos considerar el pensar mal de un hermano porque ha dejado la ventana abierta o una puerta cerrada con llave… por molestarme. Toda una serie de detalles que ponen de relieve el rechazo egoísta, al no contentarme con lo que hay.

Además, podríamos considerar otro elemento importante:  no hay un único pensamiento, una sola manera de hacer; una comunidad, y en esto está su riqueza y su dificultad en una vida comunitaria es que viene a ser diversa multipersonal.

Lo que nos debe interesar y preocupar es que lo fundamental nos una, y mirar de hacerlo lo mejor posible en beneficio de todos. Y esto es buscar a Dios, ser fieles al Oficio, al trabajo, olvidarnos de las palabras ociosas, no contristar a los hermanos… No somos perfectos sino perfectibles, de aquí el consejo de san Benito de considerarnos inhábiles e indignos. No en lo que no debemos contentarnos es en permanecer como estamos, sino desear progresar hacia Cristo, nuestro modelo. Ser cada día más fieles, fervientes, sin detenernos en el camino, que es propio de la vida monástica.

Este grado y toda la escala de la humildad la comenta san Bernardo que lo considera, en su defecto, como la arrogancia, así como el séptimo que considera como la presunción, y que no da el marco, origen y fuente del descontento
.
Es algo que también comenta otro monje en otro sermón:

“Menosprecia tu vida a causa del Señor… Considérate pecador si quieres llegar a ser justo. Sé humilde en tu sabiduría, y no te vanaglories de tu saber. (Sentencias y relatos de los Padres, Juan Mosco, monje)

 No contristar a los hermanos, pide san Benito de manera explícita a los enfermos en relación con quienes les cuidan.

La idea, en principio, es válida para todos porque nace del descontento hacia nosotros mismos. Evidente, ha de haber diferencia, pero teniendo en cuenta siempre, al más débil, al que necesita más. No quiere resignarnos, sino gozar, agradecer lo que tenemos, no sentirnos satisfechos con lo que tenemos o nos falta… Una buena ocasión de reflexión la tenemos siempre en el libro de Job. Nos puede poner en un buen sendero en nuestra ruta hacia Cristo.

domingo, 5 de julio de 2020

CAPÍTULO 6 LA PRÁCTICA DEL SILENCIO


CAPÍTULO 6
LA  PRÁCTICA DEL SILENCIO

1Cumplamos nosotros lo que dijo el profeta: «Yo me dije: vigilaré mi proceder para no pecar con la lengua. Pondré una mordaza a mi boca. Enmudecí, me humillé y me abstuve de hablar aun de cosas buenas». 2Enseña aquí el profeta que, si hay ocasiones en las cuales debemos renunciar a las conversaciones buenas por exigirlo así la misma taciturnidad, cuánto más deberemos abstenernos de las malas conversaciones por el castigo que merece el pecado. 3Por lo tanto, dada la importancia que tiene la taciturnidad, raras veces recibirán los discípulos perfectos licencia para hablar, incluso cuando se trate de conversaciones honestas, santas y de edificación, para que guarden un silencio lleno de gravedad. 4Porque escrito está: «En mucho charlar no faltará pecado». 5Y en otro lugar: «Muerte y vida están en poder de la lengua». 6Además, hablar y enseñar incumbe al maestro; pero al discípulo le corresponde callar y escuchar. 7Por eso, cuando sea necesario preguntar algo al superior, debe hacerse con toda humildad y respetuosa sumisión. 8Pero las chocarrerías, las palabras ociosas y las que provocan la risa, las condenamos en todo lugar a reclusión perpetua. Y no consentimos que el discípulo abra su boca para semejantes expresiones.

En torno a la Gran Cartuja hay unas señales con la referencia pintada de un monje y el aviso de que aquella es una zona de silencio, un silencio a menudo roto, sobre todo en el verano, por los turistas y visitantes curiosos que se acercan, quizás con el deseo de obtener una foto o una grabación de la intimidad de la vida de aquellos monjes. Lo que nos muestra que el silencio es tan escaso en nuestra sociedad que es necesario crear zonas de protección para preservarlo.

En el mundo monástico el silencio ocupa un lugar importante. Dom Inocencio Le Mason, que fue Prior de la Gran Cartuja habla de tres círculos concéntricos en torno al monje, para garantizar el silencio: el primero, es el mismo espacio geográfico del monasterio, en su origen, a menudo el desierto, en el sentido concreto de poca gente, como fue en el Nuevo Monasterio de Cister. Un segundo círculo son los muros del monasterio que aíslan del exterior, pero no cierran los monjes a su interior. Finalmente, el tercero es el mismo espacio de la celda de cada uno de los monjes.

