sábado, 10 de octubre de 2020

CAPITULO 7,34 LA HUMILDAD

 

CAPITULO 7,34

LA HUMILDAD

 

7El tercer grado de humildad es que el monje se someta al superior con toda obediencia por amor a Dios, imitando al Señor, de quien dice el Apóstol: «Se hizo obediente hasta la muerte».

Una lectura en diagonal de este tercer grado de la humildad nos puede espantar, o llevarnos a decir que es políticamente incorrecto, puesto que someterse a una total obediencia a alguien no suena bien y atenta contra una serie de derechos. Pero debemos considerar que no se trata de una obediencia humana la que nos presenta este grado, sino que viene a poner el fundamento de un amor a Dios, a imitación de la obediencia a Cristo. O dicho de otra manera de una obediencia por amor a Dios.

El Decreto Perfectae Caritatis del Concilio Vaticano II presenta la obediencia ligada al compromiso de seguir a Cristo, pobre y obediente. La obediencia es la ofrenda de la propia voluntad, como un sacrificio. Realmente, dejar nuestra voluntad viene a ser un sacrificio, puesto que tendemos a pensar que estamos en la recta doctrina haciendo nuestra voluntad. Y no se trata de aniquilar nuestra voluntad, sino de asimilarla a la voluntad de Dios. El nexo no puede ser otro que el amor, lazo de unión de nuestro deseo con el deseo de Dios.

Parece imposible, inabarcable, pero hay un precedente, hay un ser humano, tan humano como nosotros, excepto en el pecado, que lo ha vivido, Es Cristo, nuestro modelo que, identificando su voluntad con la del Padre, vino a servir y no a ser servido, a liberar, y no a ser liberado, a amar, corriendo el riesgo de no ser correspondido. Es el sentido de la frase de san Agustín: “Ama y haz lo que quieras”, porque si amamos verdaderamente estamos haciendo la voluntad del Señor.

El Papa Francisco en su última encíclica escribe: “decía santo Tomás de Aquino -citando a san Agustín- que la templanza de una persona con avaricia ni tan solo es virtuosa. San Buenaventura, con otras palabras, explicaba que las otras virtudes sin la caridad estricta, no cumplen los mandamientos “como Dios los entiende” (Fratelli Tutti 91)

San Benito concreta como el mismo Decreto Perfectae Caritatis, en seguir la voluntad del superior, partiendo desde el principio que la voluntad de aquel no debe ser otra que la de Dios. A menudo tenemos una obediencia selectiva, que depende de quién nos lo manda, de cómo nos lo manda, cuándo nos lo manda, y qué nos manda. No se trata de hacer sacrificios estériles, y menos de humillaciones, ni atentar contra la libertad personal y la dignidad intrínseca de todo ser humano creado como hijo de Dios y amado por Dios. Nos ha creado libres y nos quiere libres, por lo cual nuestro sacrificio, nuestra obediencia debe ser libremente aceptada y ejecutada.

No serviría de nada obedecer por miedo, sería fraudulenta, porque la obediencia no debe conllevar la dimisión de nuestra responsabilidad respecto a nuestra vida y a las acciones que estamos llamados a desarrollar. Obedeciendo seguimos siendo totalmente responsables de nuestros actos en todo momento y ocasión; no es de recibo en la vida del cristiano, estar exento de la obediencia debida que nos que llevaría a una cierta impunidad.

Es difícil establecer paralelismos, pero en la sociedad las leyes son establecidas, en principio, para favorecer el buen desarrollo de la convivencia, y tienen un aspecto punitivo para quien las inflige, pero su sentido último debe ser el bien común. La sociedad se da a sí misma las leyes libremente a través de sus legítimos representantes, y de esta manera todos se obligan a su cumplimiento, Ciertamente, son textos escritos y elaborados con un procedimiento más o menos largo, mientras que interpretar la voluntad de Dios a menudo no es tan fácil. Por esto es tan importante el elemento clave de este tercer grado de la humildad: el amor de Dios. Ésta debe ser la clave de la lectura de nuestra obediencia. Podemos optar libremente por la plaza de criticón, que siempre esta libre en toda comunidad. Pero debemos plantearnos si nos mueve el amor de Dios, y si imitamos, entonces, al Señor, pero asumiendo el papel de protestón no podrá ser.

Como escribe el Papa Francisco: “la altura espiritual de una vida humana está marcada por el amor, que es el criterio para una decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana” (Fratelli Tutti, 92)

 

 

domingo, 4 de octubre de 2020

CAPÍTULO 3 COMO SE HAN DE CONVOCAR LOS HERMANOS A CONSEJO

 

CAPÍTULO 3

COMO SE HAN DE CONVOCAR LOS HERMANOS A CONSEJO

Siempre que en el monasterio hayan de tratarse asuntos de importancia, el abad convocará toda la comunidad y expondrá él personalmente de qué se trata. 2Una vez S oído el consejo de los hermanos, reflexione a 30 Mar 2 Jul 4 Oct. 6 Ene. 19 solas y haga lo que juzgue más conveniente. 3Y hemos dicho intencionadamente que sean todos convocados a consejo, porque muchas veces el Señor revela al mis joven lo que es mejor. 4 Por lo demás, expongan los hermanos su criterio con toda sumisión, y humildad y no tengan la osadía de defender con arrogancia su propio parecer, 5 sino que, por quedar reservada la cuestión a la decisión del abad, todos le obedecerán en lo que él disponga como más conveniente. 6 Sin embargo, así como lo que corresponde a los discípulos es obedecer al maestro, de la misma manera conviene que éste decida todas las cosas con prudencia y sentido de la justicia. 7 Por tanto, sigan todos la regla como maestra en todo y nadie se desvíe de ella temerariamente. 8Nadie se deje conducir en el monasterio por la voluntad de su propio corazón, 9 ni nadie se atreva a discutir con su abad desvergonzadamente o fuera del monasterio. 10Y, si alguien se tomara esa libertad, sea sometido a la disciplina regular. 11 El abad, por su parte, actuará siempre movido por el temor de Dios y ateniéndose a la observancia de la regla, con una conciencia muy clara de que deberá rendir cuentas a Dios, juez rectísimo, de todas sus determinaciones. 12 Pero, cuando se trate de asuntos menos transcendentes, será suficiente que consulte solamente a los monjes más ancianos, 13 conforme está escrito: «Hazlo todo con consejo, y, después de hecho, no te arrepentirás».

Pensar lo que es preciso hacer, hacer lo más conveniente y realizarlo con sentido y justicia con temor de Dios y la observancia de la Regla.

Antes de tomar una decisión san Benito nos ofrece todo un protocolo que va desde plantear el tema o el problema hasta tomar la decisión, pasando por escuchar los consejos adecuados, y acabar, finalmente, con el juicio del Señor. No se muestra san Benito partidario de decisiones precipitadas, y menos guiadas por el deseo de nuestro propio corazón; más bien pide discernir siempre la voluntad de Dios.

Esto nos obliga a todos, en una primera fase, al que pide consejo y a quien lo da, y en una segunda fase a quien decide y a quien toca obedecer. Discernimiento, obediencia, sentido común y justicia, son elementos fundamentales. San Benito nos habla de no decidir “en caliente”, sino con amor y meditándolo bien.

El consejo, que puede venir de cualquier monje, debe darse con humildad y sumisión, y no defenderlo con arrogancia. Un consejo debe situarse en unos parámetros determinados, por ser un consejo y no expresión de la propia voluntad o deseo. Debemos intentar ponernos en el lugar del que pide consejo. Esto implica adoptar cierta distancia y analizar el tema sobre el que se pide consejo desde una óptica más amplia que la personal. Analizar los diversos factores que intervienen en el tema, para buscar la solución más viable, guiada siempre por el temor de Dios.

No nos podemos dejar llevar por antipatía o simpatía, lo cual no es fácil ante la diversidad o similitud de situaciones. Superar estos condicionamientos es esencial para abrirnos a la aceptación de una buena respuesta. Por esto san Benito habla de no seguir el deseo propio, sino de una búsqueda de lo mejor.

La decisión final queda en manos del abad. No de manera arbitraria, sino apoyada en dos principios fundamentales: el temor de Dios y la observancia de la Regla. Una vez tomada la decisión es preciso obedecer, considerando que se ha hecho una opción por lo mejor. Una decisión o un acuerdo, por ejemplo, comunitario une a toda la comunidad. Y una vez tomada la decisión ya no importa si estábamos a favor o en contra, si hemos aportado un matiz u otro; es una decisión de todos y a todos afecta. San Benito advierte acerca de la discrepancia, para no caer en una discrepancia descarada que nos haría daño, personal y comunitariamente.

Escribe san Bernardo respecto al tema que “no suele haber ecuanimidad en las cuestiones humanas. Las motivaciones de quienes mandan fluctúan en un vaivén continuo, en dependencia de las múltiples necesidades prácticas. A veces se cataloga como lo más adecuado y conveniente lo que más se desea, y se impone como obligación… Hay preceptos que no se pueden relegar sin culpa, y menos menospreciarlos sin caer en un delito. Si hay descuidos culpables sus menosprecios están sometidos a censura. Pero hay una diferencia: el descuido es atonía de indolencia; el menosprecio tumor de soberbia (El precepto y la dispensa”, 15 y 18)

En el fondo hay un juez rectísimo que tiene en cuenta nuestras decisiones, y que tiene la última palabra, y que conoce la motivación más profunda de todo. Como escribe el Papa Francisco en su última encíclica Fratelli Tutti:

“El asunto es la fragilidad humana, la tendencia constante al egoísmo que forma parte de lo que la tradición cristiana llama “concupiscencia”: La inclinación del ser humano a cerrarse en la inmanencia del propio yo, de su grupo, de sus intereses mezquinos. Esta concupiscencia no es un defecto de esta época. Existe desde que el hombre es hombre, y simplemente se transforma, adquiere modalidades en cada siglo, y finalmente utiliza los instrumentos que el momento histórico pone a su disposición. Pero es posible dominarla con la ayuda de Dios” (nº 166)

En el trasfondo de este capítulo están los principios fundamentales que inspiran toda la Regla: la mesura y la moderación. San Benito no escribe la Regla como un libro derivado de la voluntad de Dios directamente, sino como una ayuda, como “un inicio” nos dice, para orientar la vida humana teniendo a Dios como centro. Si lo tenemos como centro, el sentido común y la justicia nos vendrán con un don de su gracia inefable.