Tanta preocupación por preservar los espacios de silencio no es en vano, porque el silencio, aunque parezca una contradicción, no se hace por sí solo, es necesario construirlo y después preservarlo. San Benito es consciente de esta realidad y le dedica un capítulo completo; aunque luego vuelve sobre él en otros capítulos, cuando habla de la humildad o del Oficio, Pues no solo los visitantes se sienten tentados de romperlo, también nosotros hablamos mucho del silencio, escribimos páginas… y, en un momento dado, encontramos justificado de romperlo, cuando, entonces, no debería ser así. Pues el silencio tiene momentos concretos donde debe hacerse presente, espacios concretos, como la iglesia, el claustro o el refectorio, donde san Benito pide que se practique.

El silencio no es una imposición que nos oprime, sino que es algo que debe ayudarnos a vivir en libertad y no ser esclavos de nuestras palabras. No es un silencio impuesto, sino escogido, vivido no como una privación sino como un beneficio.

Silencio, ¿para qué?   Silencio para evitar el pecado.

San Benito nos habla del silencio como la ocasión o la oportunidad de evitar el pecado, evitar hacer mal a otros con este aguijón que a veces es nuestra palabra, a veces arrojada con la intención clara de hacer daño. Siempre es necesario abstenerse de conversaciones malas, y si hablamos mucho nos cuesta evitarlas. Hablar por hablar, por gritar, por llamar la atención, por criticas a los demás, por manifestar una actitud negativa… viene a ser destructor para nosotros mismos y para los hermanos.

Escribe monseñor Darío Eduardo Viganó. Que el pecado de la murmuración, sobre el que tanto insiste el Papa Francisco es el que más abunda y el más difícil de combatir, es el hijo primogénito de la envidia, un cáncer que corroe el corazón y la mente hasta provocar la pérdida de un hermano. Es fruto de la envidia que pone de manifiesto la incoherencia de la humanidad, ya que la envidia no quiere obtener lo que tiene el otro, sino que más bien desea que el otro no tenga lo que yo tengo, lo que no tengo y lo que he perdido, y para lograr este innoble objetivo la envidia está dispuesta a todo, si con ello el otro no puede gozar de algo concreto. Y en esta línea engendra calumnias, mentiras, rencores…y nos neutraliza para hacer el bien  (El susurro de las habladurías, p.7-9)

El arma no es otra que la palabra, porque como escribe san Bernardo; “Hay lenguas disolutas que envuelven conversaciones inútiles, lenguas deshonestas y lenguas jactanciosas. Las primeras son esclavas del placer, y las otras de la arrogancia. También existe la lengua engañadora y que habla mal: la primera se subdivide en mentirosa y aduladora, y la segunda injuria a la cara a la vez que difama detrás. Y si los hombres hemos de dar cuenta el día del juicio de toda palabra ociosa que pronunciamos, como no debe ser rigurosa la sentencia para la palabra mentirosa. Mordaz e injuriosa del arrogante y lascivo, que calumnia y difama (Sermón 17, 2)

Silencio, ¿para qué?  Silencio para escuchar a Dios

Con el silencio, a menudo, podemos evitar el pecado y abrirnos a Dios. Nuestro silencio no es algo pasado de moda, sino actual y necesario para nuestra vida. Es un silencio abierto a la escucha de Dios, pues Dios habla en el silencio, Nos dice el libro d los Reyes (1Re 19,11-12) que el Señor no se presentó a Elías en el viento huracanado, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en la brisa del viento. Para percibirlo es necesario el silencio.

Un silencio exterior que ayuda y es necesario para crear un silencio interior. No debe ser un silencio ofensivo, pues no venimos al monasterio para llevar constantemente conversación con este o aquel monje. Si perdemos de vista el objetivo de la vida monástica vivida en comunidad, que es la de buscar a Dios, perdemos el norte de nuestra vida.

El silencio exterior es una herramienta fundamental para lograr el silencio interior, para apagar el ruido de nuestras preocupaciones mundanas y abrir las puertas a Dios. Afirmaba el Papa Benedicto que si no somos capaces de escuchar la voz de Dios, fundamentalmente en la plegaria, el yo humano acaba por encerrarse en sí mismo, y la conciencia, que debería ser un eco de la voz de Dios, corre el peligro de reducirse a un espejo del “ego”, de manera que el coloquio interior se transforma en un monologo que da pie a innumerables justificaciones. (Hom. 8 de febrero de 2008)

El objetivo al que debe dirigirse nuestro silencio es ayudarnos a encontrar a Dios, a abrir nuestro oído, nuestro corazón, todo nuestro ser. Abrirnos a la Palabra de Dios, al árbol de la vida, dando gracias por lo que recibimos y no entristecernos por la abundancia de lo que sobra. (Comentario al  Diatessaron)