domingo, 27 de septiembre de 2020

DEL PRÓLOGO DE LA REGLA DE SAN BENITO, Pról 21-38

 

DEL PRÓLOGO DE LA REGLA DE SAN BENITO,

Pról 21-38

 

1 Ciñéndonos, pues, nuestra cintura con la fe y la observancia de las buenas obras, sigamos por sus caminos, llevando como guía el Evangelio, para que merezcamos ver a Aquel que nos llamó a su reino. 22 Si deseamos habitar en el tabernáculo de este reino, hemos de saber que nunca podremos llegar allá a no ser que vayamos corriendo con las buenas obras. 23 Pero preguntemos al Señor como el profeta, diciéndole: 24 Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y descansar en tu monte santo?, 25 Escuchemos, hermanos, lo que el Señor nos responde a esta pregunta y cómo nos muestra el camino hacia esta morada, diciéndonos: 26 «Aquél que anda sin pecado y practica la justicia; 27 el que habla con sinceridad en su corazón y no engaña con su lengua; 28 el que no le hace mal a su prójimo ni presta oídos a infamias contra su semejante». 29Aquel que, cuando el malo, que es el diablo, le sugiere alguna cosa, inmediatamente le rechaza a él y a su sugerencia lejos de su corazón, «los reduce a la nada», y, agarrando sus pensamientos, los estrella contra Cristo. 30 Los que así proceden son los temerosos del Señor, y por eso no se inflan de soberbia por la rectitud de su comportamiento, antes bien, porque saben que no pueden realizar nada por sí mismos, sino por el Señor, 31 proclaman su grandeza, diciendo lo mismo que el profeta: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre, da la gloria», al igual que el apóstol Pablo, quien tampoco se atribuyó a sí mismo éxito alguno de su predicación cuando decía: «Por la gracia de Dios soy lo que soy». 32Y también afirma en otra ocasión: «E1 que presume, que presuma del Señor». 33 Por eso dice el Señor en su evangelio: «Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece al hombre sensato, que edificó su caC 23 Mar 25 Jun 27 Sept. 30 Dic. 7 sa sobre la roca. 34Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos y arremetieron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada en la roca». 35Al terminar sus palabras, espera el Señor que cada día le respondamos con nuestras obras a sus santas exhortaciones. 36 Pues para eso se nos conceden como tregua los días de nuestra vida, para enmendarnos de nuestros males, 37 según nos dice el Apóstol: «¿No te das cuenta de que la paciencia de Dios te está empujando a la penitencia» 38 Efectivamente, el Señor te dice con su inagotable benignidad: «No quiero la muerte del pecador, sino que cambie de conducta y viva».

 

La fe y la observancia de las buenas obras son las dos herramientas que nos propone san Benito para llegar al Reino, lo cual se concreta en obrar honradamente, practicar la justicia, decir la verdad, no calumniar, no hace mal al prójimo. La lucha contra el maligne no es ajena a nuestra vida, no estamos inclinados por naturaleza a hacer el mal, pero el maligno nos tienta con frecuencia, jugando con nuestra debilidad. Por ello san Benito nos invita a estampar nuestros malos pensamientos, no a saborearlos, sino a intentar superarlos, con la ayuda de Aquel que es el único que puede ayudarnos. El camino es la confianza en Cristo, dejarnos modelar por la gracia de Dios, como dice san Pablo.

Fe y observancia son los pilares, porque la fe sin obras es muerta, como afirma la Carta de Santiago. El Señor nos alecciona, alimentándonos con su Palabra, y por eso espera de nosotros que respondamos con obras a sus exhortaciones. San Benito nos presenta la vida como un tiempo de tregua, un tiempo de gracia, que se nos ofrece para avanzar en nuestro camino del Reino. A menudo nos podemos preguntar a qué hemos venido al mundo, o a qué hemos venido al monasterio. Quizás nos venga a la memoria el monje que explicaba que había venido al monasterio para morir, pero su tiempo de tregua fue bastante largo. No venimos a mortificarnos, tampoco a mortificar a los demás, sino que venimos a hacer un camino de conversión. Una conversión que supone un cambio, que será lento o dudoso, con pasos de retroceso, pero siempre un camino hacia el Reino.

En este camino encontramos muchos tropiezos. A veces creemos que son los otros quienes nos ponen los obstáculos. No es siempre así, en general los obstáculos vienen de nosotros mismos.

¡Cuántas energías podríamos utilizar en nuestra conversión con solo dejar de criticar o vigilar lo que hacen los otros!

Comentaba una superiora que en las comunidades tenemos establecida y bien establecida la plaza de criticones y murmuradores, en donde cuando se dulcifica la visión de unos vienen a ser sustituidos por otros, de manera que se llega a dar la impresión de que no puede haber comunidad verdadera sin esa dimensión de crítica negativa, que adquiere un nuevo perfil con el aprovechamiento de las nuevas tecnologías.

Cristo no estuvo exento de críticas, al contrario; él es para nosotros el modelo, como maestro, como referencia permanente. Toda la Regla es cristocéntrica. Sentir a Cristo a nuestro lado, siempre a punto para ayudarnos cuando apuntan las dificultades con las tentaciones del maligno, los malos pensamientos… y llevarnos a esclafar todo ello en él, para que nos libre de todo ello.

¡Cuántas energías perdemos al cegarnos en poner tropiezo al prójimo, o abrir la boca para decir mal de otros!

Seguir a Cristo con las fortísimas y espléndidas armas de la obediencia, la humildad, la paciencia, huyendo a la envidia, la vanidad, la maledicencia… será el camino para merecer Aquel que nos llama a su Reino.

No somos perfectos, pero todos somos perfectibles. Tenemos posibilidades de hacer camino hacia Cristo, de hacer un camino de conversión. Tenemos unos límites que aprovecha el maligno para la tentación y perdernos. Pero también ésta es nuestra riqueza, nuestra posibilidad de salvación. A veces cuesta tanto hacer el bien como hacer el mal, o quizás cuesta más esfuerzo hacer el mal, pensar mal… Un simple y trivial hecho nos puede desestabilizar si nos limitamos a ver y querer el lado oscuro y negativo.

La plaza de murmurador y criticador siempre estará libre para acogernos a ella, ocuparla… Preguntémonos si somos más o menos felices ocupando esta plaza y sirviéndonos de ella.

San Benito nos dice que el Señor espera de nosotros la respuesta continua cada día. Aprovechemos estos días de tregua de nuestra vida, para corregir nuestras malas inclinaciones, y no perder al Señor que no quiere otra cosa que nuestra conversión.

Como escribe san Juan Crisóstomo: “cuando quieras reconstruir en ti aquella casa que Dios se edificó en el primer hombre, envuélvete en la modestia, la humildad y resplandece con la luz de la justicia, cuídate con las buenas obras, como el oro acendrado” (Hom 6 sobre la oración.

domingo, 20 de septiembre de 2020

CAPÍTULO 69 NADIE SE ATREVA A DEFENDER A OTRO EN EL MONASTERIO

 

CAPÍTULO 69

NADIE SE ATREVA A DEFENDER A OTRO EN EL MONASTERIO

Debe evitarse que por ningún motivo se tome un monje la libertad de defender a otro en el monasterio o de constituirse en su protector en cualquier sentido, 2 ni en el caso de que les una cualquier parentesco de consaguinidad. 3 No se permitan los monjes hacer tal cosa en modo alguno, porque podría convertirse en una ocasión de disputas muy graves. 4 El que no cumpla esto será castigado con gran severidad.

Los comentaristas de la Regla nos dicen que éste acababa con el capítulo 66, donde invita a menudo en la comunidad, para que nadie alegue ignorancia.

Se podría interpretar que estos capítulos finales son una añadidura, al ser consciente san Benito que hay aspectos de nuestra vida importantes en relación a la vida comunitaria, que no son de menor importancia. Y añadiéndolos viene a completar con la singular sugerencia del capítulo 72 sobre el buen celo, que es una buena recapitulación de la Regla.

En la escucha asidua de la Regla se pervive que san Benito no es muy amigo de particularismos, de las relaciones particulares excesivamente estrechas, e incluso advierte del peligro de las mismas.

Este capítulo, junto con el siguiente nos vienen a hablar del mismo tema: de las amistades particulares, de los grupos de presión. San Benito nos dice que de ninguna manera nos podemos tomar la libertad de defender a otro hermano, ni tampoco pegar arbitrariamente. El peligro de dar lugar a escándalos es muy grave, y lo que queremos para nosotros no lo debemos hacer a otros, concluirá aludiendo a la sabiduría de la Escritura. Nos viene, pues, a decir, que no somos nadie para erigirnos en jueces de nuestros hermanos, por lo tanto, no tenemos capacidad para absolver a o condenar a nadie. Esto no es nada fácil, y nos cuesta llevarlo a la práctica, aceptar la pluralidad, a la vez que debemos considerar que la comunión es el único objetivo que nos debe unir, la búsqueda de Dios para llegar a la vida eterna.

Dios nos llama a la vida monástica, y en esta vida los compañeros nos lo elegimos nosotros, sino que nos los pone Dios en el camino. Entonces, hacer acepción de personas, juzgarlos dignos o indignos de ser monjes no entra en nuestras atribuciones. Pero a veces creemos lo contrario, y nos consideramos con atribuciones excepcionales para decidir si otro monje debería estar o no en la comunidad, o hacer éste u otro servicio. En definitiva, el origen viene a estar en nuestra falta de humildad. Es lo que nos viene a adoctrinar el evangelio de “ver la mota en el ojo del hermano y no la viga en el propio ojo”. (Mt 7,3-5; Lc 6 41-42

San Benito nos habla de hechos concretos que ponen de relieve nuestra afección o desafección hacia otro hermano, y lo concreta en el hecho de “defender” o “pegar”, que lo podemos llevar a cabo de manera directa o indirecta.

Algo que escuchamos estos días en el refectorio a través de la lectura del libro Murmuración. También es un tema que podemos escuchar con frecuencia en las enseñanzas del Papa Francisco.

La murmuración es una agresión tanto o más grave que la física, como lo puede ser también una mala cara hacia aquellos que no “bailan” a los ritmos que nosotros marcamos. U otros actos destemplados que podemos tener hacia los demás.

El monasterio no es un lugar para llevar a cabo determinadas actitudes personales; el monasterio no es un lugar para amistades excesivamente particulares, que nos pueden llevar al malestar o a manipulaciones personales que pueden incidir en la división de la comunidad. El monasterio no es un lugar para pensamientos sobre la dignidad o indignidad de otros monjes en relación a una vida de comunidad. Y éste no es el camino del Evangelio, ni tampoco el de la Regla, sino un camino estéril, supeditado al capricho personal, que nos imposibilita de ver al hermano como imagen de Dios. En el fondo soy yo mismo sumido en mi egoísmo que doy lugar a un clima enrarecido en la vida comunitaria, creyéndome el centro de todo y de todos.

Solamente hay un hombre perfecto: Cristo, como nos recuerda el Vaticano II (GS,41). Todos nosotros estamos llamados a la perfección, a hacer camino. La afección o desafección, afinidad o no afinidad, no deben traducirse en defensas u ofensas, porque vendrían a ser siempre parciales e injustas. El juez. solamente es Dios; nosotros, por muy perfectos que nos lleguemos a creer, solo somos objetos de su juicio.

San Máximo de Turín escribe: “aquel que es consciente de tener per compañero a Cristo se avergüenza de hacer cosas malas. Cristo es nuestra ayuda en las cosas buenas; el que nos preserva en las malas” (Sermón 73)

domingo, 13 de septiembre de 2020

CAPÍTULO 62 LOS SACERDOTES DEL MONASTERIO

 

CAPÍTULO 62

LOS SACERDOTES DEL MONASTERIO

1 Si algún abad desea que le ordenen un sacerdote o un diácono, elija de entre sus monjes a quien sea digno de ejercer el sacerdocio. 2 Pero el que reciba ese sacramento rehúya la altivez y la soberbia, 3 y no tenga la osadía de hacer nada, sino lo que le mande el abad, consciente de que ha de estar sometido mucho más a la observancia de la regla. 4 No eche en olvido la obediencia a la regla con el pretexto de su sacerdocio, pues por eso mismo ha de avanzar más y más hacia Dios. 5 Ocupará siempre el lugar que le corresponde por su entrada en el monasterio, 6 a no ser cuando ejerce el ministerio del altar o si la deliberación de la comunidad y la voluntad del abad determinan darle un grado superior en atención a sus méritos. 7 Recuerde, sin embargo, que ha de observar lo establecido por la regla con relación a los decanos y a los prepósitos. 8 Pero si se atreviere a obrar de otro modo, no se le juzgue como sacerdote, sino como rebelde. 9 Y si advertido muchas veces no se corrigiere, se tomará como testigo al propio obispo. 10 En caso de que ni aun así se enmendare, siendo cada vez más notorias sus culpas, expúlsenlo del monasterio, 11 si en realidad su contumacia es tal, que no quiera someterse y obedecer a la regla.

Sacerdocio y vida monástica, escuchando la Regla y muchos Padres del monaquismo, dan la impresión de ser dos vocaciones de difícil convivencia. Lo que nos quiere subrayar san Benito es que venimos al monasterio para buscar a Dios en una vida monástica, y no para llevar a cabo otro tipo de función o servicio que nos apetece más, y que puede ir ahogando nuestra vocación, sino lo tenemos claro, y la ponemos en manos de Dios.

En la vida monástica el sacerdocio es un servicio a la comunidad y a la Iglesia. Sería un error ambicionarlo en una línea de “hacer carrera”, O un subterfugio para acceder al sacerdocio sino se ha podido conseguir en el seminario diocesano. Siempre, en el monasterio debe ser primero la vocación monástica, como sugiere san Benito en el capítulo sobre la admisión de los hermanos, diciendo que una vez hecha la profesión al monje no se le será permitido “sustraerse al yugo de la Regla, pues una vez pensado había podido rehusar o aceptar” (RB 58,16)

Ciertamente, en la época de san Benito la celebración de la Eucaristía diaria no era una costumbre habitual. Se conservaba la idea del cristianismo primitivo de destacar el primer día de la semana con la reunión alrededor del altar para celebrar el Día del Señor y su Resurrección. Entonces, un solo sacerdote podía atender a toda la comunidad en el servicio del altar. Pero, progresivamente, se fue pasando a la celebración diaria para cada sacerdote, de aquí el vestigio arquitectónico de las múltiples capillas en la iglesia para permitir la celebración eucarística con un mínimo de privacidad. Hoy, esta costumbre pervive en algunas cartujas y la reforma del Vaticano II se ha ido imponiendo, y con ello la concelebración, tendiendo que la eucaristía comunitaria sea el eje sobre el que bascula toda la jornada diaria con la plegaria, el trabajo y el contacto con la Palabra.

Así el Decreto Perfectae Caritatis dice que los consagrados “con el corazón y con los labios y según la mente de la Iglesia, celebren la sagrada liturgia, principalmente el misterio sacrosanto de la Eucaristía, y alimente la propia vida espiritual de esta fuente inagotable. (PC 6)

La tradición monástica se muestra siempre muy reservada sobre el acceso de los monjes al sacerdocio. Es el caso de Juan Casiano con su celebre frase de que los monjes “huyan de las mujeres y de los obispos”; de estos últimos para evitar la tentación de la ordenación (Instituc. 11,18).  También Cirilo de Escitopolis atribuye a san Sabas la frase “el principio y la raíz del amor al poder es el deseo de ser clérigo” (Vida de san Sabas 18). Con el tiempo, sobre todo a partir del siglo XIII también en nuestro Orden se establecen dos categorías de monjes: los de coro, que debían ser sacerdotes y los hermanos o laicos. Una división que venía ya desde el ingreso en la comunidad, cuando se optaba por una u otra opción, sin posibilidad de cambio posterior.

Todo este panorama finaliza con el Vaticano II, den su decreto Perfectae Caritatis:

“Los monasterios y los institutos masculinos no meramente laicales pueden admitir, según su carácter y de acuerdo con ls constituciones, clérigos y laicos, con el mismo estilo de vida y los mismos derechos y obligaciones, con excepción de aquellas que se deriven del orden sagrado” (PC, 15)

Así se pone fin a la división de monjes de coro y hermanos laicos, o de padres y hermanos, para formar una comunidad uniforme con diferentes servicios, ya que servicio es el sacerdocio.

Si san Benito hubiera vivido en el siglo XX y hubiera aplicado las resoluciones del Vaticano II, que en cierta forma retornaban a lo que él entendía por vida monástica, vemos lo que le preocuparía: evitar la vanagloria y el orgullo de la ordenación; que se atreviera a considerarse diferente del resto de hermanos; que dejará de ocupar el lugar que le corresponde por su entrada en el monasterio: que no obedeciera la Regla y las observancias establecidas…

La conclusión a la que llega san Benito es que si el monje sacerdote no actúa debidamente debe ser juzgado como rebelde y no como sacerdote. En una primera lectura puede parecer que no es un entusiasta del sacerdocio monástico, pero de hecho tiene la preocupación de los riesgos que puede haber e intenta prevenir con sus advertencias.

El que fue pastor de la Iglesia de Tarragona, el cardenal Francisco de Asís Vidal i Barraquer, del que se celebra estos días el aniversario de su muerte en el exilio suizo de Friburgo, decía a los sacerdotes:

“que vuestro ejemplo y vuestras palabras siempre libres de toda pasión, edifiquen a los fieles. Exhortad, enseñad, actuad con aquella altura y rectitud de miras, con aquella serenidad y humildad, con aquel desapasionamiento, con aquella paz y serenidad de espíritu propias de un ministro de Cristo, y dispensador de los misterios de un Dios que vino a traernos paz y amor” (Carta Pastoral de los obispos de Cataluña, 7/03/1824) .

domingo, 6 de septiembre de 2020

CAPÍTULO 55 LA ROPA Y EL CALZADO DE LOS HERMANOS

 

CAPÍTULO 55

LA ROPA Y EL CALZADO DE LOS HERMANOS

1 Ha de darse a los hermanos la ropa que corresponda a las condiciones y al clima del lugar en que viven, 2 pues en las regiones frías se necesita más que en las templadas. 3 Y es el abad quien ha de tenerlo presente. 4 Nosotros creemos que en los lugares templados les basta a los monjes con una cogulla y una túnica para cada uno – 5 la cogulla lanosa en invierno, y delgada o gastada en verano -, un escapulario para el trabajo, escarpines y zapatos para calzarse. 6 No hagan problema los monjes del color o de la tosquedad de ninguna prenda, porque se adaptarán a lo que se encuentre en la región donde viven o a lo que pueda comprarse más barato. 8 Pero el abad hará que lleven su ropa a la medida, que no sean cortas sus vestimentas, sino ajustadas a quienes las usan. 9 Cuando reciban ropa nueva devolverán siempre la vieja, para guardarla en la ropería y destinarla luego a los pobres. 10 Cada monje puede arreglarse, efectivamente, con dos túnica y dos cogullas, para que pueda cambiarse por la noche y para poder lavarlas. 11 Más de lo indicado sería superfluo y ha de suprimirse. 12 Hágase lo mismo con los escarpines y con todo lo usado cuando reciban algo nuevo. 13 Los que van a salir de viaje recibirán calzones en la ropería y los devolverán, una vez lavados, cuando regresen. 14 Tengan allí cogullas y túnicas un poco mejores que las que se usan de ordinario para entregarlas a los que van de viaje y devuélvanse al regreso. 15 Para las camas baste con una estera, una cubierta, una manta y una almohada. 16 Pero los lechos deben ser inspeccionados con frecuencia por el abad, no sea que se esconda en ellos alguna H 4 Jun. 6 Sep. 9 Dic. 2 Mar. 109 cosa como propia. 17 Y, si se encuentra a alguien algo que no haya recibido del abad, será sometido a gravísimo castigo. 18 Por eso, para extirpar de raíz este vicio de la propiedad, dará a cada monje lo que necesite; 19 o sea, cogulla, túnica, escarpines, calzado, ceñidor, cuchillo, estilete, aguja, pañuelo y tablillas; y así se elimina cualquier pretexto de necesidad. 20 Sin embargo, tenga siempre muy presente el abad aquella frase de los Hechos de los Apóstoles: «Se distribuía según lo que necesitaba cada uno». 21 Por tanto, considere también el abad la complexión más débil de los necesitados, pero no la mala voluntad de los envidiosos. 22 Y en todas sus disposiciones piense en la retribución de Dios.

“Que los monjes no hagan problema, sino que se contenten”, afirma san Benito de cara a quienes han optado por una vida en la cual uno sabe, una vez hecha la profesión, que no tiene potestas ni sobre el propio cuerpo (RB 48,25) que debería vivir sin estar condicionado por algunas costumbres que dominan en nuestra sociedad. Hoy, poseer, exhibir lo que se posee, viene a ser una norma de vida, llevando esta necesidad de aparentar a hipotecar, o incluso arruinar a personas y familias. Esta crisis que padecemos lo muestra al faltar unos ingresos determinados o previstos que ha llevado a algunos a cambiar de vida, ante la pobreza y necesidad evidentes. Y puede influir esta situación en nuestra vida monástica, lo cual sería lamentable.

San Benito nos habla de tener lo necesario, y evitar lo superfluo que debe suprimirse. Pero en el aspecto de la posesión no estamos libres de la provocación de los pecados capitales. Incluso podemos aparentar una cierta pobreza, pero que no nos afecta en profundidad, pues no se trata de unos vestidos rotos o sucios, pues ya san Benito tiene previsto que cada monje tenga lo necesario, sino que más bien se trata aquí de la humildad de corazón. Nuestros orígenes son diversos. Hay quien ha padecido necesidad, y hay quien siempre ha tenido bien guardadas las espaldas. Por esto la valoración de lo que es necesario o no puede variar de una persona a otra. Ante el tener o no tener a menudo nos asalta la envidia, que viene a ser madre de la murmuración, al comparar unas personas con otras.

San Benito tiene claro que se debe tener lo necesario; lo necesario para el trabajo que se nos encomienda. Siempre podríamos tener más, estar mejor si no hubiese entrado en el monasterio. No pasar tanta calor en verano, o frío en invierno, tener varios teléfonos móviles, coches, una segunda residencia… Ciertamente hemos renunciado a ciertas cosas, pero la misma vida, en toda persona, implica siempre renuncias. Los padres renuncian a muchas cosas por los hijos: comodidades, tranquilidad, disponer de más tiempo libre. Lo mismo sucede al aceptar o desarrollar un trabajo determinado, que en ocasiones implica un horario laboral incómodo, cambiar de residencia, largos desplazamientos…

Ante todo, hay que valorar cual es el motivo de la renuncia, la razón de fondo, que en muchos casos puede ser una razón económica, pero en nuestro caso la motivación es más elevada. Esta renuncia no la hacemos valer ante la familia, los amigos o conocidos, como si fuéramos campeones de la caridad, pues es evidente que nadie de nosotros lo es; y aquí podríamos aplicar lo que nos dice san Benito cuando nos habla de los instrumentos de las buenas obras: “no que querer que le digan santo antes de serlo, sino ser primero para que después lo puedan decir con verdad”. (RB 4,62)

Nuestra renuncia es por Cristo, y debemos hacerlas con humildad, sin ninguna ostentación. Nuestro vestido a menudo nos identifica, pero no nos justifica para sacar de ello una ventaja, para buscar un reconocimiento gratuito, aunque hoy día en esta sociedad quizás más que un reconocimiento lo que podemos recibir es un rechazo.

Deberíamos mirar no solo nuestros lechos o nuestras celdas para hacernos conscientes de si nos hemos apropiado de algo que no es necesario, sino sobre todo mirar nuestro corazón para ver si la avaricia nos aprisiona, si la envidia nos está oprimiendo, o la soberbia nos reseca por dentro, o si la pereza nos impide de avanzar en el camino de la humildad, o bien si se une a la lujuria o la gula, para acabar, finalmente, en la ira que lo tergiversa todo.

Ester de Waal escribe sobre el camino de la simplicidad como uno de los ejes de la tradición cisterciense. Nos habla de aprender a desprendernos de todo aquello que es inútil y superfluo, para avanzar hacia la simplicidad interior, y no solo hacia la de más apariencia que sería la exterior. Ser monjes desde el interior del corazón y no esforzarse por serlo más que mediante una simple imagen mientras en el interior de nuestro corazón menospreciamos al hermano, que en resumidas cuentas viene a equivaler a menospreciar a Dios. Pensar siempre junto en la retribución de Dios que es lo único importante en la vida de cualquier cristiano, y por tanto mucho más en nosotros. No es la pobreza en sí misma lo que es importante, sino el espíritu de pobreza de corazón que sintoniza muy mal con cualquiera de los pecados capitales.

domingo, 30 de agosto de 2020

CAPÍTULO 48,14-25 EL TRABAJO MANUAL DE CADA DIA: LOS DIAS DE CUARESMA

 

CAPÍTULO 48,14-25

EL TRABAJO MANUAL DE CADA DIA:

LOS DIAS DE CUARESMA

 1Durante la cuaresma dedíquense a la lectura desde por la mañana hasta finalizar la hora tercera, y después trabajarán en lo que se les mandare hasta el final de la hora décima. 15 En esos días de cuaresma recibirá cada uno su códice de la Biblia, que leerán por su orden y enteramente; 16 estos códices se entregarán al principio de la cuaresma. 17 Y es muy necesario designar a uno o dos ancianos que recorran el monasterio durante las horas en que los hermanos están en la lectura. 18 Su misión es observar si algún hermano, llevado de la acedía, en vez de entregarse a la lectura, se da al ocio y a la charlatanería, con lo cual no sólo se perjudica a sí mismo, sino que distrae a los demás. 19 Si a alguien se le encuentra de esta manera, lo que ojalá no suceda, sea reprendido una y dos veces; 20 y, si no se enmienda, será sometido a la corrección que es de regla, para que los demás escarmienten. 21 Ningún hermano trate de nada con otro a horas indebidas. 22 Los domingos se ocuparán todos en la lectura, menos los que estén designados para algún servicio. 23 Pero a quien sea tan negligente y perezoso que no quiera o no pueda dedicarse a la meditatio o a la lectura, se le asignará alguna labor para que no esté desocupado. 24 A los hermanos enfermos o delicados se les encomendará una clase de trabajo mediante el cual ni estén ociosos ni el esfuerzo les agote o les haga desistir. 25 El abad tendrá en cuenta su debilidad.

Esta semana escuchábamos la parábola de las vírgenes prudentes y necias, o de las mujeres sensatas e insensatas. La espera del Esposo como objetivo, y la necesidad de prepararnos para su llegada. La lectura espiritual puede venir a ser para nosotros como el aceite de la lámpara de nuestra fe. Debemos procurar tener en todo momento la lámpara de nuestra fe bien provista de aceite. La lectura de la que nos habla san Benito, es importante hacerla de modo continuo, cada día, de manera que la lámpara esté siempre a punto. No es bueno esperar al último momento.

¿Cuál debe ser nuestra lectura? En primer lugar, la Palabra de Dios, el contacto personal con Dios a través de su Palabra. Pero para mantener la luz de nuestra fe nos puede ayudar también el Magisterio de la Iglesia y los Padres. No se trata solo de formarnos, que también es necesario, sino de buscar, de leer lo que nos ayude a ser mejores.

Escribe un autor espiritual:

“Ya que has ingresado en un monasterio no debes tener nada en común con el estudio de aquellos que en nuestro tiempo se dedican en la soledad a estudiar lenguas, ni con los que investigan las argucias de los filósofos, o los temas espinosos de los teólogos. Tú, busca, lee, ocúpate únicamente de aquellas lecturas que te ayuden a ser mejor” (Cartas de acompañamiento espiritual, 11)

La lectura debe ser para nuestro provecho y crecimiento espiritual. De aquí el interés de san Benito en que no despreciemos esta actividad, y su insistencia en que haya varios ancianos para vigilar y evitar en los monjes la pereza o dejadez, pues la pereza además de ser enemiga del alma, es fuente de murmuración, que debe estar siempre desterrada de una vida comunitaria.

La Lectio Divina es el método, la oportunidad que nos ofrece la vida monástica para apropiarnos la Palabra de Dios. Algún autor afirma que la Lectio “acontece” más que “se hace”, porque es una lectura divina, un encuentro entre la Palabra divina y el interior del hombre, por lo cual es preciso afrontarla con la disposición de acoger una Presencia, que, quizás, no siempre satisface nuestro oído, sino al contrario, nos interpela al venir de Dios.

De aquí que también en esto nos ayudan el Magisterio y las obras de los Padres. El Concilio Vaticano II subrayó de manera especial que la Escritura nos reafirma en la Tradición, en el Magisterio y en la reflexión de los autores que a lo largo de los siglos configuran lo que viene a ser una Tradición viva. El Concilio no quiso contraponer la “sola Escritura” de la Reforma, sino destacar que su lectura, su interpretación, su estudio, a lo largo de los siglos, nos ayuda a comprender el sentido mismo de la Palabra de Dios. La Tradición viene a ser, de este modo, una riqueza incorporada, no opuesta, una ayuda complementaria para apropiarnos la Palabra.

El Papa Benedicto XVI lo resumía diciendo que “Escritura y Tradición. Escritura y anuncio apostólico, como claves de lectura, se unen, se funden, para formar un “fundamento firme puesto por Dios” (2Tim 2,19). El anuncio apostólico, es decir la Tradición, es necesario para introducirnos en la comprensión de la Escritura, y captar a través de ella la voz de Cristo” (Audiencia General de 28 de Enero de 2009)

Como nos dice san Benito: “qué página o qué palabra de autoridad divina del Antiguo y del Nuevo testamento, no es una norma rectísima para la vida humana?  O bien ¿qué libro de los Santos Padres Católicos no nos hace sentir insistentemente cómo debemos correr para llegar derechos a nuestro Creador?  (RB 73,3-4)

Tenemos dos espacios a lo largo de la jornada dedicados a la lectura. Dando primacía a la Palabra, podemos dedicar tiempo a esta Tradición siempre enriquecedora y siempre nueva. Evitemos la negligencia, la pereza o la ociosidad, destinando más tiempo a proveer de aceite nuestras lámparas.  No sea que el Esposo llegue cuando estemos pensando si mañana dedicaré tiempo a leer, y dejamos languidecer nuestras lámparas.  Un Esposo que no puede ser otro que Jesucristo. Ninguna creatura vamos a encontrar con la perfección e interés que la que nos muestra Jesucristo, para llevarnos mediante el contacto con su Palabra al horizonte hacia donde se endereza nuestra existencia.

El mismo autor espiritual citado antes, añade: “Cualquier cosa que leas, léela con la intención de aprender lo que es necesario, o bien porque te conviene para la compunción y devoción. Por ello, en todo te debes proponer como finalidad la gloria de Dios, no sea que pensando solo en ti mismo, al salir más sabio de tus estudios, busques o desees, algo caduco, como honores, cargos, fama… Lee, pues con simplicidad, es decir solamente para crecer en el conocimiento y en el amor de Dios”. (Cartas de acompañamiento espiritual, 11